Las aguas volverán a su cauce

Existe una razonable inquietud ante la actitud de los diputados de Podemos y de otras formaciones, que se muestran verbalmente incendiarios en el interior de las cámaras legislativas, tanto donde gobiernan como especialmente donde no lo hacen, y violentamente agresivos en el exterior, combinando así una presión que pretenden hacer irresistible para los representantes de las restantes formaciones políticas e intentando trasladar a la sociedad una sensación de insoportable tensión, propia de situaciones excepcionales. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, ya que estas técnicas de agitación y propaganda han venido siendo utilizadas a lo largo de todo el siglo XX con diferentes niveles de éxito por movimientos políticos de corte totalitario y a menudo violento e incluso terrorista.

La preocupación se justifica realmente por el hecho de que detrás de Podemos hay cinco millones de votantes, y de que los antisistema catalanes y vascos disponen de considerables dosis de poder en esas comunidades. Ahora bien, ¿hay motivos reales para tanta alarma y escándalo? Es bueno el escándalo, claro está, porque no deberíamos caer en el error de dar carta de naturaleza a determinadas actitudes que rompen con todos los usos de las democracias parlamentarias de nuestro entorno. Pero la pregunta realmente importante es si estas formaciones están de verdad en disposición de alcanzar el poder, más allá de las cuotas que a nivel municipal, y de forma precaria, han conquistado. Es decir, ¿realmente Podemos tiene detrás una base sólida de en torno a cinco millones de votantes? No lo creo.

Podemos recogió un aluvión de votos procedentes de la indignación, de la rabia, del escándalo, del hartazgo, de la crisis, de la frustración. Aparte del mérito que sería injusto negar a los podemitas en el terreno de la comunicación, dejando de lado también la cancha absolutamente desproporcionada que se les concedió en sus arranques, hay que admitir que buena parte del éxito en su cosecha de votos se debe a la nefasta acción de los llamados partidos tradicionales, sumidos en lodazales de corrupción y con una muy moderada voluntad de luchar por reformar a fondo eso que hemos venido a llamar “el sistema”. ¿Permanecerían esos votos en el zurrón de Podemos si esas circunstancias cambiasen? Lo dudo mucho. A esta situación ha contribuido de forma importantísima la acción de los dos últimos secretarios generales del PSOE, que se han embarcado de forma irresponsable en una estrategia de demonización de lo que ellos denominan “la derecha” y en una radicalización que les ha llevado a apoyar a los podemitas en alcaldías cruciales que no ganaron, y a cuestionar conceptos esenciales como la propia esencia de la nación. Ahora hemos visto que ese proceso estaba mucho más avanzado de lo que creíamos a través de la persona del Sr. Sánchez, al que ya no sabríamos si calificar de submarino de Podemos en el PSOE o de víctima de su irrefrenable ambición personal dispuesto a inmolarse lanzándose en brazos de los extremistas. No fue solo Podemos quien calentó las calles y quien movió hacia la izquierda el péndulo: fue básicamente la actitud del Partido Socialista. Cuando uno de los dos grandes partidos tradicionales y constitucionalistas se lanza al vacío de cuestionarlo todo, de trazar cordones sanitarios frente al otro gran partido demonizándolo, el conjunto de la sociedad experimenta una sacudida importante.

Ahora bien: si los datos económicos empiezan a ser razonablemente positivos; si existe un partido nuevo y joven autodenominado de centro izquierda y hasta ahora limpio de corrupción, dispuesto a colaborar a diestra y siniestra y con las ideas muy claras en cuanto a la cuestión nacional; si el nuevo liderazgo del PSOE vuelve al redil constitucional, aun desde la más radical discrepancia ideológica con los populares; si la justicia y la policía van ejerciendo su labor, metódica aunque lenta, frente a la corrupción; si el Sr. Rajoy da muestras de una efectiva voluntad, aunque sea tímida, de emprender de grado o por fuerza algunas reformas de calado; si la monarquía de Don Felipe VI mantiene su nivel de integridad y templanza… ¿de verdad creemos que cinco millones de españoles están dispuestos a respaldar con su voto a una gente que aplaude en el hemiciclo a los portavoces de Batasuna y de ERC, que anima a que se rodee el congreso en una indisimulada voluntad de cuestionar la democracia parlamentaria recurriendo incluso a un cierto grado de violencia física y coacción, que pretenden trasladarnos la sensación colectiva de excepcionalidad, de ilegitimidad, que respaldan sin tapujos situaciones tan intolerables como la de Venezuela? Yo no lo creo. Pero claro, han de darse todas esas circunstancias que enfríen la situación y que devuelvan a la sociedad a una estabilidad y serenidad que parece haber perdido. La ciudadanía ha de ser consciente de que no estamos en una situación límite. Que hay mucho por reformar, mucho terreno por recorrer, pero que “el sistema” sigue funcionando. Porque “el sistema” no es ni más ni menos que la democracia representativa, el estado de bienestar, la separación de poderes. No es otra cosa. Y todo eso es lo que Podemos cuestiona. ¿Están dispuestos cinco millones de españoles a poner en duda todo eso que, con todos sus defectos, les ha dado cuarenta años de estabilidad y progreso? Quiero creer que no.

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