Mi vecino me roba

Cuando acabe el año habré pagado en impuestos diversos (IVA, IRPF, IBI, tasas diversas) y cotizaciones sociales propias (como autónomo por una parte y calculando por otra la diferencia entre el coste que mi nómina supone a la empresa y el neto que finalmente percibo) probablemente más de 50.000 euros. 

No he usado nunca a mis 56 años la sanidad pública. Por falta de necesidad, afortunadamente, y porque las mínimas necesidades sanitarias que he tenido las he cubierto con una mutua que me pago.

No tengo hijos, con lo cual no he hecho uso de los servicios de la educación publica (y seguramente de haberlos tenido y habérmelo podido permitir hubiesen acudido a la privada).

Utilizo poco los servicios del transporte público, soy peatón militante. 

Si todo este coste fiscal que he explicado en el primer párrafo no hubiese existido, es un suponer, ahora tendría unos ahorros que me convertirían, sin excesos ni exageraciones, en millonario. Hubiese aportado más a mi plan de pensiones, hubiera adquirido un apartamento en algún lugar de moda o por el contrario una casona en algún paraje apartado. Viviría probablemente en otra casa, tendría otro coche, habría adquirido, qué sé yo, antigüedades y obras de arte, o simplemente acumularía ese dinero en fondos de inversión y viviría, en suma, bastante mejor de lo que vivo. Y no vivo nada mal, que conste. Pero digamos que nadaría en la abundancia si a lo largo de mi vida laboral hubiese podido disponer de 50, 40, 30 o 20.000 euros más cada año. Y seguramente me habría evitado tener que recurrir a financiación bancaria para algunas operaciones.

Tengo un vecino. Sé más o menos lo que gana porque sé dónde trabaja y observo sus signos externos. Tiene tres hijos que se educan en el instituto del barrio y una suegra en casa que visita con inusitada frecuencia, pobre mujer, el ambulatorio de la Seguridad Social. Veo a su esposa meterse cada mañana en la boca del metro. Gana menos que yo, y seguro que al final del año ha pagado muchos menos impuestos que los que yo habré afrontado. 

De un tiempo a esta parte le miro con otros ojos. Siento que… cómo decirlo… sí, para qué andarme con rodeos: siento que me roba. Mi vecino me roba. Estoy siendo expoliado por mi vecino.

Y ojo, no es que yo no quiera ser solidario, nada de eso. Pero quiero decidir yo en qué medida y cuándo lo soy,  sin que esa solidaridad pueda en ningún caso significar que yo pierda poder adquisitivo. O sea, que si me sobra algo pues no tengo inconveniente en, a lo mejor, dárselo. 

Es un hecho incontrovertible que yo viviría mucho mejor si pudiese administrar el 100% de los recursos que genero, en lugar de tener que contribuir, vía exacción fiscal, al mantenimiento de mis congéneres, de esos vecinos con los que, en realidad, tengo poco en común, más allá de la coincidencia desafortunada de vivir bajo las mismas leyes. Pienso que incluso sería bueno para él que tuviese que vivir sin disponer de los recursos procedentes de mis ingresos. Eso le obligaría a aguzar el ingenio, a trabajar más. A la larga me lo agradecería. 

Definitivamente, creo que tengo derecho a decidir. Yo. Él no, porque claro, qué va a decir, acostumbrado como está a vivir subsidiado, a usar de los servicios que yo pago en mucho mayor medida que él. Pasa mucho tiempo en el bar, ahora que lo pienso.

Por cierto, ¿les he dicho que soy más alto, rubio, inteligente y guapo que mi vecino? ¿Y que mi familia es de aquí desde tiempos remotos? Mi vecino, en cambio, creo que tiene antepasados de fuera. A veces le he oído hablar en otro idioma. 

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