La tormenta perfecta ya no es una pesadilla, sino una realidad visible

De los alegres muchachos surgidos de la facultad de políticas de la Complutense no había porqué esperar ninguna capacidad especial para la gobernación de un territorio o para la gestión más o menos eficaz de una administración. Y ello con independencia de su ideología. Ahí no se estudia para eso. Si además son comunistas, claro está, las dudas sobre esos extremos estarían más que fundadas a a la vista de la ya larga experiencia universal en ruina, miseria, violencia y opresión que el comunismo ha acreditado. Pero omitamos ese pequeño detalle, a los fines de esta columna.

Lo que sí cabía esperar razonablemente es una habilidad considerable para encontrar y explotar los medios para alcanzar el poder: la maniobra, un conocimiento profundo de los entresijos de la sociología política, una aplicación práctica de todas las tácticas de propaganda y de infiltración que en la historia se han utilizado y, sobre todo, una militancia activa, constante, con plena dedicación y sin más objetivo que ese: la conquista del poder y no precisamente con la vista puesta en la saludable alternancia propia de la democracia representativa y burguesa, sino con una poco disimulada pretensión hegemónica, totalitaria y, en definitiva, permanente. Vamos, de tomarlo para no soltarlo jamás so pretexto de la “necesaria” transformación de la sociedad.

Y ahí los airados jóvenes y no tan jóvenes de Podemos han acreditado sobradamente un aprovechamiento digno de matrícula de sus clases en la facultad. Su avance imparable por las vastas (tentado he estado de sustituir la v por una b…) praderas de la izquierda va poblando las márgenes de lápidas de formaciones políticas que se antojaban sólidas y solventes. El caballo de Atila, al lado de esta mesnada, era un animal respetuoso con el medio ambiente y la ecología. 

Parecía sin embargo que si una fortaleza había capaz de resistir el impetuoso avance de los orcos era la que tenía sede en Ferraz. Pero no. Está por ver todavía si Pedro Sánchez pasará a los anales de la historia socialista hispana como el mayor tonto útil que los tiempos han visto, espoleado únicamente por su irrefrenable ambición personal, César o paro, o como el audaz agente de una sofisticada maniobra de penetracion, infiltración y apoderamiento. Ya nada separa a los orcos de los muros de la democracia salvo un Partido Popular timorato en lo ideológico y dudoso en sus convicciones, bajo un liderazgo ensimismado, acosado por la corrupción y con la mirada puesta en el objetivo único de la perpetuación de la supervivencia personal, y un Ciudadanos que corre como pollo sin cabeza en busca de su ubicación en el centro del panorama político.

Y contemplando desde la distancia con satisfacción indisimulada, los separatistas saben que se acerca su momento, ese en que los defensores del castillo tendrán que concentrar todas sus fuerzas en contener a los orcos debilitando por tanto su resistencia en otros frentes. Una moción de censura ahora, con el componente de inestabilidad política que conlleva incluso sin tener posibilidades aritméticas de prosperar, es el escenario ideal para que se produzca el golpe. ¿Cómo podría pactar el PP una reacción institucional con quien respalda una moción de censura? Los presuntos conservadores deberían afrontar con su sola mayoría en el Senado la cada vez menos hipotética aplicación del 155, con la carga de violencia cada vez menos indubitada que implicaría.

Eso o… Eso o que en el PSOE un grupo de kamikazes, de hombres buenos sin miedo a la lapidación política y tal vez hasta física, decida que puede haber, contra toda evidencia histórica, una izquierda española que no se avergüence de serlo y sea consciente de que sí, Podemos ha ganado las primarias del PSOE, pero la mitad de su militancia no merece quedarse sin representación parlamentaria.

La tormenta perfecta ya es visible en el horizonte. Urge marinero experto.

Mi vecino me roba

Cuando acabe el año habré pagado en impuestos diversos (IVA, IRPF, IBI, tasas diversas) y cotizaciones sociales propias (como autónomo por una parte y calculando por otra la diferencia entre el coste que mi nómina supone a la empresa y el neto que finalmente percibo) probablemente más de 50.000 euros. 

No he usado nunca a mis 56 años la sanidad pública. Por falta de necesidad, afortunadamente, y porque las mínimas necesidades sanitarias que he tenido las he cubierto con una mutua que me pago.

No tengo hijos, con lo cual no he hecho uso de los servicios de la educación publica (y seguramente de haberlos tenido y habérmelo podido permitir hubiesen acudido a la privada).

