Sant Jordi en Callao

Suena raro, pero es que los de Societat Civil Catalana son así: les gustan los retos. En plena vorágine independentista convocaron en Barcelona, a pelo, una manifestación sin duda mucho más numerosa que las de los separatistas.

No contentos con ello, al cabo de tres semanas van y lo repiten con éxito similar. Era divertido ver cómo los balcones con esteladas permanecían cerrados a cal y canto al paso de los cientos de miles de manifestantes. Podíamos sentir las miradas turbias y rabiosas tras las cortinas corridas.

En su rareza, los de SCC huyen de personalismos, afrontando el riesgo de discontinuidad que ello supone de cara a la consolidación de una imagen en los medios de comunicación: en cuatro años han tenido diversas caras visibles: Bosch, Gomá, Domingo, Rosiñol… Lo cual demuestra que el proyecto no es personalista, sino colectivo y transversal.

Su última y bendita ocurrencia es plantarse el día de Sant Jordi en plena plaza madrileña de Callao y regalar rosas a los transeúntes siguiendo la tradición catalana para ese día. Una rosa acompañada de un relato que equipara al dragón con el separatismo y que aboga por compartir esa tradición con Madrid y convertirla en un vínculo más que una ambas ciudades.

Así que ya saben: mañana Sant Jordi alanceará al dragón en pleno centro de Madrid. Si piensan asistir, madruguen: las existencias de rosas son limitadas. No olviden que es un obsequio y oigan, en definitiva somos catalanes… 😉

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Las nacioncillas rabiosas y el estado voluntariamente indefenso

Lo de “nacioncillas rabiosas” es brillante y antigua creación de Alejo Vidal Quadras, aclaro antes de continuar.

Observen los últimos movimientos: Alemania tumba (en primera instancia, cierto) la acusación de rebelión del Tribunal Supremo. El ministro de Hacienda español cuestiona la alegación de malversación de recursos públicos, con lo cual todo el proceso penal contra los golpistas catalanes queda pendiente de un frágil hilo. El parlamento catalán sigue recreándose en su inoperancia generosamente retribuida, utilizando cada recurso reglamentario no para intentar hallar un candidato válido, sino para alimentar la tensión con el estado. Los medios de comunicación públicos catalanes, y buena parte de los privados que viven de las subvenciones y ayudas públicas, vomitan a todas horas el odio contra España y proclaman el heroísmo y la limpieza de la revolución catalana.

Miremos un poco más al noroeste. La ETA emite un comunicado en el que expresa algo parecido a una suave disculpa, de la que excluye a todo aquel que no forme parte del “pueblo vasco”. Los obispos vascos, en otro comunicado, se reconocen en alguna medida cómplices de la locura totalitaria que llevó al terrorismo y también, a su siempre sinuosa manera, se disculpan por sus “errores”. Y en paralelo recuperan la matraca del acercamiento de los presos a las cárceles vascas. Por su parte el gobierno vasco, que había vetado los presupuestos de Rajoy en tanto permaneciese la aplicación del 155, levanta el pie del acelerador y no formula enmiendas a la totalidad, permitiendo así que se abran esperanzas para su aprobación. Recuerda su reivindicación de traspaso de la competencia en materia de prisiones (curiosa coincidencia con lo de los obispos, ¿no?). Y por supuesto afila el lápiz para arañar (vaya rasguño) otros 3.000 millones de euros, dicen, al estado. Al tiempo que algunas viejas glorias del nacionalismo vasco alumbran una especie de pacto por el derecho a decidir que, a semejanza del catalán, contempla como final de trayecto un referéndum de autodeterminación.

Salgamos ahora de las estrechas fronteras de nuestro país. El separatismo catalán está ganando por goleada la batalla de la comunicación. De forma inexplicable para cualquiera que tenga algo de sentido común, lo cierto es que una simple autonomía sin competencias en política exterior ha logrado acceso y simpatías en la mayor parte de los medios de comunicación internacionales. Medios que, evidentemente, contribuyen a modelar la opinión pública que a su vez influye, como no puede ser de otra manera, en los jueces que toman decisiones sobre los prófugos catalanes y en los políticos que han de determinar la política respecto a este asunto. El estado, por su parte, se muestra inoperante, torpe, lento y anticuado en sus reacciones. Que además son siempre eso: reacciones, jamás iniciativas.

