Por el desagüe

Hoy es el día en que la Cataluña que hemos conocido los que ya peinamos canas puede irse definitivamente por el sumidero de la historia. Y ha de decirse que habrá hecho todos los méritos para ello.

Podemos reprochar a los sucesivos gobiernos centrales pasividad, comodidad, cesiones… Muy cierto: todo ello ha ido suministrando a los desleales los ladrillos con los que edificar su construcción nacional y la dinamita con que cargarse nuestro edificio constitucional, y es imperdonable.

Pero en última instancia son, somos, solo los catalanes en su conjunto los que hemos colaborado de forma efectiva, por acción o por omisión, en el hundimiento y descrédito de una tierra próspera, industriosa, avanzada y culta. Ya no somos nada más que una colectividad enloquecida, soberbia, pagada de sí misma, desleal, traidora, despectiva con el diferente y poco acogedora con el visitante. Un pueblo que se ha acostumbrado y ha consentido que una clase política que ha creado una inmensa telaraña de entidades parasitarias subvencionadas viva de él sin ejercer ni una sola de las competencias que le son propias, dedicando por el contrario todas sus energías a la traición, a la deslealtad y a la trampa mientras cobran sueldos millonarios.

Ahora algunos proceden a aparatosas rasgaduras de vestiduras cuando han callado durante años hasta ver de qué lado caía la bolita de la fortuna. Otros siguen aún a verlas venir, y los más constatan con horror lo que era evidente para cualquiera que no viviese en ese magma pútrido en que han convertido el “oasis catalán”: que vamos al desastre, que al otro lado de la puerta que nos había de conducir al paraíso, a la Dinamarca mediterránea, no hay más que el vacío, la inseguridad jurídica, la ruina y el descrédito, gestionados por una muy tranquilizadora mezcla de antisistema, agricultores, políticos profesionales y agitadores vocacionales, unidos por un solo elemento cohesionador: el dinero público del que viven todos mientras los demás trabajamos.

Cataluña puede irse esta tarde por el desagüe. Como decimos allí, “bon vent i barca nova”. Luego ya nos ocuparemos de limpiar, desinfectar y reconstruir sobre cimientos sanos con lo que quede. Y de hacer justicia. A veces es mejor hacer tabla rasa porque apenas nada de lo anterior va a resultar aprovechable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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