Malditos bastardos

Los españoles de bien llevamos un par de semanas asistiendo con una mezcla de estupor, asco e ira al espectáculo del llamado desarme de ETA. Han escrito magistralmente sobre ello Arcadi Espada y Cayetana Álvarez de Toledo. Poco se puede añadir, en mi opinión, tras esos dos artículos. Pero miren, no voy a privarme del desahogo, de exteriorizar esa rabia. 

Quizá conviene empezar por decir que esa banda de asesinos fue totalmente derrotada por las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia españoles y franceses, probablemente con alguna ayuda americana cuando tan amigos se hicieron Aznar y Bush. Quedaron reducidos a una patética caricatura de lo que fueron, a una especie de siniestro Imserso de asesinos sin oficio ni beneficio una vez lo de secuestrar y asesinar se puso tan cuesta arriba que la policía llegaba a los atentados antes de producirse y a veces incluso antes de planearse. Es decir, el tan cacareado desarme no es más que la anticipación del momento en que su envejecido arsenal dejase de ser siquiera efectivo. Era su última oportunidad para poder mercadear con algo, antes de que ese algo fuese dinamita caducada y pistolas oxidadas y descatalogadas.

 Pero parece que alguien decidió en algún despacho que los asesinos, los que sacudían el árbol para que otros recogiesen las nueces, merecían algo más. Merecían una especie de armisticio, algo así como una paz honrosa. Como pedir que la Guardia Civil les hiciese un pasillo de honor en plan “los últimos de Euskadi” parecía excesivo, se escenificó una grandilocuente “entrega de armas”. Algo que les devolviese por un día la iniciativa, y que al propio tiempo les permitiese rendir un último servicio blanqueador a la causa que, en definitiva, siempre compartieron con esa criatura mitológica llamada “nacionalismo moderado”. Enterrado el terrorismo separatista, la causa separatista queda automáticamente legitimada.


Miren por un momento los semblantes esquivos de estos miserables. Amplíen la imagen y escruten, escudriñen los rostros de estas alimañas que fueron asesinos implacables y ahora son apenas espectros sucios y con el alma negra, tan sucios que su olor rancio parece emanar de la propia imagen. La viva imagen del fracaso, de la vida despilfarrada y lanzada por el desagüe.
Pues a ellos es a quienes se pretende obsequiar no ya con una simbólica entrega de armas en plan “las entregamos porque queremos”, sino que se les da además un reconocimiento político mediante reuniones de sus cabecillas con representantes del PNV, Podemos, ERC e incluso, oh enorme sorpresa, el PSOE vasco, siempre dispuesto a la deslealtad institucional. 

Y no solo eso: ni siquiera se les exige como prueba de su efectiva voluntad de desarmarse que colaboren en el esclarecimiento de los trescientos crímenes de la banda que siguen sin autor identificado. Eso sí, se les exige con la habitual firmeza que se disuelvan, como si formar o liquidar una banda de asesinos fuese un trámite que requiere un acta notarial.

Huelga decir que en la primera ocasión negociadora que al PNV se le ha presentado con el gobierno español la reivindicación principal ha sido la mejora de las condiciones de los presos. O sea, su acercamiento a casa y agrupación en prisiones vascas o cercanas. Y es que claro, hay muchas nueces que agradecer.

Malditos bastardos. Los de la foto, los que les apoyan, los que les sonríen, los que les estrechan la mano y los que propugnan el olvido como sustitutivo de los principios. Malditos bastardos.

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