Os dijeron…

Os dijeron que una Cataluña independiente no saldría de Europa, y lleváis meses escuchando de todos los lideres europeos que tendréis que poneros a la cola para volver a entrar.

Os dijeron que las empresas no temían la independencia, y están huyendo en tropel.

Os dijeron que esta sería la independencia mejor preparada de la historia y que todo estaba perfectamente preparado, y de las escuchas judiciales se desprende que ellos sabían que no era así.

Os dijeron que erais la mayoría social y no la tenéis en votos, aunque sí, pero exigua, en escaños.

Os dijeron que en la escuela no se adoctrina y os estáis hartando de ver imágenes y grabaciones de críos coreando consignas y pintando esteladas.

Os dijeron que la independencia era para huir de la corrupción española, eso resulta que la Generalitat es el máximo exponente de corrupción organizada desde la propia institución y hasta desde la más emblemática familia presidencial.

Os dijeron que hubo mil heridos y al día siguiente había cuatro personas ingresadas, y los más emblemáticos de entre esos “heridos” se han revelado falsos.

Os dijeron que seríais el país más pacifista del mundo, sin fuerzas armadas, y ahora se sabe que estaban trabajando en la creación de un ejército.

Os dijeron que nada podría pararos y dos autos judiciales han hecho renegar a la mayor parte de vuestros líderes.

Os pidieron que os movilizaseis sin miedo y vuestro líder ha huido dejando en la estacada a los suyos y otros andan mendigándoos donativos para pagar las fianzas.

Os dijeron que los recortes eran culpa de España y ahora se está desvelando que la Generalitat despilfarraba cada mes 660 millones de euros en el proceso separatista que podían haberse destinado a mejoras sociales.

Os dijeron que la banca se pelearía por estar en Cataluña y las principales entidades locales han huido.

Os dijeron que la nueva república nadaría en la abundancia y las fugas de empresas echan por tierra todos los cálculos de ingresos fiscales, ya de por sí fantasiosos.

Os dijeron que las calles eran vuestras y os hemos demostrado que no es así, que somos al menos tantos como vosotros.

Os dijeron que odiábamos a Cataluña, pero nos manifestamos luciendo indistinta y orgullosamente la senyera y la bandera española, mientras vosotros habéis adoptado una enseña ajena a la historia de Cataluña.

Os dijeron que la vuestra era una “revolución de las sonrisas” y vuestros mensajes y acciones destilan odio, rencor y supremacismo.

Os dijeron que en cada Diada sacabais a la calle dos millones de manifestantes, y los cálculos objetivos demuestran que es físicamente imposible que fueseis más de la tercera parte de esa cifra.

Os dijeron que la independencia os llevaría a una república ejemplar y moderna y vais camino de una sociedad revolucionaria controlada por las CUP.

Os dijeron que la Unión Europea jamás expulsaría a Cataluña, pero resulta que sois vosotros los que queréis iros, y que sí quisieseis seguir circulando como ciudadanos europeos tendría que ser utilizando el pasaporte español.

Os dijeron, os dijeron, os dijeron…

¿Hasta cuándo vais a permitir que os sigan diciendo sin reaccionar ante tanta mentira?

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El gobierno de los piernas

Por si algún indepe me lee, cosa poco probable, y por si, dado ese caso, lo desconociese, cosa más probable, en español “ser un piernas” viene a significar ser un don nadie, sin categoría ni fortuna.

Miren esta foto:

Por sí sola debería bastar para que cualquiera en su sano juicio desertase de apoyar un proceso, independentista o de cualquier índole, encabezado por esta deprimente cuadrilla.

Empiecen por donde quieran. La señora de la izquierda que ha venido con las sandalias del pescador. El bien plantado Romeva que combina, es un decir, un traje casi negro con zapatos marrón claro. Junqueras, que se ha calzado las “wambas” de ir a buscar bolets. El presidente, a quien alguien debió decir un mal día que sus homólogos del Elíseo vestían siempre muy oscuro y el hombre, ni corto ni perezoso, se calzó un traje de camarero de bodas, bautizos y comuniones color ala de mosca del que ya no se ha desprendido jamás. Turull a su lado, con esa cara de Beria de la Garrotxa, emulador de su amo en el color fúnebre del traje. Detrás, el otro elemento del binomio de los “-ull”, el tal Rull, que siempre parece estar riéndose de alguna travesura o tal vez de sus incautos votantes. Y qué decir de las dos cariátides que completan la primera fila. Me abstendré de calificarlas, que luego me meto en jardines de difícil salida.No me extiendo: lúgubres, siniestros, tristes, mediocres, cutres, tan deprimentes como un bon cop de falç entonado a media voz.

