Tabarnia on my mind

El proceso separatista produce monstruos. Lleva años produciéndolos. Y uno de los más divertidos, refrescantes e ingeniosos es el que responde a un nombre casi de leyenda: Tabarnia.

La palabra es el resultado de mezclar los nombres de las provincias de Barcelona y Tarragona. Y el proyecto pretende segregar esas dos provincias del resto de Cataluña, obteniendo la condición de nueva comunidad autónoma del estado español al amparo de los artículos 143 y 144 de la Constitución. Todo ello, claro está, como respuesta al propósito separatista de la Generalidad.

Lo que seguramente comenzó como una broma con unos cuantos gintonics de más ha ido tomando sorprendente forma, y es que a medida que se manipulaba el juguete se le descubrían más y más utilidades. La primera, el sentido del humor como arma infalible para tratar con los separatistas: para ellos el humor es como el ajo para los vampiros. Simplemente les horroriza, lo desconocen. Siempre y cuando se refiera a sus cosas, claro: para mofarse del contrario no les faltan ganas, ni medios, ni programas de televisión pagados con nuestros impuestos. Pero ¿el humor como autocrítica? Jamás. Todos sabemos que el concepto de Cataluña es sagrado.

Y es precisamente por eso que el concepto de una independencia infinita, en bucle interminable, resulta de lo más jocoso y también pernicioso para los intereses nacionalistas porque demuestra lo absurdo del razonamiento: Cataluña quiere independizarse de España, y luego Barcelona y el valle de Arán de Cataluña, y después Pedralbes y Sarrià – Sant Gervasi querrán separarse de Barcelona porque mantienen a los barrios pobres, y Sant Cebrià de Vallalta querrá salir del Maresme porque su renta per cápita es más alta… Y así sucesivamente, hasta la división del átomo.

Pero cuando el efluvio de los gintonic pasa, la idea va adquiriendo indudables atractivos. Uno de ellos, de primero de estrategia: la posibilidad de atacar al enemigo en su retaguardia y obligarle por tanto a diversificar sus esfuerzos, dedicando algunos de ellos a fines defensivos, cuando hasta ahora ha estado volcado siempre en la ofensiva.

Si se paran a pensarlo, la comunidad autónoma catalana no parece arriesgar nada en este envite separatista. Ni en este, ni nunca: siempre que se habla de dialogar, de negociar, es para avanzar en un solo sentido. Más competencias, más financiación. Pero nunca el estado obtiene nada a cambio. Eso ni es negociación ni es nada. Una negociación digna de tal nombre se formularía, por ejemplo, en términos de “pactamos más financiación pero tú renuncias a la inmersión lingüística. O a las sanciones por rotulación de establecimientos”. Qué sé yo, algo. Negociar es intercambiar, y en cuarenta años no ha sido así. La supuesta negociación se ha reducido a la cesión continuada de una parte y a la exigencia permanente de la otra. El factor Tabarnia pondría sobre la mesa un importantísimo elemento de negociación: territorio, riqueza y productividad.

Otro, y nada desdeñable, es provocar en los independentistas la sorprendente situación de tener que rebatir sus propios argumentos. Si aceptásemos que España roba a Cataluña, con exactamente el mismo razonamiento deberíamos asumir que Cataluña roba a Tabarnia. Si tragamos con que los territorios pagan impuestos, Tabarnia paga más de lo que recibe en inversiones. Esto resulta tan irrefutable que el separatismo verá su razonamiento frente a España limitado a la verdad desnuda de un argumento puramente egoísta e identitario: no es que me parezca mal que unos territorios paguen o aporten más que otros: es que me parece mal solo si soy yo quien lo hace. ¿Con qué cara me lo explicas?

Uno más: aquellos miles de barceloneses que nos reconocíamos orgullosos de serlo, pero que crecientemente hemos ido teniendo más y más reparos a que eso nos identificase con esta Cataluña provinciana, cerrada, antipática y hostil que los separatistas han conseguido dibujar, recuperaríamos el entusiasmo por un proyecto abierto, dinámico y moderno como lo fue la Barcelona de los Juegos Olímpicos. Bien llevado, podría suscitar el apoyo, aunque solo fuese jocoso, de buena parte de la intelectualidad y del tejido emprendedor.

Yo no sé si Tabarnia tiene algún futuro real, pero al menos como maniobra estratégica debería explorarse. Eso sí: hagámonos a la idea de que ni un solo partido político va a apoyar la idea. Salvo, claro está, que un potente movimiento ciudadano se lo exija. Vamos, se lo exija… Se lo haga electoralmente interesante.

Y entre tanto, y en todo caso… ¿y lo que nos íbamos a divertir?

