¿Comisión de la verdad? Venga.

Dice Raúl del Pozo aquí que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en su carrera por situarse cada uno más a la izquierda que el otro, están alumbrando, no sé si al alimón o cada uno por su cuenta, la idea de crear una especie de “comisión de la verdad”. Cabe suponer que pretenderán que se limite, claro está, al franquismo, esa dictadura que concluyó hace ya cuarenta años con la muerte del dictador en su lecho. Sí, esa de la que los franquistas vivieron durante cuarenta años y los izquierdistas llevan viviendo otros tantos.

Por supuesto, la idea es disparatada, y solo busca excitar los más bajos rencores y despertar odios que con buen criterio los hombres de la Transición decidieron enterrar, sin contar con que una generación después una horda de insensatos tomaría pico y pala para exhumarlos con interés meramente electoral. Inexplicable, porque supone admitir que hay un público que compra esa mercancía, pero así es.

Pero una vez analizado el tema, y a la vista de que sin duda los propios muñidores de la idea y sus terminales mediáticas van a bombardearnos en las próximas semanas y meses con esta historia, llego a la conclusión de que tal vez no sea mala idea, si se consigue extender el objeto de la comisión a la propia guerra civil, y en consecuencia a sus orígenes y desarrollo. Porque lo cierto es que buena parte de los votantes de estos dos elementos peligrosos que son Sánchez e Iglesias no tienen ni repajolera idea de lo que sucedió hace ochenta años. Y lo poco que conocen es lo que han bebido en las fuentes de una enseñanza politizada y de unas películas y novelas abiertamente sesgadas.

Así que, sí, a lo mejor es buena idea que toda esta gente oiga hablar, claro está, de Franco, y de Millán Astray, y de Arias Navarro, y de Fraga, y de Carrero, pero también de Negrín, y de Largo Caballero, y de Carrillo, y de Durruti, y de Líster, y de Companys, y de los maristas cuyo rescate cobró Tarradellas sin evitar que los matasen, y de las checas, y de Calvo Sotelo, y de la matanza de la plaza de toros de Badajoz, y de los curas cazados como conejos, y de Guernica, y de las profanaciones de templos, y de los consejos de guerra, y de las matanzas de empresarios, religiosos, profesionales, seminaristas o simplemente católicos en Barcelona en los primeros meses de la guerra, y de los bombardeos italianos sobre Barcelona, y de los muertos en las cunetas, y de los de las fosas de Paracuellos, y de las barbaridades de las tropas de África, y de los paseos por la carretera de la Arrabassada, etc.

A lo mejor a quienes acaba por no convenir que esa comisión se constituya y trabaje es a quienes viven de la ignorancia de un par de generaciones que solo han conocido una parte de la historia. Y es que paradójicamente en España la historia la escribieron los vencidos durante al menos los últimos cuarenta años.

Pero descuiden, que todo esto no sucederá. Si la comisión finalmente se constituye ya se cuidarán nuestros Pedro y Pablo de que su composición sea adecuadamente progresista y de que se limite a ratificar las conclusiones que ya previamente habrá establecido el Ministerio de la Verdad. Progresista, por supuesto.

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Que hagan la consulta

Lo sé, quien siga este blog pensará que he enloquecido o sucumbido a los embates de los indepes. Nada de eso. Todo lo contrario: cada día estoy más convencido de lo disparatado, suicida y peligroso de un planteamiento político, el del separatismo, que está arrasando con las reservas de sentido común y respeto a la legalidad que se nos suponía de siempre a los catalanes.

Pero para combatir el mal a veces conviene ser pragmático. Admitamos que ellos han tomado la iniciativa desde hace mucho, y que ahí el gobierno y las instituciones españolas han estado torpes, morosos e ingenuos. Que van ganando la batalla del vocabulario y de la imagen (y miren que resulta difícil teniendo entre sus filas y como líderes a personajes como Tardà, Homs, Rufián, Gabriel o Junqueras). No les regalemos una última victoria en ese terreno, como sería la de la terrible foto de la policía, la que sea pero bajo las órdenes del gobierno de Madrid, retirando urnas, precintando colegios o disolviendo colas de votantes plagadas de niños sonrosados con los labios todavía manchados por el chocolate del helado que constituirá el postre permanente de los catalanes.