Alguien, lamento no recordar quién, escribía hace poco que el problema es que el estado está afrontando con armas e instrumentos de los siglos XIX y XX un golpe de estado del siglo XXI. Y así es. Un golpe de estado (porque no otra cosa es lo que está teniendo lugar en Cataluña, y en privado ni los separatistas te lo niegan), en la actualidad, se gana en los medios, en las redes, en la tecnología, en la imagen. Porque todos esos elementos son los que en última instancia acaban configurando la opinión pública, y al final esa opinión pública es la que acaba formando gobiernos, derribando otros y forzando modificaciones legales y sentencias judiciales. No estamos ganando la batalla de la comunicación, ni la tecnológica, ni la de la imagen. Y si pensábamos que estábamos ganando la política y la jurídica, ya vemos que era un espejismo: los gobiernos europeos nos darán su tibio apoyo en la medida en que el estropicio no se haga demasiado grande y sepamos resolver las cosas con discreción y sin sangre. Y de momento en el terreno jurídico, más allá de nuestras fronteras, vamos de varapalo en varapalo, lo cual demuestra que ellos conocían mucho mejor que nosotros la realidad legal europea. La lamentable realidad legal europea y las muchas grietas que ofrece, me atrevo a añadir. Pero es la que es. Y resulta imperdonable que la flamante legión de abogados del estado que asesora al gobierno no tuviese presente esta eventualidad.

Por alguna razón que se nos escapa, y que se mueve en el amplio abanico que engloba la incompetencia, la cobardía, el error de cálculo y la complicidad fundada en intereses de diversa índole, el estado ha decidido permanecer voluntariamente indefenso. Es como si un país decidiese deliberadamente no modernizar sus fuerzas armadas, mantenerlas en una posición tecnológicamente atrasada, no estudiar ni anticiparse a los movimientos de sus potenciales enemigos. Del mismo modo España por alguna extraña causa ha decidido en los últimos años no modernizar su arsenal legislativo y por lo tanto no adaptarlo a las nuevas amenazas. En una palabra, ha renunciado a defenderse como estado, dejando a sus fieles servidores, los que quedan, prácticamente indefensos al tener que utilizar herramientas que han quedado totalmente superadas en el tiempo. Ha renunciado también a defender allende sus fronteras su imagen como estado democrático y moderno, cediendo el terreno y la iniciativa a quienes desde su propio corazón la quieren destruir.

No es extraño, pues, que las nacioncillas rabiosas vean como propicia esta ocasión para intentar acabar de desarraigarse de la nación común. Y no es raro tampoco que las mayores prisas surjan cuando las encuestas señalan el curso ascendente de un partido que, sobre el papel, parece decidido a alterar esas inercias. Otra cosa será que, caso de alcanzar el poder, cumpla o no esas expectativas, por cálculo partidista, por choque frontal con una realidad mucho más enquistada de lo que puede parecer, o por simple cuestión aritmética.

La gran duda es si una hipotética reacción llega o no demasiado tarde. Y si las nacioncillas rabiosas conseguirán su propósito, teñido de insolidaridad y de supremacismo, y con inquietantes dejes totalitarios en algunos casos, o si la vieja nación logrará reaccionar y, no solo eso, tomar la iniciativa para garantizar que la amenaza no se reproducirá en un largo tiempo.

Los burladeros legales

_DSC0015Siempre que pierdo un juicio (que no el juicio), y eso sucede con alguna frecuencia a todos los abogados, intento hacer un ejercicio con el cliente: plantearnos juntos que tal vez no teníamos la razón legal de nuestra parte. Analizar la sentencia no desde la perspectiva del derrotado y cabreado, sino como si la viese un tercero totalmente ajeno. Es difícil para el cliente, pero conveniente.

En el caso de la resolución de un tribunal de Schleswig – Holstein sobre la entrega o no de Carles Puigdemont a España para ser juzgado por rebelión y sedición se impone hacer ante todo esa reflexión. Y a mí, a falta de cliente, me lleva a algunas conclusiones:

  • ¿Tienen los separatistas razón en sus pretensiones por el hecho de que se haya dictado una resolución que excluye en principio la entrega a España por el delito de rebelión? No, en absoluto: en mi opinión el propósito separatista sigue siendo ilegítimo y se ha intentado llevar a cabo por medios absolutamente ilegales.
  • ¿Ha dicho el juez alemán que Puigdemont no haya delinquido? No, en absoluto: simplemente ha anticipado que no ve correspondencia plena entre el delito español de rebelión y el alemán de Hochverrat o alta traición, básicamente por la valoración que se hace del elemento “violencia”.
  • ¿Significa esto que no pasa nada? No, en absoluto: es un torpedo en la línea de flotación de nuestro estado de derecho que nos abre un boquete muy difícil de sellar.

