Pase en profundidad 

Pase en profundidad el que Pablo le ha hecho a Pedro, o Iglesias a Sánchez si prefieren, con el anuncio de moción de censura. 

Cada vez está más claro que estos dos juegan en el mismo equipo, y que Sánchez es un auténtico submarino podemita en las mismas entrañas del PSOE. Me queda la duda de si esa actitud de Sánchez obedece exclusivamente a su desmedida y desesperada ambición personal por alcanzar el poder, o si forma parte de una estrategia pactada con los politólogos de la Complu para infiltrar y primero dinamitar y luego controlar los restos del PSOE, como ya hicieran con Izquierda Unida. Una cosa no excluye a la otra, por cierto. Pero que esa es la realidad me parece fuera de toda duda.

La moción de censura es en realidad contra la gestora del partido socialista y contra Susana Díaz que contra el propio Rajoy, aunque sea este su destinatario nominal. Sus posibilidades de prosperar en la Carrera de San Jerónimo son nulas, pero las de revolver las ya agitadas aguas de Ferraz son claras: el lógico rechazo socialista a apoyarla permitirá a Sánchez acusar al “aparato” de sostener al “corrupto Rajoy” y presentarse nuevamente ante las bases como el adalid del “no es no”.

Cuesta imaginar que esta iniciativa de los de Iglesias, justo ahora, no sea un auténtico regalo a Sánchez, un pase en profundidad para que marque un gol de lucimiento. Y aún más cuesta creer que el regalo, envenenado como todo lo que procede de la maquiavélica formación morada, no haya sido pactada previamente con un candidato corroído por la ambición y acuciado por el síndrome del último tren.

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Un estado ¿voluntariamente?indefenso 

Habrá quien aún crea que el separatismo catalán va de farol. Habrá quien siga considerando (lo hizo ayer sin ir más lejos el diputado Sr. Girauta en un acto de Societat Civil Catalana) que el estado es una apisonadora que no se moverá un milímetro frente a los embates de los secesionistas. Pero lo cierto es que todos los hechos parecen indicar lo contrario, y cuidado porque es altamente probable que ellos jueguen con esa baza, la de que supongamos que no van a ser tan insensatos.
A los que tenemos alguna relación con el mundo del derecho nos preocupa especialmente de esta cuestión la aparente indefensión en que de forma incomprensible se halla el Estado. Y es que el tema va bastante más allá de que tengamos, ahora o en anteriores legislaturas, un gobierno más o menos inoperante, pasivo o indolente, que esa es otra cuestión. Lo verdaderamente importante es saber si, en el caso de que el desafío alcance sus últimas consecuencias, el Estado dispone de las herramientas necesarias para afrontarlo y, lógicamente, ganarlo.
Imagino que es innecesario aclarar que cuando hablo de herramientas no me refiero a divisiones acorazadas, que evidentemente el Estado las tiene. Me refiero a herramientas políticas y legales. Y ahí es cuando uno empieza a removerse incómodo en el asiento. Y es que es forzoso reconocer que aparentemente el Estado no está preparado para contrarrestar adecuadamente una ofensiva desde el interior de sus propias instituciones, con dinero público, con manipulación y retorcimiento de las leyes por parte de quienes deberían garantizar su cumplimiento, con la organización de giras por el extranjero para desacreditar al país de cuya legalidad emanan los cargos de quien lo hace, con la utilización como cobertura de masas de ciudadanos. Esto no es un ataque terrorista, ni la acometida de una potencia extranjera: es el Estado devorándose a sí mismo como si fuese presa del virus del ébola. La legislación no prevé eso, y las regulaciones sobre sedición, traición o rebelión parten de un concepto decimonónico y casi romántico, hablando de violencias y tumultos.
Esto tenía una solución relativamente fácil teniendo en cuenta el peso del factor humano: modificar el Código Penal de modo que quien intente subvertir el orden constitucional o alterar la integridad territorial del Estado, por los medios que fuere, arriesgue severas penas de cárcel, y no una ridícula y simbólica inhabilitación. Aznar intentó algo en ese aspecto, penalizando con más gravedad la convocatoria ilegal de consultas, pero solo curiosamente esa acción. Zapatero, cómo no, lo derogó en cuanto llegó al poder. De entonces a aquí el desafío ha ido creciendo exponencialmente: ¿no ha tenido tiempo el gobierno de turno para reforzar las defensas del Estado? ¿No se le ha ocurrido? ¿No ha sido capaz de ver la amenaza? ¿No se ha atrevido? Resulta tan inverosímil como si la Wehrmacht, avisada de los planes de desembarco aliado en las costas del Canal, no hubiese dispuesto defensa alguna. La única conclusión posible es que no se ha querido hacer, porque seguramente ha pesado siempre más el temor a no disponer, en caso de necesidad, del puñado de votos nacionalistas en el Congreso.
Y esta evidente y sorprendente, hasta para ellos, falta de consecuencias proporcionadas al destrozo que pretenden causar ha dado alas a los separatistas. En una evaluación de riesgos que contrapone a un lado de la balanza la gloria, el triunfo absoluto y, claro está, la impunidad que garantizaría la independencia, y en el otro una hipotética y casi risible inhabilitación, ¿cómo no lanzarse a por todas?
El nacionalismo no arriesga nada, ni a nivel personal ni colectivamente. Individualmente, ya se ha dicho, simples inhabilitaciones que en nada afectarían a quienes, de realizarse sus propósitos, ya no estarían sujetos a la legislación inhabilitadora. Y a nivel colectivo, porque nadie se ha permitido sugerir siquiera, ni en el plano teórico, que la apuesta fallida por la independencia pudiese acarrear la pérdida total o parcial, temporal o permanente, de la autonomía. Así, es normal que no hallen motivo alguno para retirar su desafío. El premio es infinitamente superior al riesgo. Y si a ello añadimos que el gobierno español atraviesa por momentos de extrema debilidad por la aritmética parlamentaria y por sus escandalosos vínculos con la corrupción, el momento es idóneo para llevar el reto hasta el final.
Ojalá acierten quienes todo lo fían al sólido edificio institucional español. Pero los tiempos han cambiado. Antes, por ejemplo y sin que por supuesto tenga nada que ver, un terrorista veía limitada su capacidad de actuación por la necesidad de garantizar su propia huida y supervivencia. El terrorismo suicida ha obligado a cambiar todas las políticas de seguridad al desaparecer ese factor y ser por tanto distinta la amenaza. No parece que la novedosa forma de desafiar el orden constitucional que hemos descrito más arriba haya provocado en el Estado un cambio en sus estrategias de defensa. Y eso puede ser un gravísimo error.