No. Tomemos buena nota de todos y cada uno de los actos que realicen para la ejecución del referéndum que previamente habrá sido prohibido. Impugnémoslos todos. E iniciemos la acción legal correspondiente por prevaricación, por desobediencia y, sobre todo, por malversación para trasladar el coste de este despilfarro a quienes directamente lo estén ordenando. Hagámosles saber que este gasto ilegítimo lo pagarán, económica y penalmente, quienes lo ordenen. Pero no impidamos físicamente que jueguen a sacar urnas, a fabricar papeletas, a hacer pomposos recuentos y altisonantes declaraciones. Contabilicemos cada céntimo de ese dispendio en publicidad, en materiales, en dietas. Advirtamos a los funcionarios de que su participación puede tener consecuencias administrativas para ellos, que si acuden lo hacen en todo caso a título personal y sin que sus actos de ese día tengan la menor validez jurídica.

Y por supuesto hagamos saber a la ciudadanía que lo que el día uno de octubre convoque la Generalidad de Cataluña no es un referéndum, sino una charlotada y un despilfarro no sólo inútil, sino que quiebra la convivencia y la ley. Que no tiene validez legal alguna. Convenzamos a los partidos constitucionales de que no han de participar en ninguna votación del parlamento catalán que tenga que ver con esta cuestión, pero no absteniéndose ni votando en contra, sino ausentándose, y de que por supuesto no han de tomar parte en la campaña de propaganda, ni por el sí ni por la abstención. Que no hay que ir a votar. Persuadamos de que hay que ignorar el falso referéndum de modo que, si consiguen un resultado a la búlgara de un 99% de votos favorables con una participación del 30% y un censo más que dudosamente obtenido, su tan ansiada legitimidad internacional quede en agua de borrajas.

Pero no les hagamos el favor de regalarles la foto de la dulce jovencita estelada blandiendo una papeleta ante un antidisturbios acorazado y con pasamontañas. Ese sería el peor error y su victoria.

El editorial del NYT como paradigma de la manipulación separatista

El sábado 24 de junio el New York Times publicó un texto, firmado por el “editorial board”, cuyo contenido íntegro pueden ver aquí. El editorial atribuye buena parte de las culpas del crecimiento del independentismo catalán al gobierno de España, al que acusa de inmovilismo y da a entender que, en opinión de sus redactores, es precisamente Madrid quien debe moverse para evitar el crecimiento de una ola separatista que el editorial justifica o al menos comprende.

Hasta aquí nada especial, salvo el hecho nada desdeñable de que un periódico de reconocido (y también discutido) prestigio internacional dedique un editorial al “problema catalán” y presente a los independentistas más como víctimas que como culpables de la situación. Sin duda, un gol por toda la escuadra en la ardua tarea, hasta ahora muy poco fructífera, de internacionalizar el proceso separatista y de obtener comprensión para la causa. Un mérito que sería absurdo e injusto negar a quien lo haya conseguido. Habría y habrá sin duda mucho que hablar en torno al tema, puesto que no deja de ser curioso que este mismo medio publicase en enero un texto de la Sra. Forcadell. Es legítimo preguntarse e investigar si tan profundo interés del NYT por el tema catalán, y además de forma tan aparentemente favorable al independentismo, tiene causas estrictamente periodística o hay algo más. Eso ya se verá. Pero de momento, gol importante de los independentistas. Cierto es que el texto de la Sra. Forcadell fue contestado luego por un representante de Societat Civil Catalana, pero me consta de primera mano que costó Dios y ayuda obtener ese espacio para la réplica. 

Ahora bien, el problema surge cuando llegamos al último párrafo del texto, cuyo tenor literal es este:

“The best outcome for Spain would be to permit the referendum, and for Catalan voters to reject independence — as voters in Quebec and Scotland have done. Otherwise, Madrid’s intransigence will only inflame Catalan frustrations.”

