Molt Honorable?

La política catalana ha descendido a tal nivel de trilerismo, trampa y marrullería que ya casi nada de lo que sucede puede escandalizarnos. Cuando se ha hecho del engaño constante a propios y extraños el medio de supervivencia política ya todo es posible. Cuando a la mentira se unen la zafiedad, la mezquindad y un casi infantil juego del escondite, la honorabilidad de un gobernante queda hecha trizas, por mucho que el cargo lleve protocolariamente añadido el tratamiento de “Molt Honorable”.

Hace unas semanas la vicepresidenta del gobierno español lanzó al presidente de la Generalidad de Cataluña un guante escrupulosamente legal e impecablemente democrático: si quiere modificar la soberanía nacional de España, acuda a la sede de esta, plantee una propuesta y sométala a votación en sesión plenaria de las Cortes. El presidente catalán, pillado por primera vez en fuera de juego, apenas acertó a rechazar primero la propuesta y a hacer gala después de una insoportable mezcla de soberbia y cobardía al decir que solo acudiría con un acuerdo previo. Es decir, con el resultado amañado de antemano. 

Esa decisión tuvo efectos duros para los independentistas: muchos reprocharon a su líder la no aceptación del reto, y se evidenció por vez primera que la proclamada voluntad de diálogo permanente de los nacionalistas era absolutamente falsa.

Ahora parece que Puigdemont, no sin antes lanzar la bravuconada de anunciar (que no convocar) fecha y pregunta para su referéndum golpista, ha decidido que a lo mejor sí le conviene ir al Congreso. Y ahora ya no pide un acuerdo previo. Pero también quiere eludir el debate y la votación, y plantea a la presidenta del congreso una fórmula tramposa y confusa, como aceptando pero sin aceptar, como perdonando condescendientemente la vida. Esta es la carta: 

Y esta vez el gobierno, que sabe que su inicial invitación a acudir al congreso ha hecho pupa, ha sido raudo y eficaz en la respuesta:


En tres párrafos deja con el culo de las contradicciones al aire al presidente catalán y le recuerda lo que muchos, lamentablemente incluso en el bando constitucionalista, no quisieron entender cuando la vicepresidenta lo expuso: la propuesta no era acudir al congreso a hablar sobre la soberanía nacional y mucho menos a negociar sobre ella, sino presentar una proposición de ley, en el formato que fuese, que fuese debatida y sometida a votación. Y por supuesto derrotada, y es que eso es justamente la democracia y el respeto a la legalidad.

Los bandazos del presidente Puigdemont y sus intentos de acudir a regañadientes a las Cortes a soltar su discurso sin tener que entrar ni en un debate ni mucho menos en una votación le han dejado finalmente en una posición muy deshonrosa. Ha mostrado cobardía, una marrullería indigna del cargo y una inconsistencia realmente vergonzosa. Un auténtico compendio de las principales “virtudes” del proceso golpista y de sus principales actores. Una demostración más de una superioridad moral e intelectual que jamás ha existido, y que se deshace como un azucarillo cuando se la enfrenta a la lógica democrática.

En suma, una postura que nada tiene que ver con la protocolaria y supuesta honorabilidad que lleva aparejada el cargo de presidente de la Generalidad de Cataluña.

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