Un bel morir…

…tutta una vita onora, dicen los italianos. Poco se aplica este dicho en política. Los políticos suelen agonizar entre enormes aspavientos, pataleando, proclamando su inmortalidad y su condición de imprescindibles para el bien de la patria. A veces, incluso, siguen ahí una vez muertos, siendo ellos los únicos que parecen no ser conscientes de su condición de cadáveres, hasta que el hedor empieza a ser tan insoportable que perturba incluso a los más allegados.

Esperanza Aguirre llevaba tiempo muerta. No la considero escasa de luces y por tanto dudo que no fuese consciente de ello. Tal vez esperaba el milagro, el giro argumental inesperado, el despertar de una pesadilla en el que, de pronto, todos sus fieles acólitos luciesen impolutos y prístinos como ella quiso siempre verlos. Porque su muerte, la de Aguirre, no la han causado sus propios actos. Su situación es más bien la de aquel nadador que se empeña en salvar a alguien que se está ahogando y es finalmente arrastrado al fondo, agotadas sus fuerzas de forcejear para salvar a quien no puede ser salvado porque lleva los bolsillos demasiado cargados.

En política las cosas no van como en la vida real, la nuestra. La política es una inmensa partida de un extraño ajedrez a varias bandas donde se forman y se destruyen alianzas inverosímiles y cuyo objetivo es hacerse con el rey no para finalizar la partida, sino para continuarla ocupando su puesto. Entre tanto, se eliminan y sacrifican piezas. Las ajenas se las intenta liquidar de la manera más sangrienta posible y las propias en cambio de modo discreto y en sordina. Aguirre había dejado de ser hace tiempo una pieza importante en cuanto a cuota de poder, pero seguía teniendo un simbolismo importante. Y se cumple la regla: el enemigo, en este caso todo el arco parlamentario, se ensaña despedazando su cadáver como una manada de hienas. Y los suyos la despachan con un gélido “ha sido un personaje relevante en el partido”. 

