¿Catalán yo?

Me reprochan algunos un “anticatalanismo enfermizo”, advirtiéndome escandalizados que eso supone una renuncia a mis raíces más profundas. Yo siempre he preferido decir que soy anti independentista furioso, sin matices. Ahora bien, no puedo dejar de admitir que la lluvia, no ya fina, sino torrencial, que procede de mi tierra y que consiste de manera abrumadora en un papanatismo supremacista fuera de toda razón histórica, está llevándome a identificar con cada día mayor frecuencia separatismo con catalanismo. Y es que no me veo capaz de definir qué demonios es el catalanismo como ideología política, más allá de una convicción pedante e irritante de superioridad moral. Les pongo un ejemplo, largo pero creo que interesante: es la traducción de una mínima parte de los estatutos de la Asociación de Municipios para la Independencia, que agrupa a unos centenares de ayuntamientos catalanes. En concreto de su exposición de motivos. O de vómitos, podríamos decir cambiando apenas unas letras de sitio. Es repugnante. Palpen el odio, el rencor, la mentira, la envidia apenas camuflada de desdén. Y eso lo firman “los tíos de la vara”, ya saben, los que van a toque de pito y de talonario a apoyar a los procesados a las puertas de los tribunales.

Sabemos que la situación actual de Cataluña respecto al estado español no difiere de la de otros pueblos que en un momento determinado de su historia han clamado por la libertad.

Todos sabemos que Cataluña es un país milenario con todo aquello que en derecho conforma una nación: lengua, cultura, derecho, tradición, instituciones, sentimiento de pertenencia, voluntad de ser. País abierto que acoge a todo el que quiera ser acogido.

Conocemos que las estructuras de poder de las metrópolis no permiten fisuras legales en su seno que posibiliten a los pueblos a ellas sometidas manifestar de forma efectiva sus anhelos de libertad; por lo tanto, cualquier iniciativa, por pacífica que sea, ha de ser ahogada con sentencias de tribunales encuadrados en las propias estructuras, con iniciativas legislativas agresivas por parte de mayorías ajenas al pueblo y con actuaciones coercitivas del poder ejecutivo central.

Sabemos que la historia del estado español tiene una merecida fama alrededor del mundo procedente de su intolerancia hacia todo aquello que no es su propia raíz cultural y nacional, en definitiva, hacia todo aquello que no es castellano. Desde el nacimiento de los estados modernos durante el Renacimiento, Castilla, núcleo básico de las Españas, “Castilla hizo las Españas”, dijo un poeta castellano, no supo estar nunca en el lugar que le correspondía, tratando a los pueblos y naciones asociados o sometidos como pueblos o naciones de segunda o tercera. 

Todos conocemos la historia que nos habla de guerras absurdas como las de Flandes, en la cual España enterró vidas, fortuna y prestigio para nada, y a la cual Cataluña se opuso de forma sangrienta; nos habla de los anhelos conseguidos por Portugal; nos habla del trato recibido por las antiguas colonias de América, Asia y Africa: ““Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia lo que ignora”, dice el mismo poeta. Y hoy el espíritu de España, que es el de Castilla, continúa exactamente igual. 

Es de todos conocido que este mismo espíritu agresivo, excluyente e inquisitorial, apartó a España de las corrientes científicas, políticas y humanistas que se desarrollaban en Europa y América. Cataluña, sin embargo, continuó manteniendo su lengua, su cultura, su derecho, sus costumbres, sus instituciones y su conciencia nacional desde antes de la misma formación del estado español, dentro del que Cataluña se ha sentido incómoda y menospreciada, obligándola constantemente a luchar con armas diversas para mantener y hacer valer su ser y su identidad. 

Todos conocemos el expolio fiscal histórico y actual, suficientemente documentado, iniciado con Felipe V y que ha continuado a lo largo del tiempo sin interrupción, intensificándose cada vez más las campañas contra Cataluña – contra sus símbolos de identidad y contra sus gentes – en los medios de comunicación de ámbito español y en las declaraciones de los políticos, particularmente en cualquiera de las campañas electorales. De todo esto queda constancia documentada en las hemerotecas y archivos audiovisuales. 

Sabemos que en Cataluña el trabajo, la ciencia, las artes, el pensamiento siempre han estado en la vanguardia de  la realidad y del sentimiento del pueblo, en contraposición a la dedicación de las élites españolas de habla castellana, dedicadas a la gran administración, el ejército y la judicatura. Nos remitimos al Decreto de Nueva Planta para fundamentar el inicio de este hecho. 