Ahí el nacionalismo tiene ya un problema, porque si bien es cierto que el NYT aboga en su editorial por la celebración de una consulta, no lo es menos que el párrafo contiene dos ideas que han aguado enormemente el vino de la celebración. Una, que habla de que España “permita” un referéndum, no de que éste se celebre unilateralmente. Y dos, que dice a continuación que la mejor salida para los votantes catalanes es rechazar la independencia. Caramba, qué problema. ¿Qué hacemos ahora? ¿Divulgamos el texto como un gran éxito del proceso de internacionalización, o lo ocultamos porque las conclusiones últimas no son favorables al objetivo final de toda esta pantomima, que no es la celebración de la consulta, sino la proclamación unilateral de la independencia? Un dilema moral que, como siempre, el separatismo resuelve recurriendo a la inmoralidad, que consiste en manipular, mutilar y tergiversar el párrafo en cuestión, tratándonos a todos, independentistas y unionistas, de imbéciles.

Lo que dice el párrafo, y no hay que ser traductor jurado para interpretarlo, es lo siguiente: “La mejor salida para España sería permitir el referéndum, y para los votantes catalanes rechazar la independencia -como han hecho los votantes en Québec y Escocia. De otro modo, la intransigencia de Madrid solo inflamará las frustraciones de los catalanes”.

A partir de ahí, la manipulación nacionalista se ha empleado a fondo para engañar, recortar, mutilar, tergiversar y ocultar la frase que dice que lo mejor para los votantes catalanes sería rechazar la independencia. Porque claro, no basta con conseguir que el NYT publique un editorial sobre el problema catalán. No basta que culpe mayormente al gobierno de España del crecimiento de ese problema. No basta con que recomiende que se celebre el referéndum. No. En el mundo de los unicornios rosa y del helado de postre todos los días la perfección es obligatoria e irrenunciable.  Y si para ello hay que mentir y dar por sentado que ni los suyos ni los contrarios saben inglés, pues se hace. He visto ejemplos gloriosos, empezando por el tipo de las americanas imposibles, sí, Sala i Martín, que además se supone que da clases en EE.UU, pero al que ese pequeño detalle no ha impedido ofrecer una traducción absolutamente grotesca, pretendiendo que lo que dice el texto es que “lo mejor para España sería permitir el referéndum y que los votantes catalanes rechazasen la independencia”, pero que en ningún sitio dice que eso fuese bueno para esos votantes catalanes. He visto naves ardiendo más allá de la puerta de Tannhäuser y a nacionalistas maduros y formados tragando la rueda de molino de una traducción absolutamente inverosímil, y difundiéndola, y negando la evidencia que pones ante sus ojos.

Normal por otra parte: ellos y solo ellos saben lo que es bueno para los catalanes.. Y si para ello hay que mentir, como en con esta traducción, con el expolio fiscal o con la salida de la Unión Europea, pues se miente, una y mil veces, y a estas alturas ya sin sonrojarse siquiera.

Quedémonos los unionistas y los sensatos, valga la redundancia, con el siguiente titular: “El NYT considera que España debería autorizar el referéndum catalán, y que los catalanes deberían votar no a la independencia”. Y a continuación averigüemos cuánto nos ha costado a los contribuyentes españoles la publicación de ese editorial. Y aprendamos. Ya dijo Quicu Homs, el Metternich catalán, que “Cataluña está en “guerra democrática” contra España. Los medios de comunicación son vitales en cualquier “guerra”, así que aprendamos a usarlos.

Falsa excepcionalidad

Es tal el ansia de Pedro Sánchez por alcanzar el gobierno que parece dispuesto a subvertir todos los principios comúnmente aceptados como normales en nuestro sistema democrático. Lo que no tengo claro es si ese ansia se debe exclusivamente a una ambición desmedida y enfermiza o si incluye un importante componente de miedo. De miedo a no llegar políticamente vivo a la próxima cita electoral dentro de tres años largos, porque los barones, hoy en sus cuarteles de invierno, le ajusten las cuentas.

Sea cual sea la causa, ese ansia le está llevando a saltarse a la torera una de las normas generales principales de nuestro sistema democrático, que es que en situación de normalidad las elecciones se celebran cada cuatro años.