Y dirán ahora ustedes: vale, sí, pero ¿y lo de “piernas”? Verán: fíjense en las wambas de Junqueras y los zapatos de Puigdemont. Justo en medio, detrás de ellos, hay una pierna sin dueño, una extremidad sin cabeza, salvo que asumamos que en el panorama paranormal catalán tener tres piernas es normal. En ese caso, el agraciado sería Rull (quizá por eso se ríe siempre).

Pero no: resulta que el Govern Legítim, Únic, Sacrosant i Autèntic de Catalunya tiró de foto de archivo, dada la dificultad operativa que suponía juntar para el retrato a presos y exiliados. Y en la foto elegida, última que se hicieron con ocasión de la enésima jornada histórica, aparecía Santi Vila, traidor a la causa que eludió la cárcel con exigua fianza por haberse apeado del tren cinco minutos antes de llegar a la estación.

Así, al Govern le sobran piernas. Le falta todo lo demás: dignidad, valentía, responsabilidad, cordura, sensatez, honestidad… Pero decididamente no le faltan piernas.

Es, literalmente, un gobierno de piernas.

¿Catalán yo?

Me reprochan algunos un “anticatalanismo enfermizo”, advirtiéndome escandalizados que eso supone una renuncia a mis raíces más profundas. Yo siempre he preferido decir que soy anti independentista furioso, sin matices. Ahora bien, no puedo dejar de admitir que la lluvia, no ya fina, sino torrencial, que procede de mi tierra y que consiste de manera abrumadora en un papanatismo supremacista fuera de toda razón histórica, está llevándome a identificar con cada día mayor frecuencia separatismo con catalanismo. Y es que no me veo capaz de definir qué demonios es el catalanismo como ideología política, más allá de una convicción pedante e irritante de superioridad moral. Les pongo un ejemplo, largo pero creo que interesante: es la traducción de una mínima parte de los estatutos de la Asociación de Municipios para la Independencia, que agrupa a unos centenares de ayuntamientos catalanes. En concreto de su exposición de motivos. O de vómitos, podríamos decir cambiando apenas unas letras de sitio. Es repugnante. Palpen el odio, el rencor, la mentira, la envidia apenas camuflada de desdén. Y eso lo firman “los tíos de la vara”, ya saben, los que van a toque de pito y de talonario a apoyar a los procesados a las puertas de los tribunales.

Sabemos que la situación actual de Cataluña respecto al estado español no difiere de la de otros pueblos que en un momento determinado de su historia han clamado por la libertad.

Todos sabemos que Cataluña es un país milenario con todo aquello que en derecho conforma una nación: lengua, cultura, derecho, tradición, instituciones, sentimiento de pertenencia, voluntad de ser. País abierto que acoge a todo el que quiera ser acogido.

Conocemos que las estructuras de poder de las metrópolis no permiten fisuras legales en su seno que posibiliten a los pueblos a ellas sometidas manifestar de forma efectiva sus anhelos de libertad; por lo tanto, cualquier iniciativa, por pacífica que sea, ha de ser ahogada con sentencias de tribunales encuadrados en las propias estructuras, con iniciativas legislativas agresivas por parte de mayorías ajenas al pueblo y con actuaciones coercitivas del poder ejecutivo central.

Sabemos que la historia del estado español tiene una merecida fama alrededor del mundo procedente de su intolerancia hacia todo aquello que no es su propia raíz cultural y nacional, en definitiva, hacia todo aquello que no es castellano. Desde el nacimiento de los estados modernos durante el Renacimiento, Castilla, núcleo básico de las Españas, “Castilla hizo las Españas”, dijo un poeta castellano, no supo estar nunca en el lugar que le correspondía, tratando a los pueblos y naciones asociados o sometidos como pueblos o naciones de segunda o tercera. 

Todos conocemos la historia que nos habla de guerras absurdas como las de Flandes, en la cual España enterró vidas, fortuna y prestigio para nada, y a la cual Cataluña se opuso de forma sangrienta; nos habla de los anhelos conseguidos por Portugal; nos habla del trato recibido por las antiguas colonias de América, Asia y Africa: ““Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia lo que ignora”, dice el mismo poeta. Y hoy el espíritu de España, que es el de Castilla, continúa exactamente igual. 

