Sagradas instrucciones

Curiosa la relación de la sociedad española con su administración de justicia. No es una relación de desconfianza radical, sino de desconfianza muy selectiva. No debería sorprenderme, claro está: en definitiva sigue el mismo criterio que los aficionados al fútbol. Una misma entrada, idéntica, es condenable, punible y execrable en la medida en que la cometa un jugador del equipo contrario y excusable, justificada e inofensiva si el autor viste la camiseta del equipo de nuestros amores. Esta, por cierto, es una de las razones por las que dejé de ir al fútbol hace ya muchos años: mi incapacidad para el fanatismo, mi manifiesta falta de aptitud para aceptar que lo blanco es negro. O azulgrana.

En este paralelismo, parece que el equipo de los colores de la sociedad española lo forman los jueces instructores. E igualmente que parece ser cierto que cada español lleva en su corazón un entrenador de fútbol, no lo es menos que en otro órgano que no me atrevería a concretar cada ciudadano de este bendito país lleva un juez instructor, con su toga y todo.

Como de un tiempo a esta parte todos (bien, de acuerdo: casi todos) somos muy progres el equipo rival, el que lo hace todo mal, el que nunca acierta, el que actúa con intrínseca maldad y con artes extra deportivas resulta ser invariablemente el de los magistrados de instancias superiores. Tanto es así que, a juzgar por la rara unanimidad de la opinión pública y la publicada, deberíamos plantearnos la conveniencia de suprimir todas las demás instancias y dejarlo todo en manos de esta casta superior de súper hombres y súper mujeres que constituyen los jueces de instrucción.

Y lo grandioso es que ahí coinciden,  aunque paradójicamente desde la más radical discrepancia, derechas e izquierdas. Vean si no: Alaya es la mejor instructora del mundo pese a que le tumben medio sumario. Elpidio es un héroe nacional aunque haya puesto en peligro todo lo actuado contra un semoviente como Blesa. Castro es ídolo de masas aunque las magistradas hayan dejado su instrucción en mantillas. Garzón es la justicia encarnada, y mucho, en un ser terrenal pese a que sus instrucciones tengan a decir de los expertos la solidez de un castillo de naipes.

Y por contra los tribunales superiores que curiosamente, qué cosas, suelen estar integrados por varios magistrados con larga experiencia y méritos en el ascenso, yerran indefectiblemente, por incompetencia o directamente por venalidad, a los ojos del “supremo tribunal de la barra de bar a la hora del carajillo” o de su versión catódica que es “la corte inapelable de la tertulia”.

Gloria a los jueces de instrucción. Ellos sí que saben. Paco, otra caña.

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