Comparaciones odiosas, o al menos curiosas

Hace tiempo la policía detuvo brevemente, o quizá solo retuvo para evitar que manipulase documentos durante el registro, al ex ministro y presidente del FMI Rodrigo Rato. Los agentes irrumpieron en su domicilio, le acompañaron a la calle, le introdujeron en un vehículo policial con el típico gesto de protegerle la cabeza que se utiliza protocolariamente con los detenidos. Todo ello ante las cámaras, curiosamente avisadas y presentes, ante los vecinos, su familia, a plena luz del día y lógicamente sin previo aviso, en unas imágenes que llenaron telediarios y portadas.

Anteayer la policía autonómica catalana detuvo a un concejal por no haber comparecido a una citación anterior de la Audiencia Nacional. Según se publica, la detención fue pactada entre la policía autonómica y el arrestado, que manifestó y vio atendido su deseo de no ser detenido ante sus hijas. Podría haber tenido una solución muy fácil, que es ir a la comisaría a entregarse. Pero no: pactó ser detenido en el ayuntamiento a la mañana siguiente. Y su detención fue tan curiosa que por el camino, en el coche policial, pudo ir tuiteando en tiempo real su odisea.

Bárcenas chupó celda, Correa también, Fabra, Granados sigue en ella… Pero ningún miembro de la familia Pujol, multi imputada, ha pisado celda alguna ni siquiera fugazmente.

Curiosa la dureza extrema del “estado español” con los independentistas. Así es difícil victimizarse.

Anuncios

Curioso país…

Sí, curioso este país en que el Jefe del Estado pronuncia un discurso que por definición es tradicional, institucional y neutral y al día siguiente la prensa babea por recoger las trascendentales “valoraciones” de los diferentes partidos.

Pero ¿qué demonios tienen que valorar? ¿Qué nos importa lo que el PSOE, el PP o Ciudadanos opinen del discurso del Rey? Pero sobre todo, ¿qué importancia tiene la opinión de quienes han hecho de la quema y rotura de fotos del Rey su deporte favorito, con nuestro sueldo, en su horario de trabajo y en sede institucional?

El Jefe del Estado habla a los ciudadanos  que el resto del año hablan bien o mal de él y del país, con conocimiento o normalmente sin él, con razón o sin ella. Escúchenle o no, y háganle o no caso. Pero por favor, ahórrennos sus valoraciones siempre barriendo para sus respectivas sedes.

Y viva el Rey de España, que cada día deja más claro que es lo mejor que tiene este país.

Las consultas y sus trampas

Es curioso y significativo que de pronto, y coincidiendo con la nueva etapa de diálogo que parece haberse iniciado entre el Gobierno de España y el de la autonomía catalana a instancia por supuesto del primero, empiece a circular con fuerzas renovadas, y en el bando unionista, la especie de que una consulta a la ciudadanía catalana es necesaria para saber cuál haya de ser su futuro. Hoy Federico Quevedo aboga abiertamente por ello en su columna y paralelamente El Periódico de Cataluña publica un estudio sobre la cuestión. No son los únicos, evidentemente, lo cual permite intuir que se está intentado crear un estado de opinión, si no favorable, sí al menos comprensivo con la celebración de una consulta de este tipo. 

¿De qué tipo?, puede que se pregunte el lector. Pues ahí empiezan los problemas porque algunos parece que de forma altamente sospechosa olvidan ciertas cuestiones. Vamos a verlas.

1. El referéndum ES la soberanía. El mero hecho de aceptar que sea solo Cataluña quien vote sobre su futuro ya supone el reconocimiento de la soberanía, sea cual sea el resultado. Y por supuesto da pie a votar una y otra vez, hasta que gane el sí. Y luego, claro, ya nunca más.

2. Que la consulta no sea vinculante. Ello plantea al menos dos temas interesantes: cómo demonios se gestiona una victoria del sí, por mucho que oficialmente no sea vinculante, y la participación escasa de los unionistas precisamente por el carácter no vinculante de la consulta (“total, no es vinculante: paso”). Los otros, en cambio, votarán como un solo hombre, siempre lo hacen.

