La violencia de la extrema izquierda

Un hombre ha muerto en Zaragoza agredido por varias personas que, tras derribarle de un golpe en la cabeza con una barra de hierro, por la espalda, una vez tendido en el suelo se ensañaron golpeándole y pateándole. Tras unas horas en coma, la víctima falleció.

El fallecido, el asesinado más bien, de unos sesenta años de edad, lucía unos tirantes con la bandera española y había sido legionario.

Sus agresores, o al menos el que ha sido identificado como presunto autor material del golpe con la barra, es un joven que ya tiene antecedentes por haber dejado tetrapléjico a un policía municipal de Barcelona en el transcurso de los enfrentamientos subsiguientes al desalojo de unos inmuebles ocupados ilegalmente (me perdonarán, pero me niego a utilizar el término okupa porque legitima lo que no es más que un acto ilegal).

Este agresor fue el protagonista de una película documental llamada “La ciutat morta”, dedicada en buena medida a ensalzar la actividad del movimiento de la ocupación ilegal y a justificar su violencia, siempre presentada como defensiva ante las supuestas agresiones de la policía. La violencia de aquellos días, en lugar de encorajinar a las autoridades locales, tuvo el curioso efecto de que el alcalde Trías acabase pagando de las arcas municipales un alquiler para los locales ocupados y de que la entonces líder opositora Colau, hoy alcaldesa, se posicionase abiertamente a favor de los antisistema y contra las fuerzas del orden que hoy, paradójicamente, tiene a sus órdenes.

Estos son los hechos. Hay discrepancias sobre si antes de la agresión que derivó en asesinato o al menos en homicidio se produjo una discusión en el bar en que todos los implicados coincidieron. Parece ser que sí hay coincidencia en que se cruzaron palabras y que al luego fallecido se le reprochó por parte de los agresores su supuesta condición de “facha”.

El resultado, en resumen, es que un ciudadano que lucía unos tirantes con la bandera española fue asesinado a golpes, al parecer por un grupo, pero en todo caso por un individuo de reconocida ideología antisistema, de extrema izquierda, como consecuencia de una discusión motivada precisamente por el hecho de que la víctima luciese esos tirantes.

La extrema izquierda, por supuesto, ha sido incapaz de condenar el crimen, intentando por todos los medios desviar la atención hacia otras cuestiones, como por ejemplo un estúpido vídeo en el que alguien jugaba con la idea de invadir Cataluña a bordo de un tanque. Y es que la extrema izquierda revolucionaria, valga la redundancia, jamás abandona a los suyos porque comparte objetivos y métodos con ellos, y si no los despliega sin tapujos es porque todavía hay un estado de derecho que nos protege a los demás ciudadanos de sus acciones. No a todos y no suficientemente bien, como puede apreciarse en el caso expuesto. Pero nos protege como puede hacerlo, que es juzgando y encarcelando a los culpables de hechos como este cuando no ha podido lamentablemente impedirlos. Solo eso, la ley y la justicia, constituye la delgada línea roja que nos separa del salvajismo revolucionario, violento por definición, y partidario con escaso velo de la erradicación física del discrepante.

La extrema izquierda no cree en el sistema, y por tanto solo respeta la ley en la medida en que, o bien sea torticeramente útil a su propósito desestabilizador (véase a Pablo Iglesias recurriendo al Constitucional la aplicación del artículo 155), o bien le suponga un riesgo real de ingresar en prisión o recibir algún otro tipo de pena.

Frente a esta gente, que constituye el auténtico reino de las bestias, solo la ley preserva la civilización.

Y sí, extremismos ideológicos los hay a ambos lados del espectro político. Pero no se dejen engañar por las constantes advertencias: hoy por hoy, y con mucha diferencia, la violencia procede mucho más de la extrema izquierda que de la extrema derecha (si prefieren, de los antifas que de los nazis) y la amenaza a las instituciones está mucho más presente en ese lado del abanico, no en vano cinco millones de personas votaron al comunismo de Podemos mientras que ningún partido nazi, como es lógico, pudo concurrir a las elecciones.

Va siendo hora de olvidar la absurda mala conciencia de la democracia española y dejar claro, legalmente claro a ser posible, que tan reprobable e intolerable es ser nazi como ser comunista. El estado ha de defenderse a sí mismo y a los ciudadanos de la amenaza violenta que constituye la existencia de partidos comunistas que se aprovechan de la legalidad para subvertirla y que no tienen reparos en recurrir a la violencia para marcar su territorio.

 

 

 

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