 

 

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Cierren las compuertas

Los catalanes hemos tenido ocasión de votar y lo hemos hecho. Antes, un 155 experimental, un presidente fugado cobardemente, miles de empresas huidas, varios políticos sediciosos en la cárcel, la banca en fuga, Europa advirtiendo que Cataluña quedaría fuera, nulo apoyo internacional, pantomimas de declaración unilateral… Con todo eso en marcha, y con elecciones en día laborable, se ha registrado una participación masiva y se han producido una serie de consecuencias:

  1. Por primera vez un partido constitucionalista ha ganado las elecciones en votos y escaños.
  2. Los dos partidos nacionales tradicionales, por decirlo así, PP y PSOE, han cosechado sendos fracasos. En especial el primero, auténticamente escandaloso.
  3. Los partidos separatistas han reeditado mayoría absoluta en el parlamento, aunque con dos escaños menos que en la anterior legislatura.
  4. Los radicales de la CUP han perdido muchos votos y escaños. Lógico por otra parte, si los partidos más tradicionales se han radicalizado ya hasta el extremo de la sedición: ¿para qué votar a una banda de gamberros si el propio gobierno y parlamento se han convertido en gamberros?
  5. El llamado catalanismo moderado, la antigua Convergència, ha desaparecido como tal: se ha pasado con armas y bagajes al separatismo, y sus votantes con ella.
  6. Cataluña está definitivamente fracturada en dos bloques absolutamente opuestos en todos los aspectos. Rural frente a urbano, catalanoparlante frente a hispanohablante, subsidiado frente a generador de riqueza, interior frente a costero,… Ahora están claras las fuerzas con que cuenta cada cual.
  7. El bloque independentista es absolutamente impermeable a cualquier argumento, razón o dato. Con la que ha caído, y no ha sufrido el menor castigo electoral. Los dos escaños menos se deben a la mayor participación de los no nacionalistas.

Esta suma de elementos solo puede augurar un futuro a corto plazo: la ingobernabilidad y el caos político. Va a ser francamente difícil formar un gobierno mínimamente estable, con lo cual la inseguridad jurídica está garantizada. A medio plazo, el empobrecimiento y la tensión creciente entre ambos bloques: la inestabilidad provocará que continúe la fuga de empresas y de capitales, el retraimiento del consumo, del turismo y el aumento del paro; la tensión ambiental derivará con toda probabilidad en enfrentamientos. Y a largo plazo, si no se toman medidas importantes, la independencia.

Los ciudadanos de Cataluña hemos tenido la oportunidad de devolver la normalidad a su comunidad, volver a la gestión ordenada de su riqueza y de su administración, que goza de unas competencias amplísimas. De recuperar el respeto a la ley. De interpretar los mensajes que les han llegado de todas partes del mundo, desaconsejando la aventura insensata que sus dirigentes políticos iniciaron en la pasada legislatura. Y la hemos desaprovechado. Hemos decidido perseverar en el disparate y en el desafío, y seguir apoyando a unos líderes que están siendo encausados por delitos gravísimos, sin considerar siquiera a efectos prácticos lo absurdo de votar a personas que probablemente pasarán muchos años en prisión, premiando incluso al cobarde que huye frente al coherente que, errado o no, se queda. Pienso que a España ya solo le queda una opción, que es cerrar las compuertas y arbitrar todos los medios necesarios para que los daños se limiten, en la medida de lo posible, a la región desleal y no se extiendan al resto de España.

Por una parte frenando en seco, con todos los medios disponibles, el descarado, inquietante e intolerable expansionismo del nacionalismo catalán por Valencia, Baleares y Aragón. Hay que hacer todo lo que sea necesario porque ha pasado a ser un asunto de seguridad nacional. La Generalidad lleva muchos años invirtiendo en subvencionar entidades y actividades pancatalanistas: hay que contrarrestarlo.

Y por otro lado garantizando que el suicidio colectivo al que parece dispuesta buena parte de la sociedad catalana, que controla además prácticamente todos los resortes del poder autonómico y local, muy por encima de su representatividad real, no arrastre al conjunto de la sociedad española, su economía, su convivencia, su libertad y su prosperidad. Hay que decirlo con claridad: a una región desleal se la ha de tratar como tal. Ya está claro a estas alturas que no se va a comprar lealtad con concesiones de cualquier tipo. Ya se ha demostrado la contumacia en la vulneración de las leyes, en el engaño del que incluso se alardea, en el despilfarro de los recursos públicos, en el desprecio a la oposición y a los mínimos usos parlamentarios (¿algún partido separatista ha felicitado, como es norma de cortesía, a la vencedora de las elecciones?), a la democracia misma. Abandonemos la leyenda de que “el gobierno de España es una máquina de fabricar independentistas”. No es más que una invención interesada para incentivar precisamente la inacción, so pretexto de que la acción alimenta el separatismo. Ni una cesión más. Limitar los daños al territorio enfermo.

