El sitio de cada uno

Se celebra uno de estos días en Madrid una cumbre de presidentes autonómicos. No es la primera edición de este tipo de reuniones ni seguramente sea la última. Parece bueno que los gobernantes de las distintas autonomías españolas se reúnan y hablen entre sí de lo que sea. Parece difícil, al mismo tiempo, que logren alcanzar algún acuerdo puesto que cada uno tratará de barrer para su casa (léase para su electorado) y además pertenecen a varios partidos diferentes.

Probablemente sea la más nítida imagen de cuán nefasto es para el interés general de España el estado de las autonomías: diecinueve presidentes de otras tantas administraciones elefantiásicas  en comparación con el territorio y la población que dirigen, jugando a los jefecillos de estadillos, rodeados por sus séquitos de asesores, chóferes y secretarios y sumergidos en un mar de banderas, muchas de ellas con tanta historia a sus espaldas como pueda tener, qué sé yo, la telefonía móvil. O sea, muy poca.

¿He dicho diecinueve? Pues no. Las aldeas galas, siempre reticentes a la romanización, las “nacioncillas rabiosas” (copyright Vidal Quadras), aprovechan la ocasión, como no podría ser de otra manera y como hacen con cualquier otra eventualidad, para intentar evidenciar que son distintos. Qué digo distintos: mejores, por supuesto, que todavía no he oído hablar de nadie que proclame su diferencia reconociéndose peor que los demás. Y así el Molt Inefable Puigdemont ha decidido que es más importante montar su propio número de exhibicionismo no asistiendo a la cumbre, que acudir a un foro en el que se supone que le corresponde defender los intereses de todos los ciudadanos de Cataluña. Con ello consigue el doble objetivo de obtener notoriedad y abofetear simultáneamente al gobierno de España y a las demás autonomías. No olvidemos que la continua ofensa a nuestros compatriotas no es involuntaria, sino que obedece a un meticuloso plan encaminado a generar rechazo y a provocar el tan deseado “que se vayan” o cualquier exabrupto que luego permita enarbolar la tan raída como útil bandera del victimismo.

Y rizando el rizo de la provocación hasta extremos casi circenses, nuestros nunca bien ponderados mandatarios se han montado una performance en Bruselas, anunciando una conferencia en sede parlamentaria a cargo del Molt Inefable, su vicepresidente Junqueras y el entrañable Romeva, que no ve la ocasión de adornar su nombre con el cargo de ministro en cualquier cartel que se le pone a tiro. A mí me recuerda aquellos falsos carteles taurinos en los que el turista podía incluir su nombre entre los de Curro Romero o Manuel Benítez: “su nombre aquí”. Ahí que se lanza Romeva en cuanto puede proclamarse “Minister”.

Total, una semana gloriosa: no nos codeamos con plebeyos presidentes autonómicos, sino que jugamos a los “ministers” y a los “governments” en Europa, en la Champions League.

Por supuesto, ningún mandatario europeo asistirá al acto ni recibirá a los artistas. Por supuesto también la sala elegida para el evento será convenientemente reducida y se llenará con los adictos habituales, los de la adhesión inquebrantable al régimen. Y por supuesto el enjambre de micrófonos que rodeará a los ponentes a su entrada y salida será enarbolado por periodistas que seguramente habrán llegado con ellos en el mismo vuelo desde Barcelona.

Cuando la gente no sabe cuál es su sitio acaba siendo necesario que alguien se lo indique. Ya va siendo hora. Porque el ridículo resulta incluso divertido durante un tiempo, pero acaba irritando: todo tiene o debería tener sus límites.

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