3. ¿Está debidamente garantizada en la Cataluña actual la igualdad de oportunidades de las opciones disponibles en una consulta de este tipo? Parece más que dudoso. Porque evidentemente no se trata solo de que en los quince días de campaña electoral se repartan equitativamente los espacios en medios.

En definitiva, parece que en algunos ha calado la idea de que al separatismo se le derrota, o se le calma al menos, dándole justamente lo que pide. Lo que ocurre es que, no sé si conscientemente o no, lo que están haciendo es rendirse y renunciar a defender unos principios, cayendo de cuatro patas en una de las diversas opciones que favorecen a los independentistas. Y es que por mucho que discrepemos de ellos ha de admitirse que muchas cosas las hacen bien, pese a que no compartamos su causa. La principal, haber generado una especie de círculo virtuoso de aprovechamiento de cualquier reacción del bando contrario.

En efecto, cualquier logro es maximizado y vendido como un legítimo derecho arrancado al enemigo, cualquier fracaso es visto como una muestra del enorme poder, siempre innoble, del opresor y cualquier exigencia de respeto a la ley se traduce como represión pura y dura, con lo cual en cualquiera de los casos el resultado se transforma en positivo.
Darles por tanto el inmenso e insensato regalo de la consulta supone por tanto abrir “la urna de Pandora”, que como es sabido no es precisamente fácil volver a cerrar.

Nerviosismo

No sé si será por el cambio de estrategia del Gobierno de España o porque les hayan llegado noticias de que en la sociedad catalana (la que pinta algo, la que construye y genera riqueza) el descubrimiento de que el Estado español sigue existiendo ha sido recibido con más alborozo del que pensaban. No lo sé, pero algo está pasando, porque el acelerón que el separatismo está imprimiendo a sus acciones de todo tipo en los últimos días es muy notable. Y peligroso, pero eso no debe sorprendernos porque es justamente lo que pretenden. 

El separatismo tiene varias patas, como un pulpo que es capaz de mover varios objetos al mismo tiempo. Está la pata digamos legal, que es la que representa el Gobierno de la Generalidad y su mayoría parlamentaria, así como aquellos ayuntamientos que controla. Está la pata periodística, compuesta por una legión de informadores que copan sin excepción la totalidad de los medios informativos catalanes. Está la pata de agitación callejera, que se ocupa de las acciones violentas, provocadoras, de lo que en el País Vasco se dio en denominar kale borroka. Y está la pata de la mal denominada sociedad civil, que está representada por esa miríada de asociaciones y entidades creadas al amparo de la Generalidad o penetradas de antiguo por el separatismo. 

Bien, pues algo sucede cuando en pocos días se convoca una cumbre para avanzar en el referéndum, unas diputadas rompen fotos del Rey en el Parlamento, unos concejales “decapitan” con una guillotina otras imágenes del Monarca, otros agitadores se manifiestan ante un cuartel de la Guardia Civil lanzando pintura y amenazando, sedes de partidos no independentistas son asaltadas por vándalos, el diputado Homs plantea que el Estado enviará tanques, se acosa a los participantes en actos de la disidencia y, lo más reciente y para mí más grave, el presidente Puigdemont afirma que en caso de prohibición del referéndum unilateral los Mossos d’Esquadra actuarán conforme a la legislación catalana. Esto último es especialmente serio, porque constituye una manifestación, creo que la primera, de que la Generalidad está dispuesta a ordenar que su policía se enfrente a la que envíe el Estado para, por ejemplo, hacer cumplir una resolución del Constitucional. 