Evidentemente que el cierre de compuertas atrapa a muchos que no deberían verse en esa situación. De igual modo que les atraparía una declaración de independencia. Con la diferencia de que si se produce ahora no es irreversible. La ruina de Cataluña va a producirse en todos los ámbitos, no cabe duda. Es dolorosamente necesario que quienes votan por la ruptura perciban desde ya en sus propias carnes que lo que se les viene advirtiendo es una realidad. No nos vale que lo descubran una vez independizados, porque entonces todos sabemos que la nueva república catalana, totalitaria en su diseño, no permitiría una vuelta atrás. En definitiva, buena parte del objetivo del proceso es lograr la impunidad para sus políticos, con lo cual la reversión está descartada. La única posibilidad reside en la posibilidad de que, antes de producirse el hecho irreversible, los catalanes perciban las consecuencias en forma de crisis económica, paro, decadencia cultural y empresarial… ¿Significa esto que haya que incentivar por ejemplo la huida de empresas? No, pero sí hay que facilitar que quien quiera irse lo pueda hacer. A fin de cuentas eso puede ayudar a desarrollar otras zonas de la geografía española. Significa por ejemplo que hay que dejar en cuarentena cualquier inversión importante en infraestructuras en Cataluña: ¿qué sentido tiene que el Estado invierta en una región que manifiesta reiteradamente su voluntad de largarse y quedarse por tanto con los frutos de esa inversión?

Lo cual no quiere decir que el Estado abandone sus responsabilidades en Cataluña, todo lo contrario. Ha de hacerse más y más presente, ha de marcar territorio y exigir el cumplimiento cotidiano de la ley hasta en el último rincón. Pero de forma eficaz. Si no, con cuatro promociones de alumnos adoctrinados que accedan a la edad de voto la balanza se inclinará del lado del separatismo y entonces sí estará todo perdido.

Se trata simplemente de hablar claro. De que los empresarios y trabajadores entiendan que si Cataluña no es leal al proyecto nacional español recibirá un trato proporcionado a su actitud. Y que lo entiendan también los empresarios y trabajadores valencianos y baleares. Queremos un Estado fuerte que actúe, y no que reaccione. Que tome la iniciativa y que no vaya a remolque. Y ahora la iniciativa pasa por cerrar las compuertas e impedir que la inundación alcance otros compartimentos. Para los que siguen dentro habrá que buscar soluciones que les defiendan en lo posible: son ciudadanos españoles. Pero el deber del Estado es proteger al conjunto de la Nación, no solo a una parte de ella en detrimento del resto. No hay que intentar contentar a quien nunca se va a dejar contentar, y además va a aprovechar las cesiones para perseverar en su empeño.

La única fábrica de independentistas es la debilidad y la cesión continuada.

Cierren las compuertas.

 

 

 

 

 

Hay que votar con seny y con rauxa

El topicazo, lo sé: el seny y la rauxa de los catalanes. Algo así como el sentido común o la sensatez frente a la rabia o la furia. Como si todos los pueblos del mundo y todos los ciudadanos no fuesen una más o menos equilibrada mezcla de esos, y de otros muchos, sentimientos… Pero bueno, parece ser que, una vez más, algo normal se convierte en legendario cuando se pronuncia en catalán.

A lo que iba: mañana toca votar (en realidad yo ya lo he hecho desde fuera de Cataluña). Y toca votar elaborando una equilibrada mezcla de ambos sentimientos: la sensatez y la furia, aplicados ambos a los mismos hechos objetivos. Sensatez para entender que votar España (es decir, votar partidos constitucionalistas, claramente constitucionalistas y no solo de boquilla) supone apostar por la seguridad jurídica, por la permanencia en Europa, por la solidaridad interterritorial y sobre todo entre ciudadanos. Votar España es votar por la calma y el orden público. Es asegurarse de que Cataluña no sea un territorio del que los creadores de riqueza piensen en huir. Es comprender aplicando mínimas dosis de lógica que no podemos devolver al poder a quienes están procesados, fugados o presos por haber puesto en peligro la convivencia entre españoles y catalanes, y entre estos mismos, y por haber violado innumerables leyes. Es tener la tranquilidad de que la policía autonómica no va a ser utilizada para fines del partido gobernante. Es desear que los medios de comunicación públicos sean imparciales y que los privados no estén comprados. Es exigir que nunca más la familia presidencial pueda montar un conglomerado de corrupción institucional. Es recuperar la rojigualda y la senyera como banderas de todos los catalanes desterrando esa estrellada intrusa que okupa, con k, balcones oficiales y espacios públicos. Es levantar la vista y comprobar que Cataluña ni es ni ha sido una nación oprimida, que no está expoliada ni ocupada, ni sus ciudadanos reprimidos. Que el déficit monstruoso de la comunidad no se debe a que nadie nos robe sino a que los recursos públicos, sustraídos a todos los ciudadanos, han sido lamentable, cuando no delictivamente, gestionados, desviándose a fines espurios mientras se descuidaban deliberadamente las necesidades más acuciantes de la sociedad.

