¿Andalucía o socialismo?

Si yo fuese el tuitero cabal al que se refiere aquí doña Carmen Alvarez Vela lamentaría que una vez más el PP, en este caso a través de la Sra. Cifuentes, haya renunciado a la pelea ideológica. Y de paso haya permitido a la Sra. Díaz envolverse en la bandera blanquiverde llamando a rebato a los demagogos de turno y haya respaldado de hecho, seguramente sin pretenderlo, el discurso más rancio del nacionalismo catalán. Hay que decirlo alto y claro: el problema de Andalucía es la ideología política que la gobierna desde hace 40 años. Esas cuatro décadas de socialismo con apoyo puntual de los comunistas mantienen a la comunidad en un estado de postración económica, dependiente de la subvención y del subsidio, porque eso supone una enorme bolsa de voto cautivo.

La Sra. Cifuentes ha perdido una ocasión de oro para hacer política ideológica. Y no solo eso, sino que ha dado munición al rival. Pero no la culpemos a ella: su partido lleva años en esa actitud, de manera incomprensible. Porque a ver: ¿hay algo más fácil para derrotar a tu adversario que ponerle ante la evidencia de su fracaso permanente en una región en la que lleva gobernando más tiempo del que se mantuvo Franco en la jefatura del Estado? Pues por alguna razón parece que esa pelea ideológica es tabú.

Tal vez doña Carmen, que parece tener buenos contactos, tenga una explicación…

De la que nos libramos…

Revisando la entrevista de Évole a Sánchez uno adquiere conciencia del elemento que estuvimos a punto de tener al frente del gobierno de España. Y resulta bastante inquietante, por no decir escalofriante. 

Pasó de firmar un acuerdo con los centristas de Ciudadanos a considerar que el PSOE debe ir de la mano con Podemos. A quienes por cierto calificó hace unos meses de populistas y bolivarianos para ahora arrepentirse de ello.

Se queja de que alguien del Ibex maniobró contra él, y resulta que él fue a ver a alguien del Ibex para que El País le tratase bien.

Se presentó en un mitin ante una bandera española del tamaño de una pista de tenis, y ahora defiende que se reconozca a Cataluña y País Vasco como naciones, lo cual destroza la Constitución.

La lió parda en su partido, pero no acudió a la reunión en la que podía haber defendido su postura de “no es no”, dejando el marrón a sus seguidores.

Pudo mantener su acta en el Congreso y votar no, como hicieron los suyos, pero prefirió hacer mutis por el foro. Eso sí, para lanzar al cabo de unas horas un tweet anunciando guerra contra la gestora.

Pese a ser entrevistado al día siguiente de la grosera intervención de Rufián en el Congreso, no fue capaz de solidarizarse con sus compañeros que se sintieron ofendidos.

No negocio con los separatistas.Solo conversó con ellos. Del tiempo, o de fútbol. Y no prometió un referéndum en Cataluña, pero es consciente de que ese problema solo se resuelve votando.

Realmente España ha dejado escapar un líder fiable, sólido, comprometido con el proyecto nacional. Una lástima. 

Las aguas volverán a su cauce

Existe una razonable inquietud ante la actitud de los diputados de Podemos y de otras formaciones, que se muestran verbalmente incendiarios en el interior de las cámaras legislativas, tanto donde gobiernan como especialmente donde no lo hacen, y violentamente agresivos en el exterior, combinando así una presión que pretenden hacer irresistible para los representantes de las restantes formaciones políticas e intentando trasladar a la sociedad una sensación de insoportable tensión, propia de situaciones excepcionales. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, ya que estas técnicas de agitación y propaganda han venido siendo utilizadas a lo largo de todo el siglo XX con diferentes niveles de éxito por movimientos políticos de corte totalitario y a menudo violento e incluso terrorista.

