El Coyote y el Correcaminos

Me entristece el espectáculo de un magistrado del Supremo jugando al gato y al ratón con un prófugo de la justicia. Entiendo que probablemente el juez ha actuado con inteligencia de cara a dos objetivos: conseguir que Puigdemont pueda seguir siendo juzgado por todos los delitos que le imputa, y no solo por aquellos que un país extranjero pueda encontrar en su código penal, e impedir que una detención precipitada (que no evitaría la cuestión que acabo de citar) permita además al prófugo delegar su derecho de voto activo y quién sabe si el pasivo, es decir, ser elegido.

Ahora bien, no concibo cómo es posible que una cuestión de esta envergadura no haya sido hablada previamente por fiscal y magistrado. Sí, la justicia es independiente, pero estamos hablando del Supremo y del asunto de mayor trascendencia que se ha juzgado en varias décadas: rebelión y sedición nada menos, cometidas por una administración autonómica en bloque. ¿No tiene sentido suponer que la lógica aconsejaba que el fiscal le comentase al juez su intención de pedir la renovación de la Euroorden y este le anunciase su posición contraria? ¿Era necesario llegar a tener que plasmar en un auto judicial una estrategia que, pareciéndome inteligente como he dicho antes, sabemos positivamente que va a ser utilizada para desacreditar la justicia española en base a sus motivaciones?

A Puigdemont le ha salido en el juez Llarena un formidable rival, un maestro del ajedrez. Pero el gobierno debería colaborar a que ese maestro no se queme con autos innecesarios. Caramba, que esta petición no la ha planteado la acusación particular de Vox, sino el fiscal del Supremo. Un poco de mano izquierda debería suponérsele.

Luego está el inefable Zoido, valorando la posibilidad de que Puigdemont se le cuele en el maletero de un coche: blindamos fronteras con cientos de agentes y rodeamos el parlamento catalán para evitar que el ilustre prófugo logre alcanzar la pared y gritar “¡salvado!”. El problema es que a mí eso me recuerda inevitablemente esas películas de ladrones de guante blanco, en que un cuadro o una joya se protegen con desmesuradas medidas de seguridad cuando todos sabemos que el Raffles o el Fantomas de turno conseguirá su objetivo. A fin de cuentas, si los separatistas han conseguido colarnos en nuestras narices dos elefantes del tamaño de los referendos del 9-N y del 1-O, ¿no van a saber introducir al Muy Huidizo Presidente, que sé yo, en el carrito del catering?

No me gusta ver al estado, con toda su maquinaria, comportándose como el Coyote en pos del Correcaminos, utilizando artificios marca ACME para pillar al repelente plumífero. Debería marcarse una diferencia: no es lo mismo el estado de derecho que un payaso. Y debería impedirse que el fugitivo siga sembrando cizaña por Europa no solo impunemente, sino cobrando el sueldo de parlamentario que le pagamos todos. Es decir: no hay que blindar España para que el tipo no entre, sino que hay que asumir la responsabilidad que implicará detenerlo una vez aquí, aunque sea tras haber sido investido presidente de Tractoria. Y hay que mover los hilos diplomáticos y de servicios secretos para que Puigdemont, como cualquier prófugo de la justicia, se sienta perseguido de forma efectiva. Que tenga que ir huyendo y escondiéndose, en lugar de pavoneándose. Por dignidad y por prudencia. Dignidad porque el poder del estado no puede encogerse o agrandarse en función de las maniobras del personaje. Y prudencia porque… ¿se imaginan por un momento que pese a todas las medidas logra colarse en el parlamento?

 

 

 

Yo fui catalán

Igual que fui joven o tuve pelo, fui catalán. En esos tiempos que ahora parecen tan remotos, ser catalán era sinónimo de seriedad, laboriosidad, formalidad, cultura, modernidad, cosmopolitismo, libertad… No voy a entrar ahora en la enojosa tarea de determinar si esas virtudes se correspondían con la realidad, porque lo cierto es que durante mucho tiempo toda España se rendía sin resistencia a “lo catalán”, curiosa condición que prácticamente eximía de cualquier actividad probatoria. Una magnífica tarjeta de presentación, aunque ahora algunos quieran hacernos creer que España nos ha despreciado, humillado, ninguneado secularmente. Falso de toda falsedad. Pero es que en Cataluña llevamos décadas viviendo en y de la mentira. No vale la pena insistir en ello.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, ser catalán se ha convertido en una rémora. He de decir que a mí jamás nadie me ha reprochado nada, pero no hace falta. Sé que no soy el único catalán avergonzado del espectáculo bochornoso que nuestra región está dando, gracias a una clase política instalada en la rebelión abierta que ha conducido a buena parte de la población a la demencia, para decirlo sin tapujos. Un proceso a ninguna parte y sin ningún fundamento más allá del estricto capricho, de la insolidaridad, del rencor inducido y de la búsqueda desesperada de la impunidad. Hay que repetirlo: no hay razones históricas, ni sociales, ni económicas, ni políticas, ni jurídicas que sustenten la pretensión independentista. Pero tanto da: ellos han decidido que Cataluña va a ser independiente sí o sí, pese a quien pese, con o sin mayoría, con o sin reconocimiento internacional, con o sin recursos económicos, con o sin derecho, con o sin paz. Para ello vulnerarán leyes, hasta las suyas propias. Abandonarán sus funciones y competencias. Mentirán, calumniarán, malversarán, dividirán y enfrentarán. Aplicarán varas de medir radicalmente distintas, manipularán y utilizarán absolutamente cualquier arma a su alcance.

Nada de eso tiene que ver con aquel ser catalán que yo conocía y con el que me identificaba sin problemas. El catalán pragmático y realista, respetuoso del orden, creativo y emprendedor. Europeo y abierto. El catalán nacionalista, el nuevo catalán que ha alumbrado el siglo XXI aunque ya se engendró en el XX, es muñidor insaciable del presupuesto público, es irresponsable, está dispuesto a poner la riqueza del territorio en manos de grupos antisistema por la simple razón de que coinciden en su odio a España. Es rencoroso, insolidario, vive ajeno a la realidad. Se queja constantemente de una opresión inexistente, rehuye sus responsabilidades acomodándose en la atribución de las culpas de todo al enemigo imaginario e ignora que su situación es exclusivamente consecuencia de sus propias decisiones. Y cuando se le ha dado la oportunidad ha reincidido en el error, se ha mostrado contumaz en el desafío al sentido común, a la legalidad y a la realidad. Ha depositado su confianza en un orate fugitivo de la justicia.

Ha dejado de importarle su bienestar real y se ha sumergido en un infantilismo totalmente impropio de una sociedad avanzada. Se ha convencido de vivir en una situación insostenible cuando habita en uno de los mejores rincones del planeta, desde todos los puntos de vista. Cuando su visión se da de bofetadas con la legalidad, con la democracia, con la sensatez, se convence de que está inventando una nueva forma de hacer y de existir. Ha llegado a convencerse, contra toda evidencia, de que es el mejor pueblo del mundo. Ha pasado a renegar de sus antiguos ídolos por su tibieza para abrazar a terroristas.

Sí, fui catalán. Si eso ha de ser Cataluña, ya no puedo serlo.