Y furia para devolver a los separatistas tantos meses y tantos años de ofensas, y devolvérselos democráticamente, en unas elecciones convocadas por el gobierno de la Nación, con amplio respaldo del Senado, para desactivar una situación explosiva. Para gritarle a la cara a Puigdemont que es un cobarde vividor. Que no es el presidente legítimo de la Generalidad como pretende, sino un vulgar prófugo de la justicia sin grandeza alguna. Para denunciar que la violencia existe en Cataluña de forma soterrada desde hace años, y siempre en una dirección, y que estamos hartos de que nos roben las calles en manifestaciones cada vez más infladas en cuanto al número de supuestos asistentes. Para recordarles que desobedecer las órdenes judiciales y las instrucciones policiales es violencia que puede ser legítimamente reprimida. Para demostrarles a voz en grito que no solo no tienen una mayoría social tan cualificada como la que haría falta para un disparate como la independencia, sino que ni siquiera son mayoría. Para decirles de una vez que nos dejen en paz con sus marchas nocturnas con antorchas, sus despliegues abrumadores de banderas, sus hordas de alcaldes alzando amenazadores sus varas, sus adhesiones inquebrantables al movimiento nacional y todas esas manifestaciones tan ordenadas, prefabricadas y ensayadas. Para que TV3 deje de ser la basura adoctrinadora que vomita odio a todas horas. Para que las escuelas dejen de ser lugares de formación del espíritu nacional falseando la historia. Para demostrar que cuando lo organiza España, se vota de verdad y no llegan las urnas ya cargadas de votos al colegio electoral. Para exigirles que respeten la ley democráticamente aprobada. Para que nos mantengan en Europa y en España. Para decirles, en resumen, que no nos representan, y para mandarles, si un juez imparcial lo estima procedente, al centro penitenciario donde hayan de cumplir sus condenas.

Seny y rauxa. Sensatez y furia. Nunca un simple trozo de papel permitió concentrar tantos sentimientos, ni nunca nos ofreció la posibilidad de cambiar tan radicalmente nuestro futuro colectivo e individual. Que no falte nadie. Ellos estarán todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

descuidaban las competencias

No en mi nombre, Sr. Iceta.

El candidato Sr. Iceta ha lanzado en campaña electoral al menos dos mensajes como mínimo impactantes. Por un lado, propuso que el estado condonase la deuda catalana, o una parte de ella. Esa deuda que la comunidad autónoma tiene contraída con el estado por las sucesivas inyecciones de liquidez del FLA, que son a interés cero o casi, y que ascienden, si la memoria no me falla, a unos 52.000.000.000 de euros. Cincuenta y dos mil millones de euritos.

Por otro lado, anunció que si llegaba a la presidencia de la Generalidad catalana solicitaría el indulto para aquellos políticos separatistas que hubiesen sido condenados.

Uno puede pensar que, como al Sr. Iceta le han prohibido, no sé si por prescripción facultativa o por decoro, que recurra al bailoteo como arma de generación masiva de adhesiones, se está viendo obligado a sacarse de la chistera iniciativas novedosas dirigidas a captar a un electorado de lo más dispar.

En ambos casos ha tenido que dar marcha atrás, o más bien esa relativa y fingida marcha atrás equiparable al trastabilleo tan familiar del recientemente fallecido Chiquito de la Calzada: que si avanzo, que si retrocedo, que si me quedo donde estoy mientras con las manos hago gestos incomprensibles que pueden interpretarse de tantas maneras como electores haya. En el primero de los temas la matización consistió en decir que esa condonación podía ser extensiva a las deudas de las demás comunidades, y en el caso de los indultos ha sido mucho más confuso, porque en definitiva lo que ha venido a decir es que su anuncio había sido prematuro.

En cualquier caso, señor Iceta: no, gracias. No quiero como catalán privilegios que puedan derivarse del hecho de serlo, ni quiero como ciudadano que mis representantes políticos tengan privilegios por el hecho de ser ambas cosas: catalanes y políticos. Porque lamentablemente no otra cosa son esos dos anuncios que ha efectuado. ¿por qué deberíamos premiar la nefasta y ruinosa gestión de los últimos gobiernos de la Generalidad de Cataluña condonando la inmensa deuda a la que nos han condenado? ¿Realmente queremos transmitirle al pueblo catalán, y más concretamente a la facción secesionista, que esto va a salir gratis, al tiempo que se le da a entender con la condonación que sí, que en definitiva “España nos debía dinero porque previamente nos lo había robado, y por eso ahora no hacen sino perdonarnos lo que ya era nuestro”? Con el añadido de que como el dinero es el que es, el coste de todo el destrozo acabaría recayendo sobre el conjunto de los españoles, que nada han tenido que ver con esa desastrosa y manirrota gestión. Es decir, los catalanes una vez más seríamos premiados por el mero hecho de serlo. Qué digo premiados: reconocidos.

