Falsa excepcionalidad

Es tal el ansia de Pedro Sánchez por alcanzar el gobierno que parece dispuesto a subvertir todos los principios comúnmente aceptados como normales en nuestro sistema democrático. Lo que no tengo claro es si ese ansia se debe exclusivamente a una ambición desmedida y enfermiza o si incluye un importante componente de miedo. De miedo a no llegar políticamente vivo a la próxima cita electoral dentro de tres años largos, porque los barones, hoy en sus cuarteles de invierno, le ajusten las cuentas.

Sea cual sea la causa, ese ansia le está llevando a saltarse a la torera una de las normas generales principales de nuestro sistema democrático, que es que en situación de normalidad las elecciones se celebran cada cuatro años.

Ciertamente, la moción de censura también es un mecanismo legalmente previsto y perfectamente legítimo. Pero no deja de ser un mecanismo excepcional, pensado para situaciones que podríamos calificar de críticas. Y es ahí donde Sanchez abusa de una visión alarmista de la situación actual de España. España no está ni mucho menos en una situación de excepción, aunque puede que llegue hasta ello pronto si el desafío catalán se consuma. Pero no es precisamente por esa cuestión por la que Sánchez pretende relevar a Rajoy de la presidencia del gobierno. Es más, el sentido común indica que en vísperas de una situación tan crítica como la que se avecina lo que procede es fortalecer la unidad de los partidos constitucionalistas frente a los golpistas de salón que amenazan la estabilidad institucional, Y no lanzarse a aventuras que, de forma muy evidente, solo pretenden debilitar al gobierno y desestabilizarlo. 

Sánchez e Iglesias juegan al mismo juego: intentar trasladar a la sociedad española la sensación de que está viviendo una situación de excepcionalidad, una situación crítica que requiere la utilización de una medida excepcional como es una moción de censura. Tiene su lógica, porque son conscientes de que si la mejora económica persiste les va a ser más difícil convencer al electorado de la necesidad de un cambio de rumbo, cambio de rumbo que por cierto nos llevaría nuevamente al que, con éxito perfectamente descriptible, intentó Zapatero, aquel polvo del que vinieron los lodos de la crisis y del paro. 

Aunque bien pensado, cabe la posibilidad de que para la izquierda la actual situación sí revista caracteres de excepcionalidad: en su peculiar visión de la vida, que la economía crezca y se genere empleo es una situación ciertamente excepcional.

Pero bromas aparte, esta política de acoso y derribo sin motivo justificado a un gobierno legítimamente establecido es la consecuencia inevitable de la concepción que la izquierda tiene de la alternancia en el poder. Una concepción ciertamente peculiar, que viene a considerar que los gobiernos de la derecha son paréntesis que hay que cerrar a la mayor brevedad, poco menos que errores históricos, engendros de un electorado momentáneamente obnubilado o engañado por cualquier causa, y que urge una acción salvadora para devolverle el poder a su legítimo titular, es decir, a la izquierda.

Pedro Sánchez ve francamente difícil ganar por sí mismo unas elecciones. Y ha llegado a la conclusión de que lo que sí puede ganar tal vez es una sesión de investidura, para la que debería aunar las voluntades interesadas de una tropa de diputados que, sin duda, estarían dispuestos a vender a buen precio político sus votos. El interés general poco importaría en este caso, ya que lo único importante sería la ambición personal de Pedro Sánchez y las contrapartidas que percibirían los partidos que le apoyasen, en su casi totalidad guiados por intereses totalmente contrarios a los generales de la nación.

En eso Sánchez parece haber aprendido la lección de los separatistas catalanes, que parecen totalmente dispuestos a suplir su falta de mayoría cualificada en el censo electoral por una mayoría artificial en la cámara autonómica. No es extraño por lo tanto que alguno de los apoyos sobre los cuales pretende auparse Sánchez sea precisamente el de los independentistas catalanes.

Confiemos que cuando llegue el momento la sensatez del electorado español sea capaz de valorar tal como merece esta política de vuelo gallináceo. Y coloque nuevamente a Pedro Sánchez en el lugar que merece. Es decir, fuera de la escena política.

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