Utilizo poco los servicios del transporte público, soy peatón militante. 

Si todo este coste fiscal que he explicado en el primer párrafo no hubiese existido, es un suponer, ahora tendría unos ahorros que me convertirían, sin excesos ni exageraciones, en millonario. Hubiese aportado más a mi plan de pensiones, hubiera adquirido un apartamento en algún lugar de moda o por el contrario una casona en algún paraje apartado. Viviría probablemente en otra casa, tendría otro coche, habría adquirido, qué sé yo, antigüedades y obras de arte, o simplemente acumularía ese dinero en fondos de inversión y viviría, en suma, bastante mejor de lo que vivo. Y no vivo nada mal, que conste. Pero digamos que nadaría en la abundancia si a lo largo de mi vida laboral hubiese podido disponer de 50, 40, 30 o 20.000 euros más cada año. Y seguramente me habría evitado tener que recurrir a financiación bancaria para algunas operaciones.

Tengo un vecino. Sé más o menos lo que gana porque sé dónde trabaja y observo sus signos externos. Tiene tres hijos que se educan en el instituto del barrio y una suegra en casa que visita con inusitada frecuencia, pobre mujer, el ambulatorio de la Seguridad Social. Veo a su esposa meterse cada mañana en la boca del metro. Gana menos que yo, y seguro que al final del año ha pagado muchos menos impuestos que los que yo habré afrontado. 

De un tiempo a esta parte le miro con otros ojos. Siento que… cómo decirlo… sí, para qué andarme con rodeos: siento que me roba. Mi vecino me roba. Estoy siendo expoliado por mi vecino.

Y ojo, no es que yo no quiera ser solidario, nada de eso. Pero quiero decidir yo en qué medida y cuándo lo soy,  sin que esa solidaridad pueda en ningún caso significar que yo pierda poder adquisitivo. O sea, que si me sobra algo pues no tengo inconveniente en, a lo mejor, dárselo. 

Es un hecho incontrovertible que yo viviría mucho mejor si pudiese administrar el 100% de los recursos que genero, en lugar de tener que contribuir, vía exacción fiscal, al mantenimiento de mis congéneres, de esos vecinos con los que, en realidad, tengo poco en común, más allá de la coincidencia desafortunada de vivir bajo las mismas leyes. Pienso que incluso sería bueno para él que tuviese que vivir sin disponer de los recursos procedentes de mis ingresos. Eso le obligaría a aguzar el ingenio, a trabajar más. A la larga me lo agradecería. 

Definitivamente, creo que tengo derecho a decidir. Yo. Él no, porque claro, qué va a decir, acostumbrado como está a vivir subsidiado, a usar de los servicios que yo pago en mucho mayor medida que él. Pasa mucho tiempo en el bar, ahora que lo pienso.

Por cierto, ¿les he dicho que soy más alto, rubio, inteligente y guapo que mi vecino? ¿Y que mi familia es de aquí desde tiempos remotos? Mi vecino, en cambio, creo que tiene antepasados de fuera. A veces le he oído hablar en otro idioma. 

Nunca existió voluntad de diálogo

Ha bastado una simple frase, una sencilla invitación de la vicepresidenta del Gobierno, para que el mito de la voluntad de diálogo no correspondida tras el que se parapetaba con su victimismo habitual el independentismo se haya desmoronado como un castillo de naipes.

Hoy el Gobierno de España ha hecho lo que debía, que es mover una pieza en el tablero anticipándose al contrario, sin esperar por lo tanto, como lamentablemente venía siendo habitual, a las acciones separatistas para reaccionar. Y lo que ha hecho ha sido algo tan simple, pacífico, democrático y legal como invitar al presidente de la Generalitat a que lleve al Congreso o, mejor aún, a las Cortes Generales en pleno su propuesta de proclamación de independencia, de celebración de un referéndum, de cuarteamiento de la soberanía nacional de España, de modificación constitucional o, en suma, cualquier cosa que quiera proponer y que, como resulta evidente en cualquiera de sus versiones, afecta al conjunto de la Nación representada en esas Cortes.

¿Existe mejor lugar para dialogar que la sede de la soberanía nacional en la que por cierto también están presentes, con escasa coherencia, los diputados de los partidos independentistas? ¿Hay mejor escenario para parlamentar que un parlamento? ¿Puede decidirse en otro lugar lo que el presidente de la Generalidad pretende? No, no y no.