Es de todos conocido que este mismo espíritu agresivo, excluyente e inquisitorial, apartó a España de las corrientes científicas, políticas y humanistas que se desarrollaban en Europa y América. Cataluña, sin embargo, continuó manteniendo su lengua, su cultura, su derecho, sus costumbres, sus instituciones y su conciencia nacional desde antes de la misma formación del estado español, dentro del que Cataluña se ha sentido incómoda y menospreciada, obligándola constantemente a luchar con armas diversas para mantener y hacer valer su ser y su identidad. 

Todos conocemos el expolio fiscal histórico y actual, suficientemente documentado, iniciado con Felipe V y que ha continuado a lo largo del tiempo sin interrupción, intensificándose cada vez más las campañas contra Cataluña – contra sus símbolos de identidad y contra sus gentes – en los medios de comunicación de ámbito español y en las declaraciones de los políticos, particularmente en cualquiera de las campañas electorales. De todo esto queda constancia documentada en las hemerotecas y archivos audiovisuales. 

Sabemos que en Cataluña el trabajo, la ciencia, las artes, el pensamiento siempre han estado en la vanguardia de  la realidad y del sentimiento del pueblo, en contraposición a la dedicación de las élites españolas de habla castellana, dedicadas a la gran administración, el ejército y la judicatura. Nos remitimos al Decreto de Nueva Planta para fundamentar el inicio de este hecho. 

Tenemos muy presente que las agresiones a Cataluña a través del menosprecio de su lengua, el ahogamiento de su economía por diversas vías _comunicaciones, incentivos a competencias contrapuestas, fiscalidad, incumplimiento presupuestario y una larga lista de agravios-, el rechazo constatado a todo aquello que nos configura como pueblo y como nación milenaria comporta la necesidad de volver a ser lo que, de hecho, nunca hemos dejado de ser: un pueblo, pero con un estado propio que posibilite vivir en paz y haga posible el trabajo de nuestra gente sin ser expoliados ni expoliar. Poder vivir con nuestro derecho, nuestra cultura, nuestros deberes, nuestros servicios y nuestras servidumbres, pero en todo caso nuestras. 

Es de todos conocido que Cataluña ha sufrido por parte de España, desde 1714 y también antes – recordemos al Conde Duque de Olivares y su “Unión de Armas”- la opresión cultural y la militar, como también la han sufrido otras naciones del planeta en circunstancias similares. El exilio o la prisión han marcado muchas vidas, y otras han sido segadas en nombre de un concepto primario y de uniformidad de España, llevado a cabo por el ya mencionado Felipe V, pasando por Primo de Rivera, hasta la “España grande” y “Unidad de destino en lo universal” del franquismo, como también por otros personajes actuales que configuran el protagonismo de la historia de la transición. Consideramos que siempre es la hora y el momento para reclamar la dignidad y la libertad, vivir en definitiva, bien este que “no se compra ni se vende, pueblo que merece ser libre si no se lo dan lo toma”, como muy bien expresa otro poeta.

El estado español, caído en descrédito internacional, que organiza un referéndum para aprobar una constitución europeo que no lleva a ninguna parte, y que cambia su propia constitución por medios legales pero no morales, ha demostrado sobradamente que pese a disponer de la potestas, ya no tiene la auctoritas. En cambio, los ayuntamientos y sus alcaldes tenemos una potestad, en parte derivada, pero una autoridad bien ganada e incontestada: somos administración básica. Teniendo en cuenta que los alcaldes de los respectivos municipios representamos personas, territorio y organización, que somos deudores de una gestión que ha de repercutir en la mejora de vida de nuestros conciudadanos, situación esta que no puede garantizar un estado español siempre en fase de construcción, que no encuentra el rumbo, con una administración pesada, lenta e inmensa que solo es efectiva cuando las diversas fuerzas e instancias convergen en un enemigo común que es Cataluña – recordemos el establecimiento indiscriminado de autonomías para regiones que nunca la habían pedido y la LOAPA posterior.