Ciertamente, la moción de censura también es un mecanismo legalmente previsto y perfectamente legítimo. Pero no deja de ser un mecanismo excepcional, pensado para situaciones que podríamos calificar de críticas. Y es ahí donde Sanchez abusa de una visión alarmista de la situación actual de España. España no está ni mucho menos en una situación de excepción, aunque puede que llegue hasta ello pronto si el desafío catalán se consuma. Pero no es precisamente por esa cuestión por la que Sánchez pretende relevar a Rajoy de la presidencia del gobierno. Es más, el sentido común indica que en vísperas de una situación tan crítica como la que se avecina lo que procede es fortalecer la unidad de los partidos constitucionalistas frente a los golpistas de salón que amenazan la estabilidad institucional, Y no lanzarse a aventuras que, de forma muy evidente, solo pretenden debilitar al gobierno y desestabilizarlo. 

Sánchez e Iglesias juegan al mismo juego: intentar trasladar a la sociedad española la sensación de que está viviendo una situación de excepcionalidad, una situación crítica que requiere la utilización de una medida excepcional como es una moción de censura. Tiene su lógica, porque son conscientes de que si la mejora económica persiste les va a ser más difícil convencer al electorado de la necesidad de un cambio de rumbo, cambio de rumbo que por cierto nos llevaría nuevamente al que, con éxito perfectamente descriptible, intentó Zapatero, aquel polvo del que vinieron los lodos de la crisis y del paro. 

Aunque bien pensado, cabe la posibilidad de que para la izquierda la actual situación sí revista caracteres de excepcionalidad: en su peculiar visión de la vida, que la economía crezca y se genere empleo es una situación ciertamente excepcional.

Pero bromas aparte, esta política de acoso y derribo sin motivo justificado a un gobierno legítimamente establecido es la consecuencia inevitable de la concepción que la izquierda tiene de la alternancia en el poder. Una concepción ciertamente peculiar, que viene a considerar que los gobiernos de la derecha son paréntesis que hay que cerrar a la mayor brevedad, poco menos que errores históricos, engendros de un electorado momentáneamente obnubilado o engañado por cualquier causa, y que urge una acción salvadora para devolverle el poder a su legítimo titular, es decir, a la izquierda.

Pedro Sánchez ve francamente difícil ganar por sí mismo unas elecciones. Y ha llegado a la conclusión de que lo que sí puede ganar tal vez es una sesión de investidura, para la que debería aunar las voluntades interesadas de una tropa de diputados que, sin duda, estarían dispuestos a vender a buen precio político sus votos. El interés general poco importaría en este caso, ya que lo único importante sería la ambición personal de Pedro Sánchez y las contrapartidas que percibirían los partidos que le apoyasen, en su casi totalidad guiados por intereses totalmente contrarios a los generales de la nación.

En eso Sánchez parece haber aprendido la lección de los separatistas catalanes, que parecen totalmente dispuestos a suplir su falta de mayoría cualificada en el censo electoral por una mayoría artificial en la cámara autonómica. No es extraño por lo tanto que alguno de los apoyos sobre los cuales pretende auparse Sánchez sea precisamente el de los independentistas catalanes.

Confiemos que cuando llegue el momento la sensatez del electorado español sea capaz de valorar tal como merece esta política de vuelo gallináceo. Y coloque nuevamente a Pedro Sánchez en el lugar que merece. Es decir, fuera de la escena política.

Rencores inexplicables 


Son pocos los progres que me leen. Lo sé, y lo comprendo perfectamente. No suelo ser complaciente con ellos. No tiene mayor importancia: hay infinidad de blogs en los que pueden sentirse comprendidos.

Pero por si alguno pasa por aquí, aunque sea por error, le pediría que mirase esta foto de un Fraga y un Carrillo risueños y relajados. Y para completar el retablo, les animaría también a mirar estas otras dos:

 

Ahí aparecen reunidos, charlando, riendo, fumando, abrazándose incluso, hombres que han representado en el sentido más estricto de la expresión a “las dos Españas”. Algunos de ellos incluso se batieron en las trincheras o en la retaguardia y de sus decisiones, que no voy a entrar a juzgar ahora, se derivaron muertes y tragedias personales, durante la guerra civil y después de ella.

