Yo fui catalán

Igual que fui joven o tuve pelo, fui catalán. En esos tiempos que ahora parecen tan remotos, ser catalán era sinónimo de seriedad, laboriosidad, formalidad, cultura, modernidad, cosmopolitismo, libertad… No voy a entrar ahora en la enojosa tarea de determinar si esas virtudes se correspondían con la realidad, porque lo cierto es que durante mucho tiempo toda España se rendía sin resistencia a “lo catalán”, curiosa condición que prácticamente eximía de cualquier actividad probatoria. Una magnífica tarjeta de presentación, aunque ahora algunos quieran hacernos creer que España nos ha despreciado, humillado, ninguneado secularmente. Falso de toda falsedad. Pero es que en Cataluña llevamos décadas viviendo en y de la mentira. No vale la pena insistir en ello.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, ser catalán se ha convertido en una rémora. He de decir que a mí jamás nadie me ha reprochado nada, pero no hace falta. Sé que no soy el único catalán avergonzado del espectáculo bochornoso que nuestra región está dando, gracias a una clase política instalada en la rebelión abierta que ha conducido a buena parte de la población a la demencia, para decirlo sin tapujos. Un proceso a ninguna parte y sin ningún fundamento más allá del estricto capricho, de la insolidaridad, del rencor inducido y de la búsqueda desesperada de la impunidad. Hay que repetirlo: no hay razones históricas, ni sociales, ni económicas, ni políticas, ni jurídicas que sustenten la pretensión independentista. Pero tanto da: ellos han decidido que Cataluña va a ser independiente sí o sí, pese a quien pese, con o sin mayoría, con o sin reconocimiento internacional, con o sin recursos económicos, con o sin derecho, con o sin paz. Para ello vulnerarán leyes, hasta las suyas propias. Abandonarán sus funciones y competencias. Mentirán, calumniarán, malversarán, dividirán y enfrentarán. Aplicarán varas de medir radicalmente distintas, manipularán y utilizarán absolutamente cualquier arma a su alcance.

Nada de eso tiene que ver con aquel ser catalán que yo conocía y con el que me identificaba sin problemas. El catalán pragmático y realista, respetuoso del orden, creativo y emprendedor. Europeo y abierto. El catalán nacionalista, el nuevo catalán que ha alumbrado el siglo XXI aunque ya se engendró en el XX, es muñidor insaciable del presupuesto público, es irresponsable, está dispuesto a poner la riqueza del territorio en manos de grupos antisistema por la simple razón de que coinciden en su odio a España. Es rencoroso, insolidario, vive ajeno a la realidad. Se queja constantemente de una opresión inexistente, rehuye sus responsabilidades acomodándose en la atribución de las culpas de todo al enemigo imaginario e ignora que su situación es exclusivamente consecuencia de sus propias decisiones. Y cuando se le ha dado la oportunidad ha reincidido en el error, se ha mostrado contumaz en el desafío al sentido común, a la legalidad y a la realidad. Ha depositado su confianza en un orate fugitivo de la justicia.

Ha dejado de importarle su bienestar real y se ha sumergido en un infantilismo totalmente impropio de una sociedad avanzada. Se ha convencido de vivir en una situación insostenible cuando habita en uno de los mejores rincones del planeta, desde todos los puntos de vista. Cuando su visión se da de bofetadas con la legalidad, con la democracia, con la sensatez, se convence de que está inventando una nueva forma de hacer y de existir. Ha llegado a convencerse, contra toda evidencia, de que es el mejor pueblo del mundo. Ha pasado a renegar de sus antiguos ídolos por su tibieza para abrazar a terroristas.

Sí, fui catalán. Si eso ha de ser Cataluña, ya no puedo serlo.

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2 pensamientos en “Yo fui catalán

  1. Desde luego, uno de los grandes descalabros que ha traído esta situación es la que te refieres. El deterioro de la marca Cataluña o como quieras llamar al conjunto de características que se atribuían a ser catalán es casi irremediable.

    Desde siempre he admirado al pueblo catalán, incluso antes de tener contacto con Cataluña. La percepción que se tenía en el resto de España es justo la que describes, y cuando llegué a Barcelona, hace ya casi 20 años, no hizo sino confirmarse. Recuerdo, a modo de anécdota, lo mucho que me llamó la atención ver a la gente en el metro leyendo libros. Una estampa que no hizo sino confirmar que estaba en un lugar en el que la gente se preocupaba por la cultura y el progreso.

    Hoy ya no vivo en Barcelona, y aunque todos mis recuerdos de Cataluña y los catalanes son positivos, a veces me sorprendo a mí mismo teniendo que luchar contra ideas que no me gustan. Es el gran daño que han hecho los independentistas, el ser humano tiende a generalizar, y aunque todo lo que ha aportado Cataluña a mi vida ha sido bueno, el deseo de que esta gente que no es capaz de valorar todo lo que tiene reciba una lección que les abra los ojos, me lleva en ocasiones a meter a todos en el mismo saco. Si esto me ocurre a mí que tengo Cataluña como mi tierra de adopción, imagina lo que será para otras personas que jamás la hayan pisado y toda la percepción que tengan sea la transmitida por esta locura independentista.

    Hace poco estuve viviendo un año en Filipinas, y tuve la ocasión de comprobar lo que es vivir con problemas auténticos. Toda esta gente que muestra esa amargura por la “opresión española” debería saber lo que es vivir en ciudades sucias, sin servicios, estar rodeado de pobreza todo el tiempo, no tener apenas nada que echarse a la boca, y aun así, exhibir una sonrisa permanente y una actitud positiva ante la vida como hacen los filipinos. Tal vez en ese entorno tomarían conciencia de lo absurdo de su “sufrimiento”.

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