Los sueños, sueños son. O no.

Hemos llegado al final del camino. El abismo ya está ante nosotros, catalanes y españoles. Y en alguna medida también europeos. La situación que a muchos les ha parecido impensable durante años está aquí. La locura llama a la puerta. Una de las regiones más prósperas de Europa, uno de los mejores lugares del mundo en el que vivir, un espacio en el que, se diga lo que se diga, no hay atisbo de represión y se da el mayor grado de autogobierno que, sin duda, hay en nuestro entorno, ha decidido que quiere separarse, por las buenas o por las malas, del estado con el que comparte infraestructuras, mercados, historia, afectos y territorio. Sus dirigentes lo han decidido así y asombrosamente han conseguido convencer de ello a unos cuantos cientos de miles de ciudadanos que les seguirían al fin del mundo guiados esencialmente por el odio y un cada vez más acentuado supremacismo.

El Estado pone en marcha los mecanismos constitucionales para devolver las cosas a la cordura, no sólo a la legalidad. Pero llega el lunes 30 de octubre y los consejeros cesados se niegan a abandonar sus despachos. Sus decisiones se vuelven irrelevantes a los efectos de la legalidad española. Pero ellos ya se mueven en otra. Ficticia, pero otra. Los funcionarios no atienden las instrucciones de las autoridades designadas por Madrid. Unos por desobediencia voluntaria, otros porque las instrucciones llegan a sus mandos y ya ni se les trasladan

Los juzgados se paralizan: aproximadamente la mitad de los jueces abandonan sus puestos acosados por militantes de Omnium y ANC, ante la pasividad de los Mossos. Otro tanto sucede con los fiscales y secretarios. Los asuntos en curso quedan en un limbo jurídico, porque hay juzgados que quedan totalmente paralizados. Cientos de abogados militantes en el independentismo se ofrecen a ser designados como jueces por el cuarto turno. En pocos días la justicia entra en caos y genera retrasos insalvables. Todos los procesos penales contra líderes independentistas se declaran archivados.

La Hacienda catalana no está preparada para recaudar algunos tributos que no ha gestionado jamás. También aquí hay una huida de funcionarios que se manifiestan leales al orden constitucional. El gobierno de la Generalidad ordena una subida masiva de impuestos para ayudar a la nueva república.

Unos centenares de Mossos abandonan el cuerpo y huyen más allá de las fronteras de Cataluña. Los otros aparecen en los días inmediatos equipados con material de uso militar de procedencia desconocida.

Los precios de la vivienda se desploman. Los comercios se vacían, la gente hace acopio de provisiones. Manifestaciones espontáneas u organizadas de partidarios de la unidad de España se suceden en diversos puntos de Cataluña, y empiezan a ser reprimidas por los Mossos y por grupos de incontrolados acaudillados por miembros de las CUP. Los diputados y líderes unionistas tienen que abandonar sus despachos y domicilios para que pueda garantizarse su seguridad. Los Antisistema se adueñan de las calles. El parlamento se convierte en una especie de asamblea popular sin las mínimas garantías democráticas.

Las principales infraestructuras siguen controladas por contingentes de las fuerzas de seguridad del estado, que quedan literalmente situadas por multitudes que impiden su normal funcionamiento y el abastecimiento a los contingentes. Los Mossos vigilan desde lejos. Varios grupos sabotean la línea del AVE en diferentes puntos.

Rusia reconoce la nueva república y anuncia préstamos multimillonarios, al tiempo que cierra suculentos contratos para el equipamiento y entrenamiento de un futuro ejército catalán. Se abre una embajada en Barcelona a la que se incorporan de pronto centenares de funcionarios llegados en un vuelo directo desde Moscú. Buques de guerra rusos fondean en las aguas próximas al puerto de Barcelona, controlado por las fuerzas de seguridad españolas, sin intervenir por el momento. España rompe relaciones diplomáticas con Rusia. La UE amenaza con sanciones pero bajo mano se hace llegar al gobierno de Madrid el mensaje de que Europa no puede permitirse una cuña de Putin en zona tan sensible. Un mensaje semejante llega de la Casa Blanca.

La economía catalana se hunde, las empresas cierran a cientos y se decreta un corralito por el que se impide la retirada de fondos. La clase política catalana, los de toda la vida, empieza a alumbrar negocios muy lucrativos con la clase política rusa. Los préstamos de Rusia permiten garantizar las nóminas de los funcionarios durante unos meses. La Generalidad se puebla de asesores rusos, desde los Mossos hasta las empresas públicas.

España mueve tropas hacia las zonas limítrofes con Cataluña. Rusia declara solemnemente que garantizará la independencia e integridad del nuevo estado. España recurre a la OTAN, y el nuevo gobierno catalán alega que, siendo Cataluña un estado independiente, la injerencia rusa no puede considerarse agresión contra un estado miembro. La OTAN vacila y…

En ese punto del sueño, Puigdemont se despierta presa de excitación. En ese mismo punto del sueño, Rajoy se despierta con un grito, empapado en sudor frío.

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2 pensamientos en “Los sueños, sueños son. O no.

  1. Una entrada como poco inquietante. Desgraciadamente a estas alturas de la película ningún final parece imposible por disparatado que pudiera sonar hace unos meses. Lo que me pregunto es cómo juzgara la historia a estos defensores de Cataluña que han hecho que lo que era uno de los mejores lugares del mundo para vivir y trabajar se haya convertido en una casa de locos.

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