 

Esta panda de subvencionados dementes, porque no tienen otro nombre, celebró además un aquelarre que fue bautizado como “I encuentro de municipios moralmente excluidos de la constitución española”. Pues qué quieren que les diga, sí: si esta patulea representa la catalanidad me proclamo avergonzado de mi condición, perfectamente involuntaria, de ciudadano catalán. Quiero creer que no, que el día 21 de diciembre aparecerán como setas otros catalanes, sucesores de aquellas legendarias criaturas sensatas, fiables, industriosas y hasta admirables, tanto al menos como los ciudadanos de cualquier otro lugar, que en las etapas históricas en que no han sido víctimas de enajenación mental colectiva dieron fama y prosperidad a su región. Si eso es así, me reconciliaré gustoso con la idea de ser un ciudadano español de Cataluña.

Entre tanto, no puedo evitar constatar que todo lo procedente de las administraciones públicas catalanas, de sus entidades públicas o semipúblicas es pura basura intelectual y moral.

 

 

 

 

Flora y fauna catalanas, y sus cuidados electorales

 

El ecosistema catalán que compone los famosos (y teóricos) dos millones y pico de independentistas  puede dividirse en unas cuantas especies y recibir diferentes mensajes electorales de cara al 21D:

  1. Por un lado están los “indepes haters, odiadores”. Aquellos que están guiados por el odio a España y a todo lo que suene a español, y que no atienden a ningún argumento que no sea el resentimiento y el rencor. Resumiendo: a estos les dirías que el precio de la independencia va a ser prescindir de la energía eléctrica y vivir a oscuras alumbrándose con velas, y accederían a ello. Todo con tal de librarse de España. No vale la pena por tanto realizar el menor esfuerzo por convencerles. Pero sí se puede intentar desmovilizarles. Para ellos el elemento más desmotivador es todo aquello que consideren una traición por parte de “los suyos”. Y traición es todo lo que se desvíe mínimamente de la línea recta que conduce al precipicio. Por ejemplo, que ahora Forcadell diga que acata el 155 y que la independencia fue simbólica, que Nuet aporte actas diciendo que él no firmó la declaración, que Santi Vila esté en libertad con fianza porque accedió a declarar y se bajó del tren media hora antes del descarrilamiento. A esta especie estas cosas le afectan mucho. La llevan a la desmoralización, al enfado monumental, al señalamiento de traidores e infiltrados por doquier… y probablemente a quedarse en casa el día de las votaciones, ya que son firmes convencidos de que la independencia solo se obtiene, a cualquier precio, por la fuerza y la violencia, sea física, verbal, o de hechos consumados. Hay que cultivar y propiciar por lo tanto esos elementos desmotivadores. No cambiarán de idea, pero si llegan a la conclusión de que “el sistema” les ha infiltrado con traidores y soplones decidirán no participar de ese sistema. Ayudémosles con habilidad y astucia. Con la misma facilidad caen en el exceso que en el desánimo. “El estado os ha infiltrado y os manipula, no debéis participar en estas elecciones que legitiman el sistema que queréis destruir”.

 

  1. Luego tenemos a los “indepes románticos”. Son en general buena gente que tiene un sentimiento indefinido de catalanidad, de superioridad, una cierta convicción romántica de que Cataluña es la nación más vieja, ejemplar, modélica y perfecta del mundo que, por un dramático giro de la historia, se ha visto siempre sometida por un vecino peleón, poco trabajador, con una personalidad muy distinta y por supuesto mucho más burda y menos cultivada. Falso de toda falsedad, claro está: adéntrense en la Cataluña profunda y verán lo que es escaso “cultivo”. Pero les da igual. Es un nacionalismo decimonónico. Viven en esa creencia aunque, a diferencia de los anteriores, totalmente cegados, estos son vagamente conscientes de que se sustenta en un ideal más que en una realidad. No votarán a partidos constitucionalistas, pero tampoco comparten la inseguridad absoluta que provoca una independencia unilateral y en manos de los radicales. Muchos de ellos (de una cierta edad ya) votaban ciegamente lo que el padre padrone Pujol representaba. Pero a medida que el liderazgo en su Convergència i Unió de toda la vida se ha ido diluyendo en personajes tan mediocres como Mas y Puigdemont su entusiasmo ha ido decayendo. Y en silencio y sin admitirlo jamás en voz alta la corrupción les avergüenza. Creían a “los suyos” distintos, y han visto que no lo son. Son gente conservadora, extremadamente conservadora, temerosa de los cambios bruscos, y no entienden cómo han llegado hasta aquí. Son etnicistas, son racistas sin ser conscientes de lo infame que eso es. Pero al propio tiempo, desde un punto de vista electoral, eso se traduce en que podrían llegar a plantearse apoyar a escondidas a un partido no independentista, siempre que estuviese encabezado por un catalán pata negra o contase entre sus filas con alguno destacado. Eso sí: están muy condicionados por el entorno, por sus vecinos. Si abandonan el redil nacionalista lo harán a escondidas. Pero los disturbios, la violencia, la marcha de empresas y la bajada del consumo y del turismo les hacen pensar. Jamás pasarán abiertamente al otro bando, salvo que este tome el poder, claro: en ese caso fingirán adhesión inquebrantable, pero en su fuero interno seguirán recordando las viejas historias al amor de la lumbre sobre la “patria opressa”. “España es seguridad y estabilidad, es poder abrir la “botiga” cada mañana”.