En un momento glorioso, que solo me atrevería a equiparar aunque en otro nivel a aquel en que coincidieron en los gobiernos de las principales potencias mundiales personas como Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Mihail Gorbachev y el papa Wojtyla, esas personas otrora enfrentadas incluso con las armas, fueron capaces de pasar página y abrazarse en pro de un interés común que, no nos engañemos, no era tanto la democracia, como la propia España. Y quedaron atrás crímenes, muertes, injusticias, todo tipo de barbaridades cometidas por uno y otro bando.

Tuvo que hacer toda España, inspirada por aquellos líderes, un inmenso esfuerzo de perdón y reconciliación, a sabiendas de que era el camino ineludible para entrar en una fase de libertad y prosperidad. Quien más, quien menos tenía en su álbum de fotos familiar el retrato en blanco y negro de alguna víctima de aquellos años salvajes. Pero quien más, quien menos, decidieron dejar de mirar por el retrovisor y fijar la vista en la carretera que se abría ante ellos, difícil y mal señalizada, pero la única posible.

Y ahora resulta que 40 años después de esas imágenes unos jóvenes supuestamente airados y presuntamente formados y modernos deciden rescatar con interés puramente bastardo aquel odio y aquel rencor que los personajes que aparecen en esas fotos, que tenían la legitimidad para hacerlo, decidieron enterrar en un baúl bajo siete llaves. Lo que aquellos valientes decidieron no hacer por el bien de todos los españoles parecen decididos a acometerlo ahora las nuevas hornadas de cobardes sectarios, en un mezquino cálculo electoral de que en nuestro país el rencor y el odio ideológico todavía generan apoyo electoral.

Jóvenes salidos de las facultades de políticas, y por tanto sin más conocimiento que la estrategia maniobrera de asalto al poder, que confluyen de forma fatídica con personajes cuya mediocridad es inversamente proporcional a su ambición, se lanzan sin tapujos a propagar el odio agitando fantasmas que ni conocieron y que, estoy seguro, incluso el más mediocre de los que en aquella época vivió y luchó, se avergonzarían de ellos.

Aún así, lo preocupante no es que esa banda de ambiciosos asaltantes del poder, que ellos prefieren calificar poéticamente de cielo, decidan utilizar tan sucias maniobras en el camino que les ha de llevar a satisfacer su ambición personal, sino que unos cuantos millones de españoles les den su voto. Parece que el rencor y el odio aún venden. Pero reflexionen sobre algo curioso: ese rencor, ese odio, ese sectarismo infecto, solo venden todavía en la izquierda. No encontrarán en la derecha nada semejante, ni lejanamente. Por suerte. Algo nos dice eso de unos y otros.

Molt Honorable?

La política catalana ha descendido a tal nivel de trilerismo, trampa y marrullería que ya casi nada de lo que sucede puede escandalizarnos. Cuando se ha hecho del engaño constante a propios y extraños el medio de supervivencia política ya todo es posible. Cuando a la mentira se unen la zafiedad, la mezquindad y un casi infantil juego del escondite, la honorabilidad de un gobernante queda hecha trizas, por mucho que el cargo lleve protocolariamente añadido el tratamiento de “Molt Honorable”.

Hace unas semanas la vicepresidenta del gobierno español lanzó al presidente de la Generalidad de Cataluña un guante escrupulosamente legal e impecablemente democrático: si quiere modificar la soberanía nacional de España, acuda a la sede de esta, plantee una propuesta y sométala a votación en sesión plenaria de las Cortes. El presidente catalán, pillado por primera vez en fuera de juego, apenas acertó a rechazar primero la propuesta y a hacer gala después de una insoportable mezcla de soberbia y cobardía al decir que solo acudiría con un acuerdo previo. Es decir, con el resultado amañado de antemano. 

Esa decisión tuvo efectos duros para los independentistas: muchos reprocharon a su líder la no aceptación del reto, y se evidenció por vez primera que la proclamada voluntad de diálogo permanente de los nacionalistas era absolutamente falsa.