Todos estos frenéticos movimientos, perfectamente coordinados, buscan evidentemente (y lo consiguen) elevar la tensión hasta el límite mismo de la violencia. No es casual, nada lo es. El separatismo se ve fuerte ahora, sobre todo por debilidad del contrario, pero ve que esto puede cambiar en breve. Lo cual por cierto muestra la fragilidad intrínseca del proceso, pero esa es otra cuestión. Ahora tienen el poder, todo el poder en Cataluña, con todos sus instrumentos. Y los van a utilizar. El separatismo busca el enfrentamiento. Con el Estado, pero sin desdeñar en absoluto el enfrentamiento social. La violencia sería ahora mismo lo único que podría atraer la atención y la preocupación internacionales sobre “el proceso”. Una víctima sería el argumento perfecto. Y se están provocando detenciones, se agrede, se insulta, se juega con “los tanques” y se insinúa un choque entre policía autonómica y policía local. Se tensa la cuerda hasta el límite de forma calculada y premeditada. 

Vienen tiempos muy, muy difíciles. Veremos cosas terribles, porque los golpistas están literalmente dispuestos a todo, incluso a usar a los ciudadanos como carne de cañón. Empieza una etapa crucial, muy peligrosa. La única conclusión buena que puede sacarse es que todo eso demuestra que el separatismo está muy nervioso. Pero ese nerviosismo le va a hacer descartar cualquier tipo de prudencia. Toda la carne va a ponerse en el asador, porque es ahora o nunca. 

Gestualidad (y IV)

Se engañarán completamente quienes piensen que ofreciendo competencias, blindajes y dinero se va a satisfacer a la bestia insaciable del secesionismo. A contrario, se la alimentará, se la reforzará y se la colocará mucho más cerca del que nunca dejará de ser su objetivo final.

Lo que procede es desactivar esas redes, tejer otras que las contrarresten, generar adhesiones, transmitir serenidad, seguridad, solvencia. Persuadir a los catalanes de que en España se vive sin duda mucho mejor, desmontando mentiras seculares que se han convertido en consignas de uso cotidiano. Construir complicidades. No se trata evidentemente de intentar atraer a la causa a elementos como los que pueblan las CUP, en absoluto. Pero sí a esa inmensa mayoría silenciosa que no era ni seguramente es independentista, que es la que crea riqueza y la que teme por su futuro en un vacío legal, fuera de la UE y en manos de los antisistema. No se trata de fabricar furibundos españolistas, sino de insuflar sentido común y serenidad, realismo frente a la paranoia.

Y parte de ese realismo, lección importante del mismo, pasa por hacer entender que quien algo quiere algo le cuesta. El peor error sería venir ahora con el saco de los regalos a la Generalidad, porque además de agradecerlo con algún desplante lo venderían como “¿veis como teníamos razón?”. Sí en cambio hay que ser generoso con las empresas y entidades, y ahí si es preciso hay que recurrir al mercadeo puro y simple. En definitiva es lo que lleva haciendo el separatismo hace años. 

Lamentablemente las voluntades de algunos son volubles y se inclinan ante el viento más potente. Pues España ha de demostrar que es un viento muy poderoso, y ha de soplar para contrarrestar la permanente tramuntana. En cuanto el Estado se muestre firme, sensato y tranquilo frente al frenesí de los que queman fotos o desobedecen sentencias, serán muchos los que aflorarán darán la cara. Y cuando eso pase es cuestión de tiempo que las asociaciones, colegios profesionales de toda índole y entidades diversas, hoy regidas invariablemente por independentistas, empiecen a cambiar de rumbo. Hay que cambiar el signo de los acontecimientos, y eso requiere firmeza, tenacidad, dinero y pedagogía.

Sin miedo, pero respondiendo a todo con la legalidad por supuesto, pero no solo con ella. Hay que prodigarse, hay que motivar a los desmotivados que necesitan, necesitamos, un respaldo visible. Cuidado con jugar con cosas aparentemente inocuas como regalar el blindaje de la lengua: en Cataluña el tema lingüístico hace tiempo que ha pasado a ser el elemento crucial, porque la incomunicación genera distancia, desconocimiento. Quizá haya que hacer cosas que no nos gusten, que vayan contra algunos principios que defendemos, pero las situaciones excepcionales requieren soluciones también excepcionales.

