Desgraciados

He visto hoy un vídeo que me ha impactado. Más incluso que la chilena de Ronaldo o el incidente entre Doña Sofía y Letizia, que no es poco. Pueden verlo aquí, aparte de las fotos fijas que he colgado arriba.

Por si hay problemas al visualizarlo: en una de esas paradisíacas calas de la Costa Brava, los separatistas han decidido cubrir la playa con cruces amarillas, convirtiendo el idílico paisaje en un sombrío cementerio amarillo con decenas y decenas de crucifijos plantados en la arena. En las imágenes se puede ver a madres sujetando las cruces mientras chavales de 12 o 13 años las clavan con un martillo y otros se lo miran mientras engullen el bocadillo de la merienda.

La Costa Brava es uno de los enclaves estrella del turismo catalán. Un entorno ciertamente espléndido, con una luz deslumbrante. Una comarca rica, muy rica, que vive del turismo y de una imagen bien ganada de calidad, limpieza, hospitalidad y tranquilidad. Es evidente que la imagen mortuoria, tenebrosa y siniestra que representa una playa llena de cruces es la peor tarjeta de visita para atraer turistas que buscan la calma y la felicidad que un destino vacacional suele prometer.

Pero no quería detenerme en eso porque, oigan, a fin de cuentas los comerciantes y los vecinos de ese pueblo y esa comarca son tan mayorcitos y responsables de sus actos como los que han convertido su cala en un cementerio, y sin embargo lo han permitido. Cada uno es libre de arruinarse como considere oportuno. No, quería fijarme en esos padres que llevan a sus hijos, en plena edad de formarse una personalidad, a clavar cruces en un espacio público y convertir su paradisíaca playa en una sórdida evocación de la muerte y la desolación. Niños de 12 o 15 años que en lugar de jugar a la pelota o chapotear en la orilla golpean con semblante entre confuso y triste, martillo en ristre, esas maderas amarillas con las que pretenden hacerles creer que han perdido la libertad, la democracia y no sé cuántos derechos universales más.

Esos chavales, que se crían en una de las zonas más prósperas (por ahora) de España y Europa, que gozan de niveles de libertad, de estabilidad, de paz y de riqueza equiparables a no muchas otras partes del mundo, ven como sus padres y profesores les insisten en que lo que ven a su alrededor no es cierto. Que lo que parece libertad es en realidad opresión, que lo que se antoja riqueza oculta un expolio continuado. Que la enseñanza íntegra y exclusivamente en catalán que reciben en las escuelas es una especie de residuo fruto de una resistencia numantina frente a la constante agresión española. Que España es en realidad un país extranjero y hostil. Que su cultura está amenazada pese a que nada en la vida cotidiana parece indicar que así sea. Que su situación es tan insostenible que si para librarse de España hay que salir también de Europa el esfuerzo valdrá la pena. Que habrá helados como postre cada domingo. Esta es por cierto una de las más intrigantes proclamas de los separatistas: ¿qué impide a los padres catalanes comprar helados a sus hijos? ¿se los comen todos los niños españoles, o es que la Guardia Civil golpea a los niños que lamen cucuruchos por la calle? En fin…

Sí, ya sé qué me van a decir: que el otro día salió un crío de cuatro años disfrazado de legionario y balbuceando “El novio de la muerte”. No, miren: a todos de pequeñajos nos han disfrazado de algo (yo recuerdo con horror un disfraz de policía montada del Canadá) y nos han hecho cantar villancicos en la comida de Navidad. Pero convertir a los niños en sepultureros, inducirles a transformar las hermosas calas mediterráneas, acogedoras por definición y por uso, en escalofriantes olas de cruces mortuorias es indecente, es inhumano, es sucio, es vil y miserable. Realmente están enfermos, muy enfermos. Enfermos de odio y mentira.

Sois unos desgraciados. Y eso en realidad es lo de menos. Lo de más es que vais a convertir también a vuestros hijos en unos desgraciados. Estáis creando para ellos una Cataluña triste y deprimente, antipática y hostil. Nosotros podemos alejarnos de ella, pero vuestros hijos no, porque no les dejáis levantar la vista del ombligo nacionalista. Les estáis arruinando el futuro. Desgraciados.

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5 pensamientos en “Desgraciados

  1. Desde luego, si hay algo peor que la situación que estamos viviendo es la certeza de que el problema se extenderá por décadas. Hasta que no se equiparen los nacionalismos con actitudes como el nazismo y el racismo y sean condenados con igual contundencia, este problema no tendrá solución. Porque el odio que se inocula de padres a hijos permanece a lo largo de las generaciones y no atiende a ninguna realidad. Simplemente enseñan a sus hijos una visión distorsionada que les condicionará para toda la vida.

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  2. A ver, fitipaldi. Esas cruces simbolizan las libertades y derechos que el gobierno del PP se está cargando en España. Cada cruz lleva el nombre de una libertad o de un derecho humano: libertad de expresión, libertad de información, derecho a decidir, derecho a una justicia imparcial, separacion de poderes, etc… Pero tu ya te has cuidado de no poner ninguna foto donde se vea, para poder mentir y adoctrinar a tus compatriotas, que es lo que te gusta. La verdad te da igual porque vives de tus mentiras, que hasta te debes creer. ¿Cuando dejareis de mentir? Que pena que dais, con sinceridad. En Europa también y os han calado, pandila de fascistas católicos peperos mentirosos.

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  3. El nacionalismo español es muy malo, porque no es nacionalismo real, que eso supondria amor por su patria, sino que es imperialismo del más barato. Que significa querer imponer a los demás tus própias miserias. Más nos valdria dejar en paz a los demás y cuidarnos de nuetra corrupción y miseria económica. Que tenemos los peores salarios de Europa y un desempleo que asusta. Por no hablar de una productividad de nivel africano. Vaya pena que damos.

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