 

  1. Vienen a continuación los “indepes cerebrales o calculadores”. Empresarios, ejecutivos, profesionales, intelectuales y también políticos que a título personal ven la independencia como una posibilidad de promoción personal y profesional para ellos y para sus familias y empresas. Un nuevo país, aunque nazca sobre ruinas económicas, abre nuevas perspectivas de colocación: el nuevo estado necesita ministros, directores generales, magistrados, diplomáticos, y genera una oportunidad de negocios por el vacío que dejan los que se van. Está todo por hacer. Al reducirse el tamaño del país en el que competir, muchos tuertos aspiran a convertirse en reyezuelos en sus respectivos ámbitos. Pura ambición personal. Estos se guían por criterios de viabilidad. Si el embate secesionista tiene visos de triunfar, lo apoyarán. Si no, le darán la espalda. No son de fiar, en absoluto, pero su falta de principios y convicciones (más allá del dinero) les hace volubles y por tanto asequibles una vez vean peligrar el proyecto por el que han apostado hasta ahora, cuando toda la energía parecía estar en ese lado y el círculo virtuoso parecía girar a su favor. “Nadie fuera de Cataluña apoya el proceso. Las empresas se van, los negocios se esfuman. España es negocio, Cataluña es ruina”.

 

  1. Tenemos luego a los “indepes por curiosidad”. Gentes a las que el proyecto nacional español, mal explicado, distante y empapado, por qué no admitirlo, en corrupción y un cierto aroma rancio, no les dice nada. Y por el contrario un proyecto aparentemente innovador, excelentemente vendido, inoculado en vena a través de las infinitas terminales mediáticas del separatismo de forma metódica, sin prisa, sistemáticamente, ha despertado su curiosidad. El “derecho a decidir” suena tan bien… ¿Por qué no votar y a ver qué pasa? Explícales cosas aburridas, envueltas en polvo de togas y olor a antiguo repertorio de jurisprudencia Aranzadi, como el ámbito o el sujeto de la soberanía: ¿cómo te van a escuchar si enfrente les hablan de nuevos amaneceres, de atar a los perros con longaniza, de justicia social, de futuro, de aventura? Ahí hay cientos de miles a los que simplemente el bando constitucionalista no ha hecho nunca el menor esfuerzo por seducir, por persuadir de que el elevadísimo nivel de bienestar en el que viven se debe precisamente a la seguridad y estabilidad que ofrece la pertenencia a un gran estado democrático anclado en la Europa occidental. Perfectible, claro, pero mucho más seguro que una ensoñación que se diluye como un azucarillo en cuanto se esgrimen datos y cifras. A este grupo se le persuade precisamente ahí, en el terreno de los datos objetivos, de las amenazas ciertas que implica un proceso literalmente suicida, amenazas para su propia existencia, su prosperidad, su futuro laboral y personal. “España es seguridad, la república catalana es inseguridad. Vivimos en uno de los mejores entornos del mundo, y estos tipos han estado a punto de sacarnos de él”.

 

  1. Los “indepes por cabreo” formaron un grupo muy numeroso en los peores años de la crisis, y si en el conjunto de España fueron hábilmente instrumentalizados por movimientos como Podemos, en Cataluña han sido magistralmente reorientados contra España por el separatismo, que ha sabido culpar al estado español de todos los males. Es fácil manipular a una masa asustada y furiosa señalándole un enemigo contra el que canalizar tanta ira. A estos hay que jugarles con el argumento de la pésima gestión de la Generalitat nacionalista, que agravó la crisis en Cataluña a base de despilfarrar en las estructuras de estado. Es cuestión de hacerles volver la cabeza y señalarles un nuevo enemigo al que culpar de su precariedad, de las listas de espera, del cierre de hospitales, de los barracones… En ese sentido, una campaña intensa y breve de comunicación del escandaloso despilfarro que ha supuesto el proceso, bien explicada y cifrada, y comparada con lo que podía haberse hecho con ese dinero, sería definitiva. “Os han engañado: los recortes sociales podían haber sido mucho menores si no se hubiesen enterrado toneladas de millones en corrupción y en enchufar amigos y mantener entidades y estructuras artificiales reservadas a los amigos”.