Esa es la difícil labor que la Vicepresidenta parece haber cargado sobre sus espaldas. Esperemos que no yerre en el diagnóstico, y que sepa tocar las teclas adecuadas del modo adecuado. Va a necesitar mucha ayuda aquí, pero seguro que si la busca y escucha va a saber encontrarla. Somos muchos y tenemos mucho que aportar; podríamos formar una larga cola hasta la esquina de Lauria con Mallorca, sede de “El Álamo”. 

Ábranse la vicepresidenta y sus antenas a la sociedad y hablen con todos, dialoguen con todos… menos con los independentistas. Han de ser ellos los que empiecen a sentir el aislamiento y el desdén del resto de la sociedad. Porque probablemente esta sea la última oportunidad.

Gestualidad (III)

Sí, es una guerra fría en toda regla: “situación de hostilidad entre dos naciones en la que, sin llegar al empleo declarado de las armas, cada bando intenta minar el régimen político o la fuerza del adversario por medio de propaganda, presión económica, espionaje, organizaciones secretas, etc.” (DRAE). Y no me sean remilgados ahora por el uso de la palabra “naciones”, por favor. 

Propaganda, economía, espionaje, organizaciones secretas… Más allá de la literalidad de los términos, ¿alguien duda de que el separatismo lleva años utilizando estas armas contra España para debilitarla y quebrar su resistencia? Con la paradoja sangrante de que lo viene haciendo desde su condición de estructura del Estado español y con los recursos económicos que éste le facilita año tras año. Deslealtad es la palabra clave, y esa actuación desleal, al no merecer reproche legal alguno durante décadas, ha ido calando en la sociedad, contagiándose hasta convertirse en algo habitual, normal, aceptable y rentable. 

Sugería en el anterior post que, sin descuidar ningún frente, ninguno, hay que replicar, en ambos sentidos de la palabra, todas las acciones del independentismo, con la única salvedad por ahora de las movilizaciones populares, en las que tienen las de ganar sin discusión. Y es que es razonablemente fácil movilizar a las masas acríticas en pos de un cambio, de una ilusión, de una aventura por muy suicida que sea, y en cambio es altamente improbable conseguir una movilización semejante para mantener un statu quo: nadie se manifiesta para que las cosas se queden como están. No perdamos por lo tanto el tiempo por ahora en ese terreno, en el que siempre las comparaciones nos serán desfavorables. 

En todo lo demás, en cambio, adelante. Al poder de la Generalidad en Cataluña hay que enfrentar el poder del Estado, sin miedo, para cortocircuitar todas aquellas iniciativas que sean contrarias al interés general de los ciudadanos españoles. De hecho, sería altamente aconsejable crear alguna instancia, con rango de ministerio incluso, que tuviese como fin declarado y evidente la defensa de la cohesión territorial, y que se constituyese en guardián de ese fin, centralizando todas las acciones tendentes a combatir las fatídicas tensiones centrífugas que el estado de las autonomías genera, mediante la negociación, la supervisión, la impugnación, la denuncia y también la propuesta de nuevas medidas legislativas. No olvidemos que por mor del absurdo planteamiento del estado autonómico hoy ya apenas nadie vela por el interés general de los españoles, mientras que hay multitud de instancias que se ocupan de los intereses más locales, a menudo contrarios a los generales. 

 
El separatismo ha tejido redes clientelares y ha cortado vínculos con España mediante la propaganda, el falseamiento de la historia, el empleo de cantidades ingentes de dinero, la atribución al otro de todos los males y la apropiación para su causa de todas las bondades, y por supuesto a través de un uso aleccionador y manipulador de la enseñanza. 

