Nunca existió voluntad de diálogo

Ha bastado una simple frase, una sencilla invitación de la vicepresidenta del Gobierno, para que el mito de la voluntad de diálogo no correspondida tras el que se parapetaba con su victimismo habitual el independentismo se haya desmoronado como un castillo de naipes.

Hoy el Gobierno de España ha hecho lo que debía, que es mover una pieza en el tablero anticipándose al contrario, sin esperar por lo tanto, como lamentablemente venía siendo habitual, a las acciones separatistas para reaccionar. Y lo que ha hecho ha sido algo tan simple, pacífico, democrático y legal como invitar al presidente de la Generalitat a que lleve al Congreso o, mejor aún, a las Cortes Generales en pleno su propuesta de proclamación de independencia, de celebración de un referéndum, de cuarteamiento de la soberanía nacional de España, de modificación constitucional o, en suma, cualquier cosa que quiera proponer y que, como resulta evidente en cualquiera de sus versiones, afecta al conjunto de la Nación representada en esas Cortes.

¿Existe mejor lugar para dialogar que la sede de la soberanía nacional en la que por cierto también están presentes, con escasa coherencia, los diputados de los partidos independentistas? ¿Hay mejor escenario para parlamentar que un parlamento? ¿Puede decidirse en otro lugar lo que el presidente de la Generalidad pretende? No, no y no.

Pero sorprendentemente Puigdemont ha tardado apenas horas en rehusar con aparente desdén la invitación, que en realidad es un desafío. No es desdén: es cobardía. A Puigdemont y a todos sus vociferantes acólitos les han lanzado un guante y no se han atrevido a recogerlo. No hay huevos. Es más: ha respondido que solo irá al parlamento si previamente ha negociado y alcanzado un acuerdo. O sea, solo para salir ovacionado y poco menos que a hombros. Un valiente demócrata.

Porque en realidad nunca, jamás hubo la menor voluntad de diálogo. Bajo el falso concepto de diálogo se ocultaba un simple trágala. “Negociaremos el cómo y hasta el cuándo, pero nunca el qué”. Eso no es dialogar. Eso es imponer e intentar disimularlo bajo un manto dialogante y conciliador tan falso como las leyendas sobre el expolio o la opresión española.

¿Cambia esto las cosas de manera sustancial? No, evidentemente. Pero puede tener algún efecto. Por una parte, el separatismo no es un bloque monolítico. Sin duda habrá grupos que se planteen que es un error no aprovechar esta ocasión aunque solo sea para pronunciar un discurso victimista. Por otra, no puede ocultar que es un gesto cobarde, y ahí debería golpear con saña la oposición, como en la ceja partida de un boxeador. En tercer lugar, es la primera vez en muchísimo tiempo que el Gobierno español toma la iniciativa y consigue descolocar a la otra parte. La gran pregunta es por qué no se hizo antes. Y por último, en el peor de los casos, pone en evidencia para mucho ingenuo lo que muchos hemos sostenido siempre: nunca hubo voluntad de diálogo realmente. Nunca se ha pretendido cumplir la ley. Nunca han dudado de que sería necesario dar un auténtico golpe de estado para conseguir el objetivo de la independencia, y ni siquiera tienen la intención de simular un mínimo talante democrático.

Así que bienvenida sea la iniciativa de la vicepresidenta, eficaz aunque tardía.

Y ahora, a machacar: Puigdemont, cobarde.

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