Permanezcan atentos a sus pantallas. Próximamente nos ocuparemos de la también famosa y no menos teórica “mayoría silenciosa”.

Penalti y expulsión. Pero el partido continúa.

Hace un par de semanas, después de las continuadas marrullerías, juego sucio, violaciones de la legalidad y trampas, el gobierno central echó mano del silbato y detuvo el partido, señalando pena máxima contra el gobierno catalán y expulsando del terreno de juego a los principales artífices de tanto abuso. Esto sucedió cuando quedaba apenas un minuto de partido y el bando separatista albergaba serias posibilidades de al menos empatar y, tal vez, aprovechando la hasta ahora sorprendente tolerancia arbitral, acabar metiendo un gol en el último instante.

El árbitro, por tanto, ha puesto las cosas en su lugar al dar al equipo constitucionalista la oportunidad, una vez expulsados los jugadores más violentos y marrulleros, de lanzar un disparo a puerta que le dé la victoria sobre el pitido final.

Ahora bien, con ese gesto imprescindible y de estricta justicia lo que el árbitro ha hecho es lo más limpio y escrupuloso que podía hacer, que es dejar en las botas del equipo constitucionalista la posibilidad de ganar el partido dentro del más estricto cumplimiento del reglamento. La posibilidad. Una sola posibilidad. El árbitro no puede ganar el partido, solo puede equilibrar las fuerzas que los del juego sucio habían desequilibrado de forma ilícita. Solo los jugadores constitucionalistas pueden introducir el balón en la portería separatista y ganar definitivamente el partido.

Por lo tanto, lo que ha hecho Rajoy es lo que tenía que hacer. Pero al propio tiempo (y no es un reproche) ha colocado al pueblo catalán, a esa famosísima (y quién sabe si mitológica, ahora lo sabremos) mayoría silenciosa frente a su destino. La jugada es audaz y temeraria, y eso es francamente raro en Rajoy. Con lo cual no sabemos si todo es fruto de un elaborado plan o pura casualidad, pero a estos efectos tanto da: el balón está en el punto de penalti y nos toca lanzar. El estadio mediático ruge en contra, los rivales que permanecen sobre el terreno hostigan al lanzador, pero hay un balón y una portería y toca chutar.

La traducción de todo esto es que el 21D hay que ganar, sí o sí. Si esta vez no ganamos, sinceramente, no vamos a poder quejarnos. Sé que muchos no lo comparten porque sostienen que después podrá volverse a aplicar el 155 tanto como sea necesario y que en definitiva, si el nuevo parlamento surgido de las urnas reedita una mayoría separatista más o menos exigua, el gobierno resultante seguirá obligado a cumplir la legalidad. Cierto sobre el papel, pero ellos habrán ganado legitimidad y nosotros habremos perdido la vitola de mayoría silenciosa. O mejor dicho: la de mayoría, porque la de silenciosa la habremos confirmado.

Hemos de ir a votar todos los que no compartimos el proyecto separatista y fracturador de la propia Cataluña, y de esta respecto a España y a Europa. Luego ya discutiremos qué tipo de sociedad, dentro del marco constitucional, preferimos: socialista, liberal (es broma, ya…), conservadora o eso absolutamente difuso que se denomina “de centro”, con más autonomía o con menos. Pero eso solo podremos discutirlo de forma pacífica y democrática si ahuyentamos y erradicamos definitivamente el espantajo separatista, supremacista y excluyente.

Para el día 21D no hay izquierda ni derecha: hay separatismo frente a voluntad de construir juntos; hay supremacismo frente a igualdad; hay mezquindad frente a solidaridad; hay violación de toda ley frente a legalidad; hay fractura frente a fraternidad.

En el bando constitucionalista hay opciones de izquierda, de centro y de derecha. Nadie tiene excusa para quedarse en casa. Los que votan en las generales pero se quedan en casa en las autonómicas ya no tienen argumento: vamos a votar y convenzamos cada uno de nosotros a un indeciso, a un desencantado o a un vago.

