La burguesía catalana y la revolución 

Ese ente mitológico llamado alta burguesía catalana nunca le ha hecho ascos a un buen golpe de estado. De hecho, ha respaldado e incluso financiado todos los que en España pueden recordarse con tal de, una vez disipado el humo de los disturbios y cumplidos los engorrosos trámites de enterrar a los muertos, poder volver a sus mansiones (discretas, eh, nada que ver con la ostentación cinegética de esos madrileños) con nuevos privilegios económicos, mayor proteccionismo y nuevas oportunidades de negocio.En general, esos golpes sirvieron para restablecer el orden social tan caro a esa clase tan enormemente pagada de sí misma, cuyo apoyo a los mismos siempre era pese a todo vergonzante, como temiendo mancharse las manos con esos espadones que, en última instancia, tenían que acudir a poner orden en el caos y a salvar sus vidas y haciendas ante las amenazas anarquistas, socialistas o comunistas.

No es de extrañar, por tanto, que esta vez también hayan apoyado durante tanto tiempo a quienes les prometen el oro y el moro, una solvencia nunca vista al no tener que mantener a esos pobres del sur, un reconocimiento internacional que rozaría la veneración, el control absoluto de una administración soberana sin la molesta servidumbre de tener que pedir audiencia en Madrid. Eso es lo que en definitiva les prometía el clan Pujol y sus acólitos: en un país tan pequeño estaba garantizado que toda la prole de las 400 familias quedase colocada en puestos de relumbrón: ministros, embajadores, magistrados, subsecretarios los más tontos… Habría presupuesto para todos. Y colocados ellos, qué fáciles serían los negocios con esas mismas familias. Tener que bregar por abrirse paso hasta lo más alto en un país grande como España es mucho más complicado y cansado, incluso para esa casta superior, que encontrárselo todo hecho sin salir del Paseo de Gracia, moviéndose en un país no ya de siete millones de habitantes, sino de 400 familias.

El problema es que algo parecen no haber aprendido estos habitantes del Olimpo, o lo están aprendiendo tarde: los golpes de estado, como casi todo, hay que dejárselos a los profesionales. La degeneración de la clase política catalana ha sido tal en los últimos años que el presunto golpe ha acabado tomando los derroteros, como bien dice Arcadi Espada en su artículo de este domingo en El Mundo, de una auténtica revolución. En vez de restablecer la legalidad, se violenta hasta dejarla reducida a un guiñapo. En lugar de ofrecer seguridad jurídica se engendran auténticos monstruos legislativos que espantan a la más elemental razón. Y muy al contrario de lo que el sentido común indica, se deja la iniciativa del movimiento en manos de los grupos antisistema.

De pronto cunde el pánico. “Escolta, Josep… ¿seguro que podremos controlar a “esta gente” una vez hayamos consumado la independencia? Oye, que están hablando de expropiar la Catedral de Barcelona. Que quieren salir de la Unión Europea y de la OTAN, y dar papeles a todos los refugiados. Que son comunistas. Que apoyan a los okupas. Que se reúnen con Otegui. Y has visto el aspecto que tienen… No sé, estoy preocupado por nuestros ‘estalvis’”. “Tranquila, Montserrat: ya lo saqué todo hace semanas”. “Ah, menos mal. ¿A Suiza?”. “No. A Madrid”. Ah. Mira. Voy a ver si encuentro aquella foto que te hicieron con el Rey Juan Carlos. Es que cuando vino Artur a cenar la escondí”.

Como suele decirse, disfruten lo votado. O esperen a la Guardia Civil. No suele defraudar.

 

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