Pero sorprendentemente Puigdemont ha tardado apenas horas en rehusar con aparente desdén la invitación, que en realidad es un desafío. No es desdén: es cobardía. A Puigdemont y a todos sus vociferantes acólitos les han lanzado un guante y no se han atrevido a recogerlo. No hay huevos. Es más: ha respondido que solo irá al parlamento si previamente ha negociado y alcanzado un acuerdo. O sea, solo para salir ovacionado y poco menos que a hombros. Un valiente demócrata.

Porque en realidad nunca, jamás hubo la menor voluntad de diálogo. Bajo el falso concepto de diálogo se ocultaba un simple trágala. “Negociaremos el cómo y hasta el cuándo, pero nunca el qué”. Eso no es dialogar. Eso es imponer e intentar disimularlo bajo un manto dialogante y conciliador tan falso como las leyendas sobre el expolio o la opresión española.

¿Cambia esto las cosas de manera sustancial? No, evidentemente. Pero puede tener algún efecto. Por una parte, el separatismo no es un bloque monolítico. Sin duda habrá grupos que se planteen que es un error no aprovechar esta ocasión aunque solo sea para pronunciar un discurso victimista. Por otra, no puede ocultar que es un gesto cobarde, y ahí debería golpear con saña la oposición, como en la ceja partida de un boxeador. En tercer lugar, es la primera vez en muchísimo tiempo que el Gobierno español toma la iniciativa y consigue descolocar a la otra parte. La gran pregunta es por qué no se hizo antes. Y por último, en el peor de los casos, pone en evidencia para mucho ingenuo lo que muchos hemos sostenido siempre: nunca hubo voluntad de diálogo realmente. Nunca se ha pretendido cumplir la ley. Nunca han dudado de que sería necesario dar un auténtico golpe de estado para conseguir el objetivo de la independencia, y ni siquiera tienen la intención de simular un mínimo talante democrático.

Así que bienvenida sea la iniciativa de la vicepresidenta, eficaz aunque tardía.

Y ahora, a machacar: Puigdemont, cobarde.

La momia de Franco

Esta necrofílica historia de los restos mortales de Franco viene como anillo al dedo para visualizar las torpezas y habilidades de nuestra clase política. Amén de ejemplificar perfectamente cuáles son sus prioridades y hasta qué punto su principal dedicación cotidiana es la de realizar gestos de cara a la galería, inmersos como viven en un universo paralelo al de la sociedad, totalmente ajeno a ella salvo para nutrirse presupuestariamente.

Por algún extraño mecanismo psicológico colectivo que algún día deberíamos analizar, parece que entre un buen número de españoles todavía vende el argumento revanchista de una guerra sucedida hace ochenta años. Un buen amigo, por cierto, despacha estas disputas con un contundente y provocador (y por otra parte difícilmente rebatible): “hubo una guerra, ¿no? Pues haberla ganado!”. Pero bueno, el caso es que al parecer funciona, porque si no de qué iban algunos políticos a perder su tiempo en un argumento electoralmente irrelevante.

Y ahí empieza a notarse la astucia de unos y la torpeza de otros. Es un ejemplo de manual de cómo forzar los movimientos de otros. Nadie va a defender nada que tenga que ver con el franquismo. Por lo tanto una propuesta en ese sentido obliga a los demás a posicionarse en el lugar en que quien la hace sabe que no tienen más remedio que posicionarse. Por ahí, inteligente aunque vergonzosa maniobra de la extrema izquierda.

El PSOE, lógicamente, si no quiere ser tildado de tibio (y menos en plenas primarias), ha de lanzarse también sobre el cadáver del dictador. Pero al propio tiempo queda en evidencia su incoherencia por no haberlo hecho durante sus largos mandatos.

Ciudadanos se ve en la tesitura de elegir entre la despectiva abstención que reclamaría el sentido común y el voto favorable que le aleje de la sospecha injusta de heredero prefabricado del PP. Y hay que reconocer que la idea de crear un Arlington hispano en Cuelgamuros no es mala, porque sería de las pocas opciones que evitarían que la izquierda siguiese utilizando el símbolo franquista por excelencia.

Y el PP como siempre en Babia. Pierde otra votación, se coloca en la incómoda posición de desobedecer un mandato parlamentario, carga nuevamente con el sambenito de heredero del franquismo… un desastre. Cuando con un poco de astucia el tema podía haberse gestionado con mano izquierda: ante la evidencia de que El Valle, no nos engañemos, se ha convertido en un engorroso “pongo” indefendible en su actual configuración, la inteligencia aconseja anticiparse mandando un discreto emisario de alto nivel a la familia Franco sugiriéndoles que ellos tomasen la iniciativa de llevarse los restos del general a donde consideren oportuno. Con ello se hubiera desactivado este macabro enredo.