 
Pues ahora toca obrar en consecuencia, desmontando esas redes, tejiendo otras y reconstruyendo vínculos. No va a ser fácil, sobre todo por la desconfianza generada ante el desamparo en que muchas veces han quedado los disidentes en cuanto “la caballería” vuelve a Madrid. Pero aunque parezca difícil de entender, hay mucha gente que lo está deseando, esperando. 

 
El catalán medio es pragmático por definición. Y desconfiado. Y negociante. Empresarios, profesionales, autónomos, financieros… La mayoría no alcanza a entender cómo ha llegado esta tierra a la demencial situación de estar a punto de tirarlo todo por la borda en manos de unos radicales con estética okupa, unos republicanos con reminiscencias etnicistas no tan lejanas y unos sucesores de CiU que parecen haber enloquecido. Esta pandilla chiflada se dice dispuesta a sacar a Cataluña de la Unión Europea, a impagar su deuda, a saltarse leyes y sentencias… Todo lo contrario al sentir tradicional del ciudadano catalán. Tiempo habrá de analizar cómo se ha llegado hasta aquí. Pero lo cierto es que hay una amplia capa de población catalana que está deseando ser rescatada, pero de verdad, no con tres declaraciones que animen a salir de la trinchera a los más impacientes para que les vuelen la cabeza con total impunidad. Es función del Estado, empezando por la Corona y siguiendo por sus demás instituciones, mostrar un decidido respaldo a quienes no se sienten independentistas, porque lo merecen ellos y porque lo requiere el interés general de la Nación. 

Ese catalán no se ha extinguido. Simplemente permanece expectante, agazapado, y se aferra a lo que tiene a mano. Cuando el otro bando ha desaparecido del paisaje, no esperemos actos de heroísmo, salvo algunos muy contados. Tienen razón quienes dicen ahora que el Estado tiene que ofrecer hechos, y no sólo gestos. Sí, hechos, pero mediante una negociación, y por principio esta no puede suponer que solo una de las partes ceda. Por cada competencia autonómica que se blinda hay que blindar una estatal. El Estado no puede estar en permanente retroceso, porque llegará un momento en que resulte perfectamente prescindible. 

Hay que dar, pero también obtener. Y hay que advertir muy seriamente que las cosas no son gratis, que no se trata de reconocer supuestos derechos, y mucho menos de colaborar a alfombrar el camino hacia una independencia simplemente pospuesta por razones tácticas. Por ejemplo, pocos analistas dudan de la lógica del corredor mediterráneo. Pero igualmente lógico es asumir que no tiene sentido que el Estado acometa esa enorme inversión para dotar de esa infraestructura a una región que aspira abiertamente a independizarse y por lo tanto quedársela y privar a España de esa comunicación con Europa. Es perfectamente legítimo que el Estado exija garantías, en la medida de lo posible. Contrapartidas, porque tampoco la lealtad se demuestra con simples proclamas, sino con hechos. Y es que una negociación en la que no hay contrapartidas ni siquiera se toma en serio. 

Gestualidad (II)

Decía en la anterior entrega que bien está la política de constante exhibición de talante conciliador y dialogante por parte del gobierno de España hacia la Generalidad de Cataluña, siempre y cuando no sea ni la única ni la principal línea de acción. Al menos con ello se cubre de forma permanente un flanco, aunque sea meramente en términos de apariencia pública.

Es enormemente difícil la tarea que tiene ante sí el gobierno, el estado en realidad. Sobre todo porque durante décadas se ha perdido el tiempo lamentablemente. En el anterior artículo no fui capaz de citar, por no recordar su nombre, a la catedrática Araceli Mangas, a quien además atribuí la especialidad de derecho constitucional, cuando en realidad lo es de derecho internacional. En este artículo de Zarzalejos encontrarán una lectura muy clara y breve de sus declaraciones.

Desengáñense los bienintencionados: los independentistas no tienen intención de negociar nada, salvo la fecha del referéndum y las condiciones de la secesión. Y aún eso, solo si entienden que esa negociación puede facilitar su objetivo. Es más, se sienten sobrados, porque cuentan con el argumento para ellos demoledor de su enorme deuda, cuyo impago esgrimen como amenaza en caso de secesión no consentida.