Ahora parece que Puigdemont, no sin antes lanzar la bravuconada de anunciar (que no convocar) fecha y pregunta para su referéndum golpista, ha decidido que a lo mejor sí le conviene ir al Congreso. Y ahora ya no pide un acuerdo previo. Pero también quiere eludir el debate y la votación, y plantea a la presidenta del congreso una fórmula tramposa y confusa, como aceptando pero sin aceptar, como perdonando condescendientemente la vida. Esta es la carta: 

Y esta vez el gobierno, que sabe que su inicial invitación a acudir al congreso ha hecho pupa, ha sido raudo y eficaz en la respuesta:


En tres párrafos deja con el culo de las contradicciones al aire al presidente catalán y le recuerda lo que muchos, lamentablemente incluso en el bando constitucionalista, no quisieron entender cuando la vicepresidenta lo expuso: la propuesta no era acudir al congreso a hablar sobre la soberanía nacional y mucho menos a negociar sobre ella, sino presentar una proposición de ley, en el formato que fuese, que fuese debatida y sometida a votación. Y por supuesto derrotada, y es que eso es justamente la democracia y el respeto a la legalidad.

Los bandazos del presidente Puigdemont y sus intentos de acudir a regañadientes a las Cortes a soltar su discurso sin tener que entrar ni en un debate ni mucho menos en una votación le han dejado finalmente en una posición muy deshonrosa. Ha mostrado cobardía, una marrullería indigna del cargo y una inconsistencia realmente vergonzosa. Un auténtico compendio de las principales “virtudes” del proceso golpista y de sus principales actores. Una demostración más de una superioridad moral e intelectual que jamás ha existido, y que se deshace como un azucarillo cuando se la enfrenta a la lógica democrática.

En suma, una postura que nada tiene que ver con la protocolaria y supuesta honorabilidad que lleva aparejada el cargo de presidente de la Generalidad de Cataluña.

Guardiola es un hombre honrado

Pues ahora resulta que España es un estado autoritario. Lo ha dicho Guardiola públicamente, y Guardiola es un hombre honrado.

Paseas por Barcelona y sientes bullir la ciudad en libertad, ves ejércitos de turistas dando colorido a las calles e inundando de dinero el comercio que ilumina las principales arterias, los cruceros desembarcan cada día miles de visitantes. Y sin embargo, parece que estamos sojuzgados por España, que es un régimen autoritario. Lo dice Guardiola, y Guardiola es un hombre honrado.

En Cataluña los padres no pueden decidir que sus hijos estudien en español, pese a ser una de las dos lenguas cooficiales. Y si un comerciante rotula su establecimiento solo en catalán probablemente será sancionado económicamente por el gobierno catalán. Pero Cataluña vive bajo la bota opresora de España, que es un estado autoritario. Lo ha dicho Guardiola, y Guardiola es un hombre honrado.

Cataluña tiene un gobierno propio con amplísimas competencias, un parlamento propio, una policía propia, medios de comunicación propios que por cierto solo emiten en catalán olvidando que existe al menos un 50% de población castellano parlante. Pero Cataluña vive bajo el yugo de  España, que es un estado autoritario. Lo afirma Guardiola, y Guardiola es un hombre honrado.

Cataluña es la comunidad autónoma en la que con más frecuencia se vota y uno podría pensar que eso es debido a una cierta incompetencia de sus gobernantes locales. Pero dice Guardiola que los catalanes no pueden votar porque se lo impide España, que es un estado autoritario. Y Guardiola es un hombre honrado.

Cataluña es la comunidad más endeudada de España, y lo es precisamente frente al propio estado español que le presta sin interés cantidades ingentes de dinero. Pero Cataluña vive asfixiada económicamente por España, ese estado autoritario. Lo dice Guardiola, y Guardiola es un hombre honrado.

Los líderes independentistas catalanes se pasean por el mundo con dinero público denigrando las condiciones democráticas del país que les paga, y no les pasa nada. Pero sin duda viven pisoteados por España, que es un estado autoritario. Lo dice Guardiola, y Guardiola es un hombre honrado. 

Las fuerzas policiales y militares españolas brillan por su ausencia en casi todos los lugares de Cataluña, así como sus símbolos. Pero Cataluña agoniza bajo la presión violenta de la España autoritaria. Lo dice Guardiola, y Guardiola… 

A la mierda con Guardiola.