Esta vez sí, aquel viejo eslogan del PSC dedicado al PP tiene más sentido que nunca: “si tú no vas, ellos vuelven”.

Vamos a lanzar el penalti, meter el gol y ganar el partido.

¿Quiere Rajoy llevar el caos hasta el último extremo?

Es tan sorprendente que el Sr. Rajoy haya convocado elecciones para dentro de menos de dos meses que solo puede deberse a dos razones, que por cierto no son incompatibles entre sí.

La primera es que el presidente español, simple y llanamente, no se ha atrevido a aplicar el 155 con todas sus consecuencias, una vez valorada la dificultad de domesticar a toda una administración asilvestrada en todos sus niveles.

La segunda, que puede ser a su vez consecuencia de la primera, es que el Sr. Rajoy haya decidido que el caos no es suficiente aún en Cataluña, y que hace falta el empujón final que justifique, qué sé yo, un bombardeo de alfombra jurídico sobre la autonomía catalana.

Porque vamos a ver: en dos meses no hay tiempo material para desnacificar Cataluña, y menos aún contando con que durante las primeras semanas los cesados van a resistirse incluso físicamente a ser removidos de sus sillones. En dos meses no da tiempo apenas a que los cesados noten su falta de nómina.

Para unas elecciones en condiciones es necesario, como mínimo, que haya una televisión pública que se desempeñe de forma imparcial. No hay tiempo en dos meses escasos para desincrustar las capas superpuestas de mugre nacionalista que cubren las paredes de los medios públicos catalanes.

Será necesario contar con los ayuntamientos si se quiere que las elecciones sean viables. Centenares de consistorios ya han arriado la bandera española de sus fachadas y no cabe esperar mucha colaboración, por decirlo suavemente. Se necesitan también los locales que suelen ceder las escuelas públicas: ¿cree realmente el gobierno que el Departament d’Ensenyament, uno de los más fanatizados, estará en dos meses en disposición de colaborar?

Es preciso también contar con la presencia y fidelidad de las fuerzas policiales autonómicas y locales. Creo que entra la risa solo al pensar en esa posibilidad.

Y suele hacer falta también una alternativa de partidos a los que votar. No cabe esperar que los partidos nacionalistas concurran a unas elecciones autonómicas ahora que ya se consideran independientes y soberanos.

Con lo cual lo más probable es que esas elecciones no se puedan celebrar. Traduzco: no creo que el gobierno de España sea capaz de celebrar unas elecciones dignas de tal nombre en el plazo de dos meses en un ambiente tan hostil.

A lo mejor se trata de eso. De que se haga visible que Cataluña no es capaz de gobernarse y que por tanto es necesaria una intervención total y absoluta, por el tiempo que haga falta. Una auténtica suspensión de la autonomía.

Elijan: ¿es el Sr. Rajoy un cobarde o un auténtico Maquiavelo de la política española?

Los sueños, sueños son. O no.

Hemos llegado al final del camino. El abismo ya está ante nosotros, catalanes y españoles. Y en alguna medida también europeos. La situación que a muchos les ha parecido impensable durante años está aquí. La locura llama a la puerta. Una de las regiones más prósperas de Europa, uno de los mejores lugares del mundo en el que vivir, un espacio en el que, se diga lo que se diga, no hay atisbo de represión y se da el mayor grado de autogobierno que, sin duda, hay en nuestro entorno, ha decidido que quiere separarse, por las buenas o por las malas, del estado con el que comparte infraestructuras, mercados, historia, afectos y territorio. Sus dirigentes lo han decidido así y asombrosamente han conseguido convencer de ello a unos cuantos cientos de miles de ciudadanos que les seguirían al fin del mundo guiados esencialmente por el odio y un cada vez más acentuado supremacismo.

El Estado pone en marcha los mecanismos constitucionales para devolver las cosas a la cordura, no sólo a la legalidad. Pero llega el lunes 30 de octubre y los consejeros cesados se niegan a abandonar sus despachos. Sus decisiones se vuelven irrelevantes a los efectos de la legalidad española. Pero ellos ya se mueven en otra. Ficticia, pero otra. Los funcionarios no atienden las instrucciones de las autoridades designadas por Madrid. Unos por desobediencia voluntaria, otros porque las instrucciones llegan a sus mandos y ya ni se les trasladan

Los juzgados se paralizan: aproximadamente la mitad de los