Y realmente lo ha sido, en el partido y en el país. Fue de las primeras mujeres en ocupar una cartera ministerial, la primera presidenta del Senado, una de las primeras presidentas autonómicas… Pero claro, a los ojos del feminismo fetén nada de eso cuenta: ¡¡¡es de derechas y marquesa!!! ¿Alguien imagina al joven Pablo Carbonell ridiculizando a una dirigente política del sexo femenino pero de izquierdas?

Aguirre no supo manejar sus tiempos y al parecer tampoco elegir a sus cortesanos más próximos. En un momento determinado, cuando Rajoy le enseñó la puerta de salida en aquel memorable congreso valenciano en que don Mariano despachó de una tacada a liberales y conservadores, dejando el PP reservado para los marianistas sin proyecto ni ideales, Aguirre optó por la lealtad a su partido en lugar de encabezar otro. No intuía que estaba cediendo ante un auténtico killer de la política. Pero tanto da. La sombra de Granados y González es muy alargada y tarde o temprano la hubiese alcanzado.

En el caso de Aguirre el dicho italiano debería tener un sentido totalmente inverso: un mal morir deshonra toda una vida. Toda una vida de servicio al país y a un partido que en breve habrá sepultado su nombre en la fosa común, ya rebosante, de”esas personas a las que usted menciona”. 

Mala suerte, doña Esperanza. No es nada personal. Es la política, la más cruel actividad jamás inventada y practicada por el ser humano. 

“Pesada me es ya la broma…”

“Portaos bien en las ponencia. Es algo muy razonable, porque si no os portáis bien en las ponencias es que os portáis mal en las ponencias y la gente del PP no se porta mal nunca. Ni en las ponencias ni en otros sitios”.

Léanlo varias veces. Esta ha sido la parte destacada de la alocución que ha dirigido hoy Mariano Rajoy a los jóvenes de las Nuevas Generaciones de su partido con motivo de no sé bien qué congreso.

Ya sabemos que empieza a ser legendaria la capacidad del insigne pontevedrés para elaborar frases extravagantes, enigmáticas, absurdas, contradictorias o sorprendentes. A veces se ha atribuido al despiste, otras veces a su escasa capacidad para la improvisación y las más al no menos mítico humor gallego.

Miren, no lo sé. A veces admito que me resulta hasta divertido, sobre todo por la capacidad que esas frases tienen para desconcertar a un oponente político, que no sabe si está ante un señor desnortado o si por el contrario el gallego ya ha ido y ha vuelto y lisa y llanamente se está mofando de su interlocutor. Pero hay ocasiones en que, no sé, será que mi capacidad de captar el humor gallego está de capa caída o será que mi propio sentido del humor está desconectado. Y entonces la sensación de ser objeto de mofa la tengo yo.

Hoy es uno de esos días. Que el Sr. Rajoy diga hoy, justamente hoy, que la gente del Partido Popular no se porta mal nunca, precisamente en el mismo momento en que uno de sus ex presidentes autonómicos está declarando ante la Audiencia Nacional y muy probablemente salga de ahí esposado hacia la cárcel, en la misma semana en que el propio Rajoy ha sabido que va a tener que declarar como testigo en el caso Gürtel, en estos tiempos en que todo parece indicar que las cloacas de la corrupción en Madrid no van a poder contener por más tiempo tantas aguas corrompidas, hoy va Rajoy y les dice concretamente a los jóvenes de su partido, a la supuesta reserva de esperanza que va a tomar el testigo a medio plazo, que “la gente del PP no se porta mal nunca”. 

Pues mire, no. Maldita la gracia que me hace hoy el humor gallego, o el humor del gallego si prefieren, que andan los regionalismos muy susceptibles en este país. Creo que solo sería capaz de aguantarle bromas así a estas alturas a algún líder que, aparte de estar por encima de toda sospecha (que no es el caso), pudiese al menos presumir de tener un proyecto de país serio, ilusionante, sólido. Tal vez a ese líder inexistente pudiese aceptarle esa broma en forma de amarga ironía. Pero ¿a Rajoy? ¿A Rajoy? ¿Alguien cree que si este hombre decidiese volver a presentarse como candidato sería con el propósito de culminar o encarrilar algún tipo de proyecto político más allá del de su propia supervivencia? ¿Y a este hombre hemos de aguantarle además cachondeos cuando la capital de la nación es un auténtico hervidero de rumores e indignación más que justificada? ¿Cuando aparte de la consecuencia puramente económica de menoscabo a los fondos públicos lo que se produce es un trasvase de votantes furiosos a opciones que en condiciones normales ni se considerarían y que encierran un serio peligro para la estabilidad democrática de España?

