Gestualidad (III)

Sí, es una guerra fría en toda regla: “situación de hostilidad entre dos naciones en la que, sin llegar al empleo declarado de las armas, cada bando intenta minar el régimen político o la fuerza del adversario por medio de propaganda, presión económica, espionaje, organizaciones secretas, etc.” (DRAE). Y no me sean remilgados ahora por el uso de la palabra “naciones”, por favor. 

Propaganda, economía, espionaje, organizaciones secretas… Más allá de la literalidad de los términos, ¿alguien duda de que el separatismo lleva años utilizando estas armas contra España para debilitarla y quebrar su resistencia? Con la paradoja sangrante de que lo viene haciendo desde su condición de estructura del Estado español y con los recursos económicos que éste le facilita año tras año. Deslealtad es la palabra clave, y esa actuación desleal, al no merecer reproche legal alguno durante décadas, ha ido calando en la sociedad, contagiándose hasta convertirse en algo habitual, normal, aceptable y rentable. 

Sugería en el anterior post que, sin descuidar ningún frente, ninguno, hay que replicar, en ambos sentidos de la palabra, todas las acciones del independentismo, con la única salvedad por ahora de las movilizaciones populares, en las que tienen las de ganar sin discusión. Y es que es razonablemente fácil movilizar a las masas acríticas en pos de un cambio, de una ilusión, de una aventura por muy suicida que sea, y en cambio es altamente improbable conseguir una movilización semejante para mantener un statu quo: nadie se manifiesta para que las cosas se queden como están. No perdamos por lo tanto el tiempo por ahora en ese terreno, en el que siempre las comparaciones nos serán desfavorables. 

En todo lo demás, en cambio, adelante. Al poder de la Generalidad en Cataluña hay que enfrentar el poder del Estado, sin miedo, para cortocircuitar todas aquellas iniciativas que sean contrarias al interés general de los ciudadanos españoles. De hecho, sería altamente aconsejable crear alguna instancia, con rango de ministerio incluso, que tuviese como fin declarado y evidente la defensa de la cohesión territorial, y que se constituyese en guardián de ese fin, centralizando todas las acciones tendentes a combatir las fatídicas tensiones centrífugas que el estado de las autonomías genera, mediante la negociación, la supervisión, la impugnación, la denuncia y también la propuesta de nuevas medidas legislativas. No olvidemos que por mor del absurdo planteamiento del estado autonómico hoy ya apenas nadie vela por el interés general de los españoles, mientras que hay multitud de instancias que se ocupan de los intereses más locales, a menudo contrarios a los generales. 

 
El separatismo ha tejido redes clientelares y ha cortado vínculos con España mediante la propaganda, el falseamiento de la historia, el empleo de cantidades ingentes de dinero, la atribución al otro de todos los males y la apropiación para su causa de todas las bondades, y por supuesto a través de un uso aleccionador y manipulador de la enseñanza. 

 
Pues ahora toca obrar en consecuencia, desmontando esas redes, tejiendo otras y reconstruyendo vínculos. No va a ser fácil, sobre todo por la desconfianza generada ante el desamparo en que muchas veces han quedado los disidentes en cuanto “la caballería” vuelve a Madrid. Pero aunque parezca difícil de entender, hay mucha gente que lo está deseando, esperando. 

 
El catalán medio es pragmático por definición. Y desconfiado. Y negociante. Empresarios, profesionales, autónomos, financieros… La mayoría no alcanza a entender cómo ha llegado esta tierra a la demencial situación de estar a punto de tirarlo todo por la borda en manos de unos radicales con estética okupa, unos republicanos con reminiscencias etnicistas no tan lejanas y unos sucesores de CiU que parecen haber enloquecido. Esta pandilla chiflada se dice dispuesta a sacar a Cataluña de la Unión Europea, a impagar su deuda, a saltarse leyes y sentencias… Todo lo contrario al sentir tradicional del ciudadano catalán. Tiempo habrá de analizar cómo se ha llegado hasta aquí. Pero lo cierto es que hay una amplia capa de población catalana que está deseando ser rescatada, pero de verdad, no con tres declaraciones que animen a salir de la trinchera a los más impacientes para que les vuelen la cabeza con total impunidad. Es función del Estado, empezando por la Corona y siguiendo por sus demás instituciones, mostrar un decidido respaldo a quienes no se sienten independentistas, porque lo merecen ellos y porque lo requiere el interés general de la Nación. 

Ese catalán no se ha extinguido. Simplemente permanece expectante, agazapado, y se aferra a lo que tiene a mano. Cuando el otro bando ha desaparecido del paisaje, no esperemos actos de heroísmo, salvo algunos muy contados. Tienen razón quienes dicen ahora que el Estado tiene que ofrecer hechos, y no sólo gestos. Sí, hechos, pero mediante una negociación, y por principio esta no puede suponer que solo una de las partes ceda. Por cada competencia autonómica que se blinda hay que blindar una estatal. El Estado no puede estar en permanente retroceso, porque llegará un momento en que resulte perfectamente prescindible. 

Hay que dar, pero también obtener. Y hay que advertir muy seriamente que las cosas no son gratis, que no se trata de reconocer supuestos derechos, y mucho menos de colaborar a alfombrar el camino hacia una independencia simplemente pospuesta por razones tácticas. Por ejemplo, pocos analistas dudan de la lógica del corredor mediterráneo. Pero igualmente lógico es asumir que no tiene sentido que el Estado acometa esa enorme inversión para dotar de esa infraestructura a una región que aspira abiertamente a independizarse y por lo tanto quedársela y privar a España de esa comunicación con Europa. Es perfectamente legítimo que el Estado exija garantías, en la medida de lo posible. Contrapartidas, porque tampoco la lealtad se demuestra con simples proclamas, sino con hechos. Y es que una negociación en la que no hay contrapartidas ni siquiera se toma en serio. 

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