La preocupación se justifica realmente por el hecho de que detrás de Podemos hay cinco millones de votantes, y de que los antisistema catalanes y vascos disponen de considerables dosis de poder en esas comunidades. Ahora bien, ¿hay motivos reales para tanta alarma y escándalo? Es bueno el escándalo, claro está, porque no deberíamos caer en el error de dar carta de naturaleza a determinadas actitudes que rompen con todos los usos de las democracias parlamentarias de nuestro entorno. Pero la pregunta realmente importante es si estas formaciones están de verdad en disposición de alcanzar el poder, más allá de las cuotas que a nivel municipal, y de forma precaria, han conquistado. Es decir, ¿realmente Podemos tiene detrás una base sólida de en torno a cinco millones de votantes? No lo creo.

Podemos recogió un aluvión de votos procedentes de la indignación, de la rabia, del escándalo, del hartazgo, de la crisis, de la frustración. Aparte del mérito que sería injusto negar a los podemitas en el terreno de la comunicación, dejando de lado también la cancha absolutamente desproporcionada que se les concedió en sus arranques, hay que admitir que buena parte del éxito en su cosecha de votos se debe a la nefasta acción de los llamados partidos tradicionales, sumidos en lodazales de corrupción y con una muy moderada voluntad de luchar por reformar a fondo eso que hemos venido a llamar “el sistema”. ¿Permanecerían esos votos en el zurrón de Podemos si esas circunstancias cambiasen? Lo dudo mucho. A esta situación ha contribuido de forma importantísima la acción de los dos últimos secretarios generales del PSOE, que se han embarcado de forma irresponsable en una estrategia de demonización de lo que ellos denominan “la derecha” y en una radicalización que les ha llevado a apoyar a los podemitas en alcaldías cruciales que no ganaron, y a cuestionar conceptos esenciales como la propia esencia de la nación. Ahora hemos visto que ese proceso estaba mucho más avanzado de lo que creíamos a través de la persona del Sr. Sánchez, al que ya no sabríamos si calificar de submarino de Podemos en el PSOE o de víctima de su irrefrenable ambición personal dispuesto a inmolarse lanzándose en brazos de los extremistas. No fue solo Podemos quien calentó las calles y quien movió hacia la izquierda el péndulo: fue básicamente la actitud del Partido Socialista. Cuando uno de los dos grandes partidos tradicionales y constitucionalistas se lanza al vacío de cuestionarlo todo, de trazar cordones sanitarios frente al otro gran partido demonizándolo, el conjunto de la sociedad experimenta una sacudida importante.

Ahora bien: si los datos económicos empiezan a ser razonablemente positivos; si existe un partido nuevo y joven autodenominado de centro izquierda y hasta ahora limpio de corrupción, dispuesto a colaborar a diestra y siniestra y con las ideas muy claras en cuanto a la cuestión nacional; si el nuevo liderazgo del PSOE vuelve al redil constitucional, aun desde la más radical discrepancia ideológica con los populares; si la justicia y la policía van ejerciendo su labor, metódica aunque lenta, frente a la corrupción; si el Sr. Rajoy da muestras de una efectiva voluntad, aunque sea tímida, de emprender de grado o por fuerza algunas reformas de calado; si la monarquía de Don Felipe VI mantiene su nivel de integridad y templanza… ¿de verdad creemos que cinco millones de españoles están dispuestos a respaldar con su voto a una gente que aplaude en el hemiciclo a los portavoces de Batasuna y de ERC, que anima a que se rodee el congreso en una indisimulada voluntad de cuestionar la democracia parlamentaria recurriendo incluso a un cierto grado de violencia física y coacción, que pretenden trasladarnos la sensación colectiva de excepcionalidad, de ilegitimidad, que respaldan sin tapujos situaciones tan intolerables como la de Venezuela? Yo no lo creo. Pero claro, han de darse todas esas circunstancias que enfríen la situación y que devuelvan a la sociedad a una estabilidad y serenidad que parece haber perdido. La ciudadanía ha de ser consciente de que no estamos en una situación límite. Que hay mucho por reformar, mucho terreno por recorrer, pero que “el sistema” sigue funcionando. Porque “el sistema” no es ni más ni menos que la democracia representativa, el estado de bienestar, la separación de poderes. No es otra cosa. Y todo eso es lo que Podemos cuestiona. ¿Están dispuestos cinco millones de españoles a poner en duda todo eso que, con todos sus defectos, les ha dado cuarenta años de estabilidad y progreso? Quiero creer que no.