Pero claro, qué tontería: he mezclado PP y anticipación en la misma frase. Qué absurdo todo. Conformémonos con que al final alguien no pida (y consiga) colgar por los pies la momia de Franco en la Plaza Mayor.  

Escenas de Palau

‪Y mientras tanto, en un despacho de la Generalitat: “Verá, president, que vengo de parte de FCC y quería optar a la realización de las obras de la autopista…”. 

“Sí, mire, va a empezar usted por rezar tres Avemarías y dos Padre Nuestro en aquella ventanilla”. 

 “¿¿Tres Avemarías y dos Padre Nuestro?? ¡Pero eso es mucho, president!”. 

“No se queje, eh, que la semana pasada los de Ferrovial tuvieron que rezar cinco rosarios y tres credos”. 

“Collons. Quiero decir, ¡Ave María purísima!”. 

“Escolti, la indepen…, quiero decir la santidad, exige sacrificios. Ahora, que si su empresa prefiere manifestarse agnóstica, ya sabe, el limbo puede hacerse eterno…”. 

“¡¡No, por la virgen de Montserrat!! Voy a postrarme ahora mismo”. 

“Así me gusta. Ite, misa est”. 

El president levanta el teléfono mientras el visitante acude al confesionario: “Marta, avisa al prior de que este fin de semana le llevamos un par de ediciones nuevas del Antiguo Testamento”. 

“Alabado sea el señor, Jordi”. 

“Hágase su voluntad, Marta. Vendré a comer a las dos”.‬

Otra vez…

Pocas veces se ha visto tan nítidamente el valor, estrictamente pecuniario, del respaldo de un partido nacionalista a un presupuesto.

Ese es nuestro cáncer, en metástasis por toda la nación por la que nadie vela. Cada reyezuelo barriendo para su terruño evidentemente no implica que su suma vaya en beneficio del conjunto de la nación. Al contrario. Y siempre, siempre hay un gobierno dispuesto no ya a vender trozos de soberanía, que ya sería grave, sino a regalarlos y encima pagando para que los tomen. 

Cada vez estoy más convencido de que con el Estado Autonómico España no saldrá adelante. Y evidentemente no hay partido con opciones de poder que abogue por el único cambio constitucional que realmente urge, que es ese. Y no lo harán porque de ello depende la colocación de miles de militantes y el manejo disparatado de millones de euros, que a su vez sirven para acentuar las demandas de cada terruño, en un círculo vicioso que no tiene más final que la ruina colectiva.

Cuando leí que Rajoy se implicaba personalmente en el desbloqueo de la negociación presupuestaria con el PNV la imagen que me vino a la mente, perdónenme, fue la de unos pantalones a la altura de los tobillos.

Pase en profundidad 

Pase en profundidad el que Pablo le ha hecho a Pedro, o Iglesias a Sánchez si prefieren, con el anuncio de moción de censura. 

Cada vez está más claro que estos dos juegan en el mismo equipo, y que Sánchez es un auténtico submarino podemita en las mismas entrañas del PSOE. Me queda la duda de si esa actitud de Sánchez obedece exclusivamente a su desmedida y desesperada ambición personal por alcanzar el poder, o si forma parte de una estrategia pactada con los politólogos de la Complu para infiltrar y primero dinamitar y luego controlar los restos del PSOE, como ya hicieran con Izquierda Unida. Una cosa no excluye a la otra, por cierto. Pero que esa es la realidad me parece fuera de toda duda.

La moción de censura es en realidad contra la gestora del partido socialista y contra Susana Díaz que contra el propio Rajoy, aunque sea este su destinatario nominal. Sus posibilidades de prosperar en la Carrera de San Jerónimo son nulas, pero las de revolver las ya agitadas aguas de Ferraz son claras: el lógico rechazo socialista a apoyarla permitirá a Sánchez acusar al “aparato” de sostener al “corrupto Rajoy” y presentarse nuevamente ante las bases como el adalid del “no es no”.

Cuesta imaginar que esta iniciativa de los de Iglesias, justo ahora, no sea un auténtico regalo a Sánchez, un pase en profundidad para que marque un gol de lucimiento. Y aún más cuesta creer que el regalo, envenenado como todo lo que procede de la maquiavélica formación morada, no haya sido pactada previamente con un candidato corroído por la ambición y acuciado por el síndrome del último tren.