Para paliar esa imagen corrigió el Sr. Iceta el rumbo y sugirió que esa condonación debería hacerse extensiva a todas las comunidades. Es asombroso el concepto que los políticos tienen sobre las tragaderas de sus votantes. Como si el dinero, por el mero hecho de cambiar de manos, fuera otro. Como si el todo pudiese perdonar a la parte su propia deuda. Como si eso no generase más déficit, más deuda, más impuestos… Ah, vaya: ya hemos llegado a un punto donde un socialista siempre se sentirá cómodo: subiendo impuestos. A los ricos, claro. El problema es que con sus políticas consiguen que el listón de los ricos cada vez esté más bajo, cuando de gravarles se trata. Quizá es que esa sea la fórmula que tengan para poder afirmar, sin que se les caiga la cara de vergüenza, que generan riqueza.

Lo otro, lo de los indultos, es si cabe más grave. De entrada supone un veredicto previo que aún no se ha hecho: para que alguien pueda ser indultado, habrá de ser condenado antes. Hablar de indulto en estos términos supone ignorar por qué delitos se habrán producido las hipotéticas condenas. ¿Serán por los delitos políticamente más graves del ordenamiento, como son la sedición y la rebelión? ¿Serán por malversación también, o únicamente? Parece que tanto da: dice el Sr. Iceta que él, como presidente, pediría al gobierno de la Nación el indulto. Con lo cual, ignorándose la condición precisa de los crímenes por los que habrían sido condenados, cabe concluir sin temor a equivocarse que el indulto se pediría por el hecho de concurrir en los condenados, si lo son, una doble condición: políticos y catalanes. Doblemente “de los nuestros”, se habrá dicho el Sr. Iceta.

Es decir, que a quienes han llevado a Cataluña a la mayor ruina económica de su historia (que como los iceberg aún es visible tan solo en una mínima parte, el resto aflorará en próximos ejercicios), a la fractura social, a la tensión territorial máxima, a quienes han ensuciado la imagen de España por el mundo, a quienes afirman que una victoria de los constitucionalistas “arrasaría con todo”, a quienes aseguran que el gobierno de España es fascista y violento, a esos, sí, a esos vamos a premiarles con un pelillos a la mar en aras a una supuesta reconciliación… entre catalanes, por supuesto. Todo lo que han jodido ya lo arreglará y lo pagará España. Les pediría el severo Sr. Iceta, eso sí, una muestra de arrepentimiento. Todos conocemos ya la legendaria fiabilidad de las declaraciones de un separatista.

Prematuro, dice. Eso no es una rectificación, evidentemente: eso es el reconocimiento de que lo ha dicho demasiado pronto pero que lo sigue pensando. Y en definitiva, añade, él solo lo plantearía, porque el indulto es competencia exclusiva del gobierno de la Nación. Con lo cual a la manipulación añade la marrullería, por cuanto utilizaría esa opción como arma arrojadiza para encender de nuevo los ánimos: “¿Veis? Yo, presidente catalán, he pedido el indulto y el gobierno de Madrid no nos lo da. España no quiere la reconciliación, sino venganza”.

No en mi nombre, Sr. Iceta, no en mi nombre. Privilegios no, gracias. Ni por ser catalanes ni por ser políticos.

 

 

 

 

 

La violencia de la extrema izquierda

Un hombre ha muerto en Zaragoza agredido por varias personas que, tras derribarle de un golpe en la cabeza con una barra de hierro, por la espalda, una vez tendido en el suelo se ensañaron golpeándole y pateándole. Tras unas horas en coma, la víctima falleció.

El fallecido, el asesinado más bien, de unos sesenta años de edad, lucía unos tirantes con la bandera española y había sido legionario.

Sus agresores, o al menos el que ha sido identificado como presunto autor material del golpe con la barra, es un joven que ya tiene antecedentes por haber dejado tetrapléjico a un policía municipal de Barcelona en el transcurso de los enfrentamientos subsiguientes al desalojo de unos inmuebles ocupados ilegalmente (me perdonarán, pero me niego a utilizar el término okupa porque legitima lo que no es más que un acto ilegal).

Este agresor fue el protagonista de una película documental llamada “La ciutat morta”, dedicada en buena medida a ensalzar la actividad del movimiento de la ocupación ilegal y a justificar su violencia, siempre presentada como defensiva ante las supuestas agresiones de la policía. La violencia de aquellos días, en lugar de encorajinar a las autoridades locales, tuvo el curioso efecto de que el alcalde Trías acabase pagando de las arcas municipales un alquiler para los locales ocupados y de que la entonces líder opositora Colau, hoy alcaldesa, se posicionase abiertamente a favor de los antisistema y contra las fuerzas del orden que hoy, paradójicamente, tiene a sus órdenes.

