Culpables mientras se demuestra lo contrario

Fascinante y delicado el tema de la presunción de inocencia que me sugiere una amable lectora. Creo que el gran problema al respecto es que sucede como con los embarazos: o se está o no se está. En este caso, o se está a favor radicalmente o se está en contra, porque no caben excepciones ni medias tintas. Es un principio sagrado de nuestro derecho penal y de la propia Constitución. Por tanto, no debería merecer siquiera comentarios: debería regir sin disputa ni cuestionamiento.

Pero una vez más le debemos a nuestra bien amada clase política la discordia sobre algo que debería ser pacífico. Y en dos sentidos: uno, por la bastarda aplicación que hacen del principio, clamando por él cuando se refiere a los suyos y saltándoselo a la torera cuando del rival se trata. Y dos, porque la insoportable judicialización de la vida política hace que se esté produciendo una inusitada sobreabundancia de imputados.

Y es que nos preocupamos, y con razón, de la politización de la justicia, ese gigantesco amaño por el que los políticos blindan su futuro judicial. Pero no parecemos darle la misma importancia a algo que también la tiene, y es esa judicialización de la política, ese mecanismo de querella fácil, de denuncia primero y piensa después, que acaba inundando los tribunales de sumarios, las listas de imputados, los diarios de juicios paralelos y la presunción de inocencia de hipócritas que o bien la invocan arteramente o bien la soslayan si les conviene.

Detrás de todo ello subyacen además historias personales y dramas humanos. ¿Qué hacer con aquel político triunfador que es imputado en virtud de cualquier denuncia, ha de renunciar al cargo por mor de los pactos políticos y finalmente resulta absuelto? ¿Podemos reponerle en el cargo? ¿Y si entre tanto se han celebrado nuevas elecciones? Se me dirá con razón que lo mismo sucede con la prisión provisional que acaba en absolución: pérdida de empleo, de familia, de amigos, de reputación. En el caso de los políticos, añadamos la notoriedad pública que da el seguimiento de sus casos en la prensa y tertulias. Daño irreparable. Carrera arruinada. Y los procesos por corrupción, por su propia complejidad, entre la instrucción, la vista y los recursos pueden durar años.

Y sin embargo, dirán los otros, ¿cómo podemos mantener al mando de la cosa pública a gentes a las que un juez está investigando, y cabe suponer que con cierta base fáctica?  Pues me temo que eso nos lleva nuevamente a la casilla de salida: o se cree en la presunción de inocencia o no se cree. Sea con un corrupto o con un violador de bebés. Y aquí solo cabe que sean los propios partidos los que establezcan en sus estatutos los códigos éticos al respecto, y que todo cargo que se presente por sus listas sepa y asuma que, dándose las circunstancias que se fijen en ellos, deberá dejar el puesto. Que forme parte por así decirlo de su contrato con el partido. Una condición objetiva que fije la consecuencia de forma indiscutible, y poniendo el listón donde el partido decida: en la denuncia, en la imputación o investigación, en la condena en primera instancia o en la condena firme. Y que ese listón lo conozca el votante antes de emitir su sufragio.

No es lo ideal, que seguramente no existe. Pero no se me ocurre nada mejor. Se admiten sugerencias.

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4 pensamientos en “Culpables mientras se demuestra lo contrario

  1. Culpables mientras se demuestra lo contrario. Texto de Antonio Jaumandreu @Ajaumandreu – No me resigno. Blog de Carmen Álvarez Vela

  2. Culpables mientras se demuestra lo contrario – Título del sitio

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