Vamos hombre. Así que si he tituladola columna con una frase del Tenorio, permítanme cerrarla con un particular homenaje a Fernando Fernán Gómez: ¡A la mierda! ¡Vaya usted a la mierda!

Culpables mientras se demuestra lo contrario

Fascinante y delicado el tema de la presunción de inocencia que me sugiere una amable lectora. Creo que el gran problema al respecto es que sucede como con los embarazos: o se está o no se está. En este caso, o se está a favor radicalmente o se está en contra, porque no caben excepciones ni medias tintas. Es un principio sagrado de nuestro derecho penal y de la propia Constitución. Por tanto, no debería merecer siquiera comentarios: debería regir sin disputa ni cuestionamiento.

Pero una vez más le debemos a nuestra bien amada clase política la discordia sobre algo que debería ser pacífico. Y en dos sentidos: uno, por la bastarda aplicación que hacen del principio, clamando por él cuando se refiere a los suyos y saltándoselo a la torera cuando del rival se trata. Y dos, porque la insoportable judicialización de la vida política hace que se esté produciendo una inusitada sobreabundancia de imputados.

Y es que nos preocupamos, y con razón, de la politización de la justicia, ese gigantesco amaño por el que los políticos blindan su futuro judicial. Pero no parecemos darle la misma importancia a algo que también la tiene, y es esa judicialización de la política, ese mecanismo de querella fácil, de denuncia primero y piensa después, que acaba inundando los tribunales de sumarios, las listas de imputados, los diarios de juicios paralelos y la presunción de inocencia de hipócritas que o bien la invocan arteramente o bien la soslayan si les conviene.

Detrás de todo ello subyacen además historias personales y dramas humanos. ¿Qué hacer con aquel político triunfador que es imputado en virtud de cualquier denuncia, ha de renunciar al cargo por mor de los pactos políticos y finalmente resulta absuelto? ¿Podemos reponerle en el cargo? ¿Y si entre tanto se han celebrado nuevas elecciones? Se me dirá con razón que lo mismo sucede con la prisión provisional que acaba en absolución: pérdida de empleo, de familia, de amigos, de reputación. En el caso de los políticos, añadamos la notoriedad pública que da el seguimiento de sus casos en la prensa y tertulias. Daño irreparable. Carrera arruinada. Y los procesos por corrupción, por su propia complejidad, entre la instrucción, la vista y los recursos pueden durar años.

Y sin embargo, dirán los otros, ¿cómo podemos mantener al mando de la cosa pública a gentes a las que un juez está investigando, y cabe suponer que con cierta base fáctica?  Pues me temo que eso nos lleva nuevamente a la casilla de salida: o se cree en la presunción de inocencia o no se cree. Sea con un corrupto o con un violador de bebés. Y aquí solo cabe que sean los propios partidos los que establezcan en sus estatutos los códigos éticos al respecto, y que todo cargo que se presente por sus listas sepa y asuma que, dándose las circunstancias que se fijen en ellos, deberá dejar el puesto. Que forme parte por así decirlo de su contrato con el partido. Una condición objetiva que fije la consecuencia de forma indiscutible, y poniendo el listón donde el partido decida: en la denuncia, en la imputación o investigación, en la condena en primera instancia o en la condena firme. Y que ese listón lo conozca el votante antes de emitir su sufragio.

No es lo ideal, que seguramente no existe. Pero no se me ocurre nada mejor. Se admiten sugerencias.

¿A quién quieres más, a papá o a mamá? 

Resulta que el machista de Trump les manda a los tíos de las barbas en Afganistán un pedazo de pepino capaz de transformar en suaves llanuras las mismísimas Montañas Rocosas. Una carga explosiva de tal envergadura que no haya túnel, fortaleza, búnker, guarida u orificio en el que esconderse, porque todo lo barre a su paso. Y no se le ocurre otra cosa que denominar al artefacto “la madre de todas las bombas”. Ya la hemos liado. La alcaldesa de Barcelona, feminista ante todo, se ha lamentado en twitter, dónde si no, de que a un ingenio destructivo se le atribuya la condición de madre. Porque las madres, dice, dan vida y cuidan de ella, en vez de quitarla y destruirla. Vale, de acuerdo. Aunque alguien le haya recordado con maldad su activismo proabortista…
Pero es que a todo eso va el otro, Putin, aún más machista que Trump si cabe, y recurre al clásico “yo la tengo más grande”. Y presenta en sociedad un mastodonte explosivo que tiene una capacidad destructiva de algo así como 40 veces la bombita de Trump. Y claro, cachondo que es el tío, va y dice que eso es “el padre de todas las bombas”. Y ya la hemos vuelto a liar.
Porque claro, por una parte uno, en su simpleza masculina, valga la redundancia, piensa que así se ha subsanado la terrible ofensa que para las Colau del mundo suponía atribuir a algo destructivo la condición de madre y por extensión de mujer. Lo más destructivo ya no es la madre, sino el padre, lo cual casa mejor con la mentalidad heteropatriarcal que, al parecer, nos oprime.
Pero un momento… ¿Acaso me están diciendo que por el hecho de ser masculina y padre esa bomba ha de tener mayor capacidad destructiva que una femenina y madre? ¿No estaremos supeditando y sometiendo al género femenino una vez más, al atribuirle mayor potencia y eficacia a algo masculino? ¿No es acaso una muestra más del machismo imperante, del heteropatriarcado opresor?
Yo ya estoy hecho un auténtico lío. Me voy a sentar a esperar que una transbomba acabe con todo.

Dobles varas de medir

Miren por favor estos tres gráficos. Aquí tienen el artículo donde se desarrolla su contenido.

http://www.libremercado.com/2017-04-11/cataluna-expolia-a-barcelona-la-gran-contradiccion-economica-del-independentismo-1276596781/

En un resumen muy telegráfico podríamos decir que Barcelona está siendo literalmente explotada económicamente por el resto de Cataluña. O por usar el lenguaje nacionalista, fiscalmente expoliada. Ocurre que algunos no compartimos esos conceptos porque entendemos que si un ciudadano gana más que otro es lógico que pague más impuestos, que es también lógico que si Alemania es más rica que Grecia aporte más a la Unión Europea, y que por lo tanto ese principio aplicable a individuos y a estados debe ser perfectamente extensible a comunidades autónomas.

Pero lo que para mí es importante de lo que se deduce de esta noticia es que la argumentación nacionalista sobre el expolio del que supuestamente es víctima Cataluña por parte de España parte en realidad de una insoportable e intolerable superioridad, no sé si moral, intelectual o hasta racial. La doble vara de medir es tan escandalosa a la vista de estas cifras que queda totalmente desnuda y en evidencia la realidad de que no se está defendiendo un principio de equidad o de solidaridad moderada, sino que lo único que se esconde tras la tan manida acusación de expolio fiscal es la convicción de que los catalanes somos distintos, por supuesto superiores (nadie presume de ser distinto para proclamarse inferior), y que la desigualdad fiscal entre territorios económicamente distintos la tenemos perfectamente asimilada, la damos por buena, o por inevitable al menos, como principio rector de la economía y la fiscalidad, pero no la aceptamos si se produce con territorios y ciudadanos no catalanes.

Conviene ir dejando claro que aquí no hay cuestiones de principios, sino puros y duros intereses. Y que las dobles varas de medir son constantes en el argumentario de los separatistas. Un ejemplo claro es el derecho a decidir, que se postula de los catalanes pero se niega al conjunto de los españoles. O la cuestión lingüística, haciendo pasar al catalán por lengua agredida, cuando si alguna lengua atacada hay en Cataluña desde las instituciones es precisamente el español (cosa distinta es que, dada  la natural potencia del idioma español pueda creerse razonablemente que estas agresiones puedan llegar a tener éxito, pero la voluntad política sin duda existe ). Y por supuesto la que hoy comentamos de las balanzas fiscales o, por simplificar, del expolio fiscal, leyenda urbana catalana solo equiparable a la de la chica de la curva.

Así que hablemos de hechos, de intereses, de egoísmos, de juego sucio, de lo que quieran. Menos de principios. Todo lo demás es discutible, pero en materia de principios no pueden los nacionalistas darnos ninguna lección.