Eso en cuanto al fondo del asunto. En cuanto a lo que podríamos llamar la forma me resulta más difícil valorarlo con frialdad, porque me indigna constatar ciertos absurdos. He de decir de antemano que no soy penalista, y menos en el terreno internacional. Por lo cual me baso en la lógica y en los conocimientos generales del derecho. Y de ahí deduzco, o mejor me pregunto:

  • Se supone que la Unión Europea tiene una serie de requisitos que, una vez constatados, suponen un importante grado de confianza mutua entre los países miembros. Uno de ellos, por ejemplo, es la inexistencia de la pena de muerte en los respectivos ordenamientos penales.
  • Se supone también y de forma principal que la independencia judicial es uno de esos requisitos.
  • Cabe preguntarse si, en este contexto, tiene sentido que las solicitudes de entrega entre estados miembros, cuya pertenencia a la Unión acredita por sí misma el cumplimiento de esos requisitos, hayan de ser sometidas a verificación por parte del estado en el que se encuentra el acusado. Existiendo libre circulación de personas y una razonable homologación de tipos penales, la entrega debería ser automática.
  • Admitiendo ese control previo, que a mí personalmente me parece absurdo, lo que parece evidente es que debería limitarse a la comprobación de la existencia en ambos códigos penales del delito de que se trate. Pero nunca debería llegarse al punto de que el juez del país requerido evalúe las pruebas en que se basa la solicitud. Eso se dirimirá en el juicio correspondiente que se celebre en el país requirente. Y eso es lo que aparentemente está haciendo el juez alemán en este caso: valorar si el nivel de violencia que el juez español alega sería o no suficiente para una condena en Alemania.
  • Este extravagante y trasnochado mecanismo hace que, de facto, el juez del país requerido tenga en su mano la absolución del presunto delincuente. Y no olvidemos que ese juez decide en base a una información muy parcial, en un tiempo muy escaso, y sin haber tenido acceso directo a las pruebas en que se basa el juez del país requirente, que sí tiene conocimiento pleno del asunto.
  • En este caso, además, resulta que esa decisión del juez podría tener importantes repercusiones políticas en España, porque al desaparecer la imputación por rebelión el señor Puigdemont recuperaría los derechos políticos de los que hoy por hoy según el Tribunal Supremo carece.
  • ¿Tiene algún sentido que un juez extranjero, totalmente ajeno al caso, en base a unos escritos extremadamente resumidos, traducidos a toda prisa de otro idioma con la casi inevitable pérdida de matices que ello implica, tenga derecho a valorar en cuestión de días y por procedimiento de urgencia lo que el magistrado requirente lleva meses instruyendo en miles de folios y habiendo tenido ante sí además a declarantes y pruebas? ¿Tiene sentido que ese juez ajeno al asunto y con un conocimiento necesariamente limitado pueda adoptar una decisión que impida al otro acabar juzgando y dirimiendo si realmente el delito se cometió o no?
  • Es más, ¿qué sentido tiene que la decisión de juzgar la existencia o no de un presunto delito dependa de que exista también en un territorio distinto a aquel en que presuntamente se cometió? ¿A santo de qué esa prevalencia del derecho alemán, en este caso, sobre el español? Son reminiscencias de tiempos pretéritos que, sinceramente, carecen de sentido hoy en mi opinión.

Dicho lo cual, hay que dejar claro que se impone el respeto al sistema que nos hemos dado. Es lo que hay. Pero quizá a la vista de experiencias como esta no estaría de más plantearse cambiarlo, porque constituye un acicate para cualquier delincuente: al final resulta que el famoso Schengen va a servir para que delincuentes bien asesorados por abogados de postín aprovechen las sutiles diferencias entre unos códigos penales y otros para eludir la acción de la justicia. Ya ni necesitan huir al Brasil: les basta con subir a un autobús de línea. Qué gran avance, esto de la Unión Europea.