Tenemos muy presente que las agresiones a Cataluña a través del menosprecio de su lengua, el ahogamiento de su economía por diversas vías _comunicaciones, incentivos a competencias contrapuestas, fiscalidad, incumplimiento presupuestario y una larga lista de agravios-, el rechazo constatado a todo aquello que nos configura como pueblo y como nación milenaria comporta la necesidad de volver a ser lo que, de hecho, nunca hemos dejado de ser: un pueblo, pero con un estado propio que posibilite vivir en paz y haga posible el trabajo de nuestra gente sin ser expoliados ni expoliar. Poder vivir con nuestro derecho, nuestra cultura, nuestros deberes, nuestros servicios y nuestras servidumbres, pero en todo caso nuestras. 

Es de todos conocido que Cataluña ha sufrido por parte de España, desde 1714 y también antes – recordemos al Conde Duque de Olivares y su “Unión de Armas”- la opresión cultural y la militar, como también la han sufrido otras naciones del planeta en circunstancias similares. El exilio o la prisión han marcado muchas vidas, y otras han sido segadas en nombre de un concepto primario y de uniformidad de España, llevado a cabo por el ya mencionado Felipe V, pasando por Primo de Rivera, hasta la “España grande” y “Unidad de destino en lo universal” del franquismo, como también por otros personajes actuales que configuran el protagonismo de la historia de la transición. Consideramos que siempre es la hora y el momento para reclamar la dignidad y la libertad, vivir en definitiva, bien este que “no se compra ni se vende, pueblo que merece ser libre si no se lo dan lo toma”, como muy bien expresa otro poeta.

El estado español, caído en descrédito internacional, que organiza un referéndum para aprobar una constitución europeo que no lleva a ninguna parte, y que cambia su propia constitución por medios legales pero no morales, ha demostrado sobradamente que pese a disponer de la potestas, ya no tiene la auctoritas. En cambio, los ayuntamientos y sus alcaldes tenemos una potestad, en parte derivada, pero una autoridad bien ganada e incontestada: somos administración básica. Teniendo en cuenta que los alcaldes de los respectivos municipios representamos personas, territorio y organización, que somos deudores de una gestión que ha de repercutir en la mejora de vida de nuestros conciudadanos, situación esta que no puede garantizar un estado español siempre en fase de construcción, que no encuentra el rumbo, con una administración pesada, lenta e inmensa que solo es efectiva cuando las diversas fuerzas e instancias convergen en un enemigo común que es Cataluña – recordemos el establecimiento indiscriminado de autonomías para regiones que nunca la habían pedido y la LOAPA posterior.

 

Esta panda de subvencionados dementes, porque no tienen otro nombre, celebró además un aquelarre que fue bautizado como “I encuentro de municipios moralmente excluidos de la constitución española”. Pues qué quieren que les diga, sí: si esta patulea representa la catalanidad me proclamo avergonzado de mi condición, perfectamente involuntaria, de ciudadano catalán. Quiero creer que no, que el día 21 de diciembre aparecerán como setas otros catalanes, sucesores de aquellas legendarias criaturas sensatas, fiables, industriosas y hasta admirables, tanto al menos como los ciudadanos de cualquier otro lugar, que en las etapas históricas en que no han sido víctimas de enajenación mental colectiva dieron fama y prosperidad a su región. Si eso es así, me reconciliaré gustoso con la idea de ser un ciudadano español de Cataluña.

Entre tanto, no puedo evitar constatar que todo lo procedente de las administraciones públicas catalanas, de sus entidades públicas o semipúblicas es pura basura intelectual y moral.

 

 

 

 

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2 pensamientos en “¿Catalán yo?

  1. Te veo bastante negativo para el modo en que se están desarrollando los acontecimientos. Esperaba que escribieras sobre la repentina toma de conciencia de los líderes independentistas de que su “procés” era inviable, y sin embargo te centras en lo que dicen los alcaldes, que por otro lado es bastante comprensible. No porque lleven razón, sino porque seguro que sabes que al pequeño siempre le gusta hacerse notar, y esto se aplica en todos los ámbitos, incluida la política.

    Si tienes en cuenta que alguno de estos líderes del procés han tirado adelante sólo porque la idea de pasar a la historia se la ponía durísima, imagina lo que es para un alcalde de un pueblo catalán, que no tiene contacto con otra cultura más que con la propia, la perspectiva de “estar escribiendo la historia de la liberación de su patria”.

    En fin, yo también espero que el voto sea masivo el 21D y que esta pesadilla quede atrás cuanto antes. Aunque, por supuesto, no sin que los responsables,
    -que ahora reculan ante la perspectiva de pasar tres décadas a la sombra-, hayan pagado antes por sus actos.

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