Estos son los hechos. Hay discrepancias sobre si antes de la agresión que derivó en asesinato o al menos en homicidio se produjo una discusión en el bar en que todos los implicados coincidieron. Parece ser que sí hay coincidencia en que se cruzaron palabras y que al luego fallecido se le reprochó por parte de los agresores su supuesta condición de “facha”.

El resultado, en resumen, es que un ciudadano que lucía unos tirantes con la bandera española fue asesinado a golpes, al parecer por un grupo, pero en todo caso por un individuo de reconocida ideología antisistema, de extrema izquierda, como consecuencia de una discusión motivada precisamente por el hecho de que la víctima luciese esos tirantes.

La extrema izquierda, por supuesto, ha sido incapaz de condenar el crimen, intentando por todos los medios desviar la atención hacia otras cuestiones, como por ejemplo un estúpido vídeo en el que alguien jugaba con la idea de invadir Cataluña a bordo de un tanque. Y es que la extrema izquierda revolucionaria, valga la redundancia, jamás abandona a los suyos porque comparte objetivos y métodos con ellos, y si no los despliega sin tapujos es porque todavía hay un estado de derecho que nos protege a los demás ciudadanos de sus acciones. No a todos y no suficientemente bien, como puede apreciarse en el caso expuesto. Pero nos protege como puede hacerlo, que es juzgando y encarcelando a los culpables de hechos como este cuando no ha podido lamentablemente impedirlos. Solo eso, la ley y la justicia, constituye la delgada línea roja que nos separa del salvajismo revolucionario, violento por definición, y partidario con escaso velo de la erradicación física del discrepante.

La extrema izquierda no cree en el sistema, y por tanto solo respeta la ley en la medida en que, o bien sea torticeramente útil a su propósito desestabilizador (véase a Pablo Iglesias recurriendo al Constitucional la aplicación del artículo 155), o bien le suponga un riesgo real de ingresar en prisión o recibir algún otro tipo de pena.

Frente a esta gente, que constituye el auténtico reino de las bestias, solo la ley preserva la civilización.

Y sí, extremismos ideológicos los hay a ambos lados del espectro político. Pero no se dejen engañar por las constantes advertencias: hoy por hoy, y con mucha diferencia, la violencia procede mucho más de la extrema izquierda que de la extrema derecha (si prefieren, de los antifas que de los nazis) y la amenaza a las instituciones está mucho más presente en ese lado del abanico, no en vano cinco millones de personas votaron al comunismo de Podemos mientras que ningún partido nazi, como es lógico, pudo concurrir a las elecciones.

Va siendo hora de olvidar la absurda mala conciencia de la democracia española y dejar claro, legalmente claro a ser posible, que tan reprobable e intolerable es ser nazi como ser comunista. El estado ha de defenderse a sí mismo y a los ciudadanos de la amenaza violenta que constituye la existencia de partidos comunistas que se aprovechan de la legalidad para subvertirla y que no tienen reparos en recurrir a la violencia para marcar su territorio.

 

 

 

Defender lo obvio

Se presentaba hoy, recogiendo firmas en plena Puerta del Sol, un movimiento para mí nuevo llamado “Hablamos español”, o si lo prefieren hispanohablantes.

Es como mínimo chocante ver qué principios se sienten algunos obligados a defender en la España democrática del siglo XXI. Y más chocante aún resulta que no lo hagamos los demás, más allá de echar nuestra firma de apoyo en un impreso. Porque lo que defiende esta gente es algo tan extravagante como que en España pueda utilizarse el español. Sí, tal como suena.

Eso nos da una idea cabal de hasta qué extremos hemos llegado en el papanatismo que nos lleva a considerar respetable, legítima y aceptable cualquier reivindicación que venga de uno de los nacionalismos que padecemos. Y además, no lo olvidemos, aguantando pese a las constantes cesiones que se acuse al estado de no respetar el hecho diferencial, de intentar ahogar las otras lenguas de España, y hasta de genocidio cultural.

Utilizar el español en España… Es una frase tan absurda que basta con sustituir español por francés o italiano y España por Francia o Italia para darse cuenta. Y sin embargo, hemos llegado hasta aquí a base de cesiones inconcebibles, lesionando los derechos de millones de ciudadanos y pisoteando, de paso, el más elemental sentido común.

Una anécdota sin mayor trascendencia. Cuando yo me estrenaba como abogado en Barcelona, la rotulación informativa de los juzgados estaba en español y en catalán. Quizá no al principio, que uno ya ni peina canas, pero pronto, con motivo de un lavado de cara a las vetustas instalaciones, todo pasó a estar en ambos idiomas. Perfecto. Hace unos pocos años se inauguró la flamante Ciudad de la Justicia de Barcelona, trasladándose al magno complejo todos los juzgados de la capital catalana. Todo nuevo, imponente… y ni un solo rótulo en español. Permítanme dejar por un momento de lado la legalidad de esa decisión: piensen tan solo en una sola razón, en una sola ventaja para el ciudadano que pueda aportar la exclusión del español en la rotulación. Ninguna, evidentemente.