Desgraciados

He visto hoy un vídeo que me ha impactado. Más incluso que la chilena de Ronaldo o el incidente entre Doña Sofía y Letizia, que no es poco. Pueden verlo aquí, aparte de las fotos fijas que he colgado arriba.

Por si hay problemas al visualizarlo: en una de esas paradisíacas calas de la Costa Brava, los separatistas han decidido cubrir la playa con cruces amarillas, convirtiendo el idílico paisaje en un sombrío cementerio amarillo con decenas y decenas de crucifijos plantados en la arena. En las imágenes se puede ver a madres sujetando las cruces mientras chavales de 12 o 13 años las clavan con un martillo y otros se lo miran mientras engullen el bocadillo de la merienda.

La Costa Brava es uno de los enclaves estrella del turismo catalán. Un entorno ciertamente espléndido, con una luz deslumbrante. Una comarca rica, muy rica, que vive del turismo y de una imagen bien ganada de calidad, limpieza, hospitalidad y tranquilidad. Es evidente que la imagen mortuoria, tenebrosa y siniestra que representa una playa llena de cruces es la peor tarjeta de visita para atraer turistas que buscan la calma y la felicidad que un destino vacacional suele prometer.

Pero no quería detenerme en eso porque, oigan, a fin de cuentas los comerciantes y los vecinos de ese pueblo y esa comarca son tan mayorcitos y responsables de sus actos como los que han convertido su cala en un cementerio, y sin embargo lo han permitido. Cada uno es libre de arruinarse como considere oportuno. No, quería fijarme en esos padres que llevan a sus hijos, en plena edad de formarse una personalidad, a clavar cruces en un espacio público y convertir su paradisíaca playa en una sórdida evocación de la muerte y la desolación. Niños de 12 o 15 años que en lugar de jugar a la pelota o chapotear en la orilla golpean con semblante entre confuso y triste, martillo en ristre, esas maderas amarillas con las que pretenden hacerles creer que han perdido la libertad, la democracia y no sé cuántos derechos universales más.

Esos chavales, que se crían en una de las zonas más prósperas (por ahora) de España y Europa, que gozan de niveles de libertad, de estabilidad, de paz y de riqueza equiparables a no muchas otras partes del mundo, ven como sus padres y profesores les insisten en que lo que ven a su alrededor no es cierto. Que lo que parece libertad es en realidad opresión, que lo que se antoja riqueza oculta un expolio continuado. Que la enseñanza íntegra y exclusivamente en catalán que reciben en las escuelas es una especie de residuo fruto de una resistencia numantina frente a la constante agresión española. Que España es en realidad un país extranjero y hostil. Que su cultura está amenazada pese a que nada en la vida cotidiana parece indicar que así sea. Que su situación es tan insostenible que si para librarse de España hay que salir también de Europa el esfuerzo valdrá la pena. Que habrá helados como postre cada domingo. Esta es por cierto una de las más intrigantes proclamas de los separatistas: ¿qué impide a los padres catalanes comprar helados a sus hijos? ¿se los comen todos los niños españoles, o es que la Guardia Civil golpea a los niños que lamen cucuruchos por la calle? En fin…

Sí, ya sé qué me van a decir: que el otro día salió un crío de cuatro años disfrazado de legionario y balbuceando “El novio de la muerte”. No, miren: a todos de pequeñajos nos han disfrazado de algo (yo recuerdo con horror un disfraz de policía montada del Canadá) y nos han hecho cantar villancicos en la comida de Navidad. Pero convertir a los niños en sepultureros, inducirles a transformar las hermosas calas mediterráneas, acogedoras por definición y por uso, en escalofriantes olas de cruces mortuorias es indecente, es inhumano, es sucio, es vil y miserable. Realmente están enfermos, muy enfermos. Enfermos de odio y mentira.

Sois unos desgraciados. Y eso en realidad es lo de menos. Lo de más es que vais a convertir también a vuestros hijos en unos desgraciados. Estáis creando para ellos una Cataluña triste y deprimente, antipática y hostil. Nosotros podemos alejarnos de ella, pero vuestros hijos no, porque no les dejáis levantar la vista del ombligo nacionalista. Les estáis arruinando el futuro. Desgraciados.