No siempre ha sido así, ciertamente. Hubo momentos en que el separatismo, al menos el que representaba la extinta Convergència, se hubiese mostrado muy dispuesto a la negociación. En realidad, claro está, a esa peculiar negociación que solo se mueve en una dirección, que es la de que el estado haga más y más concesiones sin que el secesionismo haga ninguna, más allá de ralentizar unos meses sus planes. Pero ese momento quedó atrás por tres razones: una, porque accedieron a ciertos ámbitos de poder los rupturistas de las CUP, léase poder oficial en ayuntamientos, léase poder oficioso como sostén del gobierno catalán. Dos, porque la espiral de declaraciones y movilizaciones ha sido tal que deja nulo margen a sus autores para envainársela ahora. Y tres, y principal, porque los separatistas han encontrado durante estos años una verdadera autopista ante sí que no esperaban, y que no podían desaprovechar. Tan escandalosa ha sido la dejación de funciones de los últimos gobiernos de España, tan dramática la ingenuidad de analistas, políticos, periodistas e informadores de eso que llamamos “Madrid”, que estoy convencido de que por momentos el separatismo ha sentido el temor propio de aquel ejército que avanza de forma tan sorprendentemente fácil que espera de un momento a otro una emboscada o una contraofensiva que, en este caso, no han llegado. Podría resumirse, y yo puedo decir que lo he oído comentar así, en un “esto no puede estar siendo tan fácil, no puede ser verdad, están preparando algo”. Pues no. “Madrid” no estaba preparando nada.

Se ha llegado tan lejos que no queda nada por negociar, porque ya todo se reduce a todo o nada, a victoria o muerte. Por lo tanto, bien está ese aparente talante negociador como exhibición de una actitud, pero conviene que se tenga claro que no hay margen. Y que la verdadera política se ha de desarrollar en otros frentes.

Y para eso hay una muy buena estrategia, que es emular paso a paso lo que ellos hacen y han hecho. Y harán. Lo digo a menudo: ellos han hecho bien su trabajo. No es que sean unos genios, no: ya hemos dicho antes que se lo han puesto muy fácil. Pero en su escalofriante mediocridad han cumplido con lo que de ellos se espera, que es ir diseñando y construyendo día a día un plan con un solo objetivo: la independencia.

Parece que fuera de Cataluña no se ve o no se quiere ver que hace años que en Barcelona hay toda una administración que trabaja, en todos sus departamentos, con un único fin. Que destina ingentes recursos, en buena medida procedentes paradójicamente de las arcas del estado, a ese fin. Que ha penetrado todas y cada una de las instancias de poder político, económico, social, educativo, cultural de la sociedad catalana. Que constituye por tanto una muy potente maquinaria que, insisto, trabaja única y exclusivamente en una dirección, utilizando todos los medios a su alcance, todos, que son muchos. Y enfrente todavía hoy se oyen sesudas tertulias radiofónicas en las que los brillantes analistas se dedican a desmenuzar declaraciones y gestos para intentar descubrir mínimas diferencias entre los discursos de Puigdemont y Junqueras, por poner un ejemplo, creyendo con inconcebible ingenuidad que eso supone algún giro en la situación.

Todos los independentistas comparten un objetivo, parece absurdo tener que explicar eso. Unos porque son independentistas de origen y otros porque lo han visto de pronto tan al alcance de la mano que no podían dejar de aprovechar la ocasión de colarse por los inmensos portones que el estado ha dejado abiertos.

La pelea se ha de plantear en todos los frentes, replicando como decíamos y como veremos en la siguiente entrega las acciones desarrolladas por “el enemigo”. Sí, el enemigo, porque esto (y eso es lo primero que hay que asumir) es una “guerra”. Sin tiros, pero una réplica exacta de un enfrentamiento en toda regla. Ellos lo saben y actúan en consecuencia. ¿Y nosotros?