Otra: hace también unos cuantos años, juzgado de lo social, asunto que se cierra en el último momento, ya dentro de la sala, con un acuerdo que ha de plasmarse en secretaría. Todos los intervinientes, tanto partes como letrados, nos habíamos expresado en todo momento en español. La demanda se presentó en ese idioma también. Pero para nuestra sorpresa el funcionario, con evidentes dificultades, se empeña en redactarlo todo en catalán. A la vista de que no le resulta fácil los letrados acabamos por sugerirle que lo haga en español, idioma que en definitiva hemos empleado todos a lo largo de todo el procedimiento. Y el hombre, con cara de resignación, nos dice que su juzgado ha sido elegido como “juzgado piloto” para tramitarlo absolutamente todo en catalán.

Y otra, esta en Galicia: asisto en La Coruña a un acto de conciliación laboral por cuenta de una empresa de Barcelona. En el momento de entrar en la oficina a firmarla reparo en que el acta está redactada solo en gallego. Indico al letrado conciliador que mi cliente radica en Barcelona y que, dado que se trata de un formulario estándar, me hagan por favor un ejemplar en español. Me dicen que no existen modelos en español.

Debemos ser el único país en el mundo que ha conseguido convertir en un inconveniente lo que es una ventaja inmensa: disponer, en un territorio con varias lenguas, de un idioma común. Bien, no es exacto: no hemos convertido eso en un problema, sino que nos hemos creído que lo es, nos hemos dejado engañar por aquellos para los que sí lo es. ¿Y por qué lo es para ellos? Porque un idioma común une, acerca, aproxima, comunica. Y quienes desde siempre han tenido el objetivo confesado u oculto, explícito o implícito, de separarse de España han de crear necesariamente desunión, distancia, incomunicación, desconocimiento mutuo. En una palabra, romper vínculos. Y no hay vínculo más estrecho en una sociedad que el idioma común. Hay sociedades que no lo tienen, por supuesto, no en vano los independentistas ponen como ejemplo recurrente a la modélica Suiza. Cierto, pero créanme: ya quisiera Suiza tener un idioma común. Es una comparación absurda: Suiza no lo ha tenido jamás, nació sin tenerlo.

Nos presentan el idioma español como un arma de opresión, de colonización, como un instrumento de disolución de las identidades regionales en lugar de como un formidable medio de comunicación de ámbito global. Y sin cesar ni un instante de esgrimir ese escandaloso victimismo que les hace pasar por oprimidos cuando son ellos los que expulsan al español de la vida pública y de la administración, premian como un mérito en ocasiones determinante en las oposiciones el dominio del idioma local (lo cual evidentemente deja fuera a los ciudadanos del resto de España) y en los casos más extremos llegan a sancionar económicamente por no rotular en ese idioma local. Por no hablar del establecimiento de servicios de “normalización lingüística”, terminología excluyente que implica considerar anormal el uso de la lengua común.

Que unos padres no puedan decidir que sus hijos se escolaricen en español en cualquier lugar del territorio español es, lisa y llanamente, un insulto a la inteligencia. Que un ciudadano español no pueda presentarse a oposiciones en cualquier punto de España es una flagrante discriminación. Que se exija a los medios y administraciones el uso de la versión local de los topónimos con expresa exclusión de su versión española, mientras  a la inversa se traducen sin contemplaciones es ya una provocación humillante. Y que se impongan multas por no utilizar la lengua regional es sencillamente intolerable.

No hay ni una sola razón de interés general que sostenga esas medidas. Ni una sola. Todas las razones, por mucho que se vistan de protección de lenguas amenazadas, son de índole política, para la elaboración o exacerbación de una identidad diferenciada que solo beneficia a los intereses de los partidos nacionalistas. Unas lenguas tan amenazadas que pasan por el mejor momento de su historia, con medios de comunicación públicos que ni contemplan el español en su programación. Pero el victimismo sigue imperturbable, básicamente porque algunos lo siguen comprando presos de no se sabe qué mala conciencia.

Esta gente de la Puerta del Sol, en definitiva, aparte de defender los derechos colectivos de todos los españoles, pelea por algo por lo que no debería ser necesario luchar, que es por el sentido común. Ese que tantas veces nuestros políticos han vendido a nuestros peores enemigos a cambio de un plato de votos. Así que no les dejemos solos, que va siendo hora de decir basta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta los cojones.

Pues sí. Hasta los mismísimos cojones de tener que aguantar en prensa y medios audiovisuales a unos políticos catalanes tachando a España, su gobierno y judicatura de fascistas y nazis. De contemplar cómo se da carta de naturaleza a una situación demencial, impensable en cualquier país de nuestro entorno, por la cual un prófugo de la justicia y un puñado de procesados en libertad condicional e incluso detenidos forman candidaturas electorales y participan en la campaña.

De la cantinela totalmente inventada de que Cataluña es una nación oprimida. ¡Salgan a la calle y miren a su alrededor! De la chorrada malintencionada de que España sigue anclada en el franquismo, cuando los únicos que no han hecho la transición en España son precisamente los nacionalistas.

Del insultante despilfarro que llevamos años soportando los ciudadanos catalanes, en forma de subvenciones, cargos a medida y ayudas a todo tipo de entidades dedicadas en cuerpo y alma a expandir la gloria catalanista por España y el mundo, comprando voluntades y colocando amiguetes, y a denigrar paralelamente la imagen de España.

De estar pagando a un gobierno autonómico para que no haya gobernado en absoluto durante los últimos años. ¿Qué ha legislado la Generalitat en los últimos cinco años? De haber tenido toda una elefantiásica administración con su ingente presupuesto volcada en el fin ilegítimo de la independencia, descuidando las competencias que justifican su existencia en perjuicio directo de sus ciudadanos. Recortes sociales por doquier, pero que no falte nada para TV3, para el Diplocat o para el Consell de Garanties Estatutàries y para las entidades pancatalanistas en Valencia y Baleares.

Del cuento chino de que España nos roba, cuando ahora corren algunos a pedirle a esa España que nos perdone la gigantesca deuda (¡prácticamente a interés cero!) con la que nuestra expoliadora nos ha estado manteniendo durante años.

De que algunos puedan decir impunemente que España amenazó con un baño de sangre si la independencia se proclamaba y de que se nieguen a rectificar pese a haber sido desmentidos por todo el mundo.

De que algunos jueguen a los exiliados y a los presos políticos, insultando la memoria de los que no hace tantos años sí lo fueron y la inteligencia de los que conocemos el funcionamiento del estado de derecho. Y de que pese a ello no vacilen en retratarse con terroristas convictos y en contratar a sus abogados de cabecera.

De que se utilice todo, absolutamente todo, para ensuciar la imagen de España, de que se hayan descubierto planes para hundir la economía española, de que se hable impunemente de inminentes atentados de falsa bandera para torpedear el maldito “Procès”. Mentiras, calumnias e insultos son el menú cotidiano que hemos de tragar.

De que se repudie el separatismo pero se idolatre el catalanismo, que es el origen último de todos los males, esa superioridad moral, intelectual y de toda índole que se arrogan los políticos catalanes y que los del resto de España parecen siempre dispuestos a comprarles babeando de emoción.

De los mil heridos que nadie ha visto. De las lecciones de democracia de quienes patean la constitución, el estatuto y hasta los dictámenes de sus propios letrados.

De la pedantería insufrible de quienes presumen, sin fundamento alguno, de una cultura superior en todos los órdenes a la de sus vecinos. De la arrogancia sin límites de quienes ahora insultan a las instituciones europeas simplemente porque no parecen proclives a plegarse al diktat catalanista, después de haber dicho que se pelearían por tenernos en su club.

Del Barça y su patética directiva, vendida en cuerpo, alma y camiseta a la causa secesionista, convertida en brazo deportivo del proceso separatista, ignorando a la mitad al menos de su masa social.

De los referentes sociales que en el mundo del deporte, la cultura y la comunicación se mantienen cobardes y equidistantes, con silencios estruendosos

De TV3 y su nómina de sectarios propagadores de odio bajo el manto del humor, ese humor triste y agrio que destilan.

De escuchar a todas horas, en cuanto se reúnen más de cinco separatistas, el himno más triste y siniestro del mundo. De ver a los alcaldes agitando sus varas de mando a favor de la independencia despreciando a la parte de la ciudadanía a la que también representan.

Y finalmente, y casi diría que por encima de todo, del encaje. Permítanme que me recree en la grosería que encabezaba este artículo: ¡del encaje de los cojones! “Hay que encontrar la forma de que Cataluña encaje en España y se sienta cómoda”, no se cansan de decir. Damas y caballeros: el encaje de Cataluña en España es precisamente la Constitución cuyo aniversario hoy se conmemora. No necesitamos nada más, Cataluña como tal no es sujeto del que pueda predicarse la comodidad. La mayoría de ciudadanos catalanes nos sentimos perfectamente cómodos en España y no necesitamos ningún tipo de encaje. El encaje es la acción de encajar algo en otra cosa, y Cataluña no es otra cosa respecto de España. El que no se sienta cómodo en España siempre tiene la posibilidad de largarse a otro país. Y si no, la de intentar adaptarse al entorno en el que le ha tocado vivir, que es por cierto uno de los mejores del planeta en todos los aspectos. Que ya está bien de chorradas, hombre.

Hasta los cojones me tienen. Ya está.