Un bel morir…

…tutta una vita onora, dicen los italianos. Poco se aplica este dicho en política. Los políticos suelen agonizar entre enormes aspavientos, pataleando, proclamando su inmortalidad y su condición de imprescindibles para el bien de la patria. A veces, incluso, siguen ahí una vez muertos, siendo ellos los únicos que parecen no ser conscientes de su condición de cadáveres, hasta que el hedor empieza a ser tan insoportable que perturba incluso a los más allegados.

Esperanza Aguirre llevaba tiempo muerta. No la considero escasa de luces y por tanto dudo que no fuese consciente de ello. Tal vez esperaba el milagro, el giro argumental inesperado, el despertar de una pesadilla en el que, de pronto, todos sus fieles acólitos luciesen impolutos y prístinos como ella quiso siempre verlos. Porque su muerte, la de Aguirre, no la han causado sus propios actos. Su situación es más bien la de aquel nadador que se empeña en salvar a alguien que se está ahogando y es finalmente arrastrado al fondo, agotadas sus fuerzas de forcejear para salvar a quien no puede ser salvado porque lleva los bolsillos demasiado cargados.

En política las cosas no van como en la vida real, la nuestra. La política es una inmensa partida de un extraño ajedrez a varias bandas donde se forman y se destruyen alianzas inverosímiles y cuyo objetivo es hacerse con el rey no para finalizar la partida, sino para continuarla ocupando su puesto. Entre tanto, se eliminan y sacrifican piezas. Las ajenas se las intenta liquidar de la manera más sangrienta posible y las propias en cambio de modo discreto y en sordina. Aguirre había dejado de ser hace tiempo una pieza importante en cuanto a cuota de poder, pero seguía teniendo un simbolismo importante. Y se cumple la regla: el enemigo, en este caso todo el arco parlamentario, se ensaña despedazando su cadáver como una manada de hienas. Y los suyos la despachan con un gélido “ha sido un personaje relevante en el partido”. 

Y realmente lo ha sido, en el partido y en el país. Fue de las primeras mujeres en ocupar una cartera ministerial, la primera presidenta del Senado, una de las primeras presidentas autonómicas… Pero claro, a los ojos del feminismo fetén nada de eso cuenta: ¡¡¡es de derechas y marquesa!!! ¿Alguien imagina al joven Pablo Carbonell ridiculizando a una dirigente política del sexo femenino pero de izquierdas?

Aguirre no supo manejar sus tiempos y al parecer tampoco elegir a sus cortesanos más próximos. En un momento determinado, cuando Rajoy le enseñó la puerta de salida en aquel memorable congreso valenciano en que don Mariano despachó de una tacada a liberales y conservadores, dejando el PP reservado para los marianistas sin proyecto ni ideales, Aguirre optó por la lealtad a su partido en lugar de encabezar otro. No intuía que estaba cediendo ante un auténtico killer de la política. Pero tanto da. La sombra de Granados y González es muy alargada y tarde o temprano la hubiese alcanzado.

En el caso de Aguirre el dicho italiano debería tener un sentido totalmente inverso: un mal morir deshonra toda una vida. Toda una vida de servicio al país y a un partido que en breve habrá sepultado su nombre en la fosa común, ya rebosante, de”esas personas a las que usted menciona”. 

Mala suerte, doña Esperanza. No es nada personal. Es la política, la más cruel actividad jamás inventada y practicada por el ser humano. 

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