La burla como antídoto

Nada hay más letal para un proceso que se pretende épico, heroico, histórico y hasta glorioso, que el ridículo y la burla.

En este sentido, el tristemente famoso “procès” puede darse por muerto, sin perjuicio de que las corrientes subterráneas puedan hacerlo aflorar de nuevo en cualquier momento.

La manifestación de ayer en Barcelona reivindicando una imaginaria Tabarnia como nueva comunidad autónoma española si Cataluña consigue la independencia fue un magnífico compendio del cachondeo y el desparpajo con el que el llamado (con rabia y odio) unionismo se toma a los separatistas. Simple y llanamente les han, les hemos perdido el respeto. Iba a decir el miedo, pero eso hace ya tiempo que lo enterramos.

Ayer se sucedieron una serie de “terribles ofensas” al nacionalismo, empezando por la ofrenda floral al mismo monumento en el que ellos depositan cada 11 de septiembre sus coronas de flores y acabando por la simbólica toma de la plaza de San Jaime, donde radica el palacio de la Generalidad. Pasando, claro está, por el recochineo constante y festivo: el Waterloo de Abba sonando por los altavoces, las máscaras de papel con la cara de Boadella, los lemas honorablemente birlados y burlados, el himno de España gritado más que cantado con el “lolo lolo…”. No faltó nada. Y todo en un tono festivo totalmente opuesto al fúnebre y sombrío “Bon cop de falç” y a las manifestaciones uniformizadas a la coreana de cada 11 de septiembre.

A mayor abundamiento, el humorista Joaquín Reyes hizo en El intermedio una parodia del fugitivo Puigdemont, que previamente ya había sido objeto de burla en una carroza de carnaval en la propia Bélgica, mientras los humoristas gráficos de la prensa española (no los de Cataluña, claro, subvenciones mandan) se ensañan con el prófugo.

El proceso ha alcanzado su punto de no retorno: el ridículo y la vergüenza. Con la inestimable ayuda, todo hay que decirlo, de sus propios protagonistas, empecinados en enlazar propuestas, a cual más rocambolesca y disparatada.

El proceso muere entre carcajadas. Pero estemos alerta, porque como todavía manejan el presupuesto y los medios de comunicación no hay duda de que volverán a las andadas. Y entonces puede que lloremos todos. Ellos y nosotros.

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