Haciendo las Américas

El Molt Honorable President de la Generalitat ha desarrollado entre marzo y abril su gran ofensiva estadounidense para la internacionalización del procès. En su desesperado y ya un tanto patético intento de conseguir alguna adhesión o respaldo mínimamente respetables para su propósito separatista, en estas semanas les ha tocado el turno a los yanquis. Seguramente será por aquello de que, siendo la administración Trump bisoña en el poder, igual les pillaban desinformados y les compraban la moto.

Todo empezó con una pomposa conferencia en Harvard, que finalmente acabó al parecer celebrándose en una sala de un edificio anexo que se alquila a cualquier empresa que la pida, y contó con la asistencia de los “sospechosos habituales”: “exiliados” catalanes, unos cuantos alumnos ociosos incentivados por la pizza y los refrescos y por supuesto la guardia pretoriana encabezada por Sala i Martín y los corresponsales de la prensa del movimiento nacional. Nadie tuvo muy claro quién era el personaje barbado con quien Puigdemont se hizo una foto en los jardines, pero desde luego ningún alto cargo de la universidad.

Al poco fueron agasajados en el Palau de la Generalitat un par de congresistas a los que como mínimo parece que hay coincidencia en calificar de pintorescos. La pregonada visita era en realidad una escala en un viaje a Alemania para (no se rían) asistir a algún tipo de acto relacionado con el cannabis. Y el principal de los dos visitantes tiene un historial equiparable al de ilustres visitantes que le precedieron, como los ultraderechistas finlandeses o los alegres muchachos de la Liga Norte italiana. Parece ser que la noche catalana les confundió un tanto, hasta el punto de que tuvieron que cancelar sus citas de primera hora en Madrid, lo cual tuvo como lógica consecuencia que el ministro de exteriores (el de verdad, no el “minister”) delegase en un subalterno el resto de los actos de la jornada. Quien no ha vivido una resaca de Aromes de Montserrat no sabe lo que es bueno.

Pero faltaba una traca final, la gran demostración de la definitiva internacionalización del proceso: una entrevista con el antiguo presidente Jimmy Carter. Y para allá que se nos fue, casi a escondidas, con la ilusión del adolescente que va a impresionar a sus padres, nuestro Muy Honorable. 

Y ahí empiezan los problemas. Porque cuando todo el orbe catalán esperaba poco menos que la imagen de Puigdemont descendiendo del avión en El Prat y agitando en su mano, al estilo Chamberlain, la foto con el siempre sonriente Carter (uno de los únicos cuatro presidentes americanos que no consiguieron la reelección), resulta que la foto no aparece. Resulta que lo único que hay es un tweet, un triste tweet de Puigdemont, haciendo una confusa referencia de agradecimiento a un encuentro. El enigma persiste durante unos días. Y algunos conocedores de cómo se desempeña el negocio que Carter tiene montado (no es otra cosa más que un lobby de mediación e influencia a cambio de dinero, muy legítimo por otra parte) empiezan a explicar que ahí todo se compra y se vende, incluidas las asistencias a las conferencias, por supuesto las audiencias privadas y hasta las fotos dedicadas.

El silencio entre las filas separatistas empezaba a ser revelador, hasta que el mundo se les vino encima. Por dos veces. Una, con la nota de prensa de la Embajada americana en España, que pueden ver aquí:

Otra, con la nota de la propia Fundación Carter, que tienen aquí:


No me resisto a una traducción apresurada: “En julio de 2010, el anterior presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter y su esposa Rosalyn visitaron España con motivo de unas vacaciones familiares, y recibieron el Premi Internacional Catalunya. En aquel momento, el Presidente Carter invitó a representantes de Cataluña a visitarle en Georgia. La semana pasada, en calidad de invitado del ex embajador estadounidense Ambler Moss, el presidente Puigdemont devolvió la visita al presidente Carter en The Carter Center en Atlanta. La intención del gobierno de Cataluña de avanzar en un referéndum por la independencia fue compartida con el presidente Carter, y este explicó que ni él ni The Carter Center pueden implicarse en  esta cuestión”.
No hay una línea que no duela: Carter visitó España (no dice Cataluña), invitó hace siete años a devolver la visita (es decir, era una visita de cortesía que ha intentado utilizarse torticeramente), Puigdemont fue como invitado de un embajador (que por cierto parece que forma parte del Diplocat), y ni Carter ni su fundación piensan implicarse en su propósito secesionista. El analista de guardia, por supuesto, imagino que entre lágrimas de vergúenza por su propio trabajo, ya se ha apresurado a acogerse a las presiones insoportables del gobierno español y al hecho de que, si se habla, es bueno, aunque nos den un bofetón a dos manos. Compadezcamos al plumífero a sueldo y dejémosle llorando en el rincón de la negación de la evidencia.

Y regocijémonos en el ridículo de nuestros enemigos, pero vayamos un paso más allá: ¿algún voluntario para pedir responsabilidades por el gasto en que se ha incurrido con un objetivo absolutamente ajeno a las obligaciones, funciones y competencias del presidente de la Generalitat? Traducido: ¿cuánto dinero de los contribuyentes españoles ha gastado el máximo representante del estado español en Cataluña para intentar conseguir apoyos a la causa de expulsar al estado español de Cataluña? Si eso no es un uso desviado e injustificado de los recursos públicos, que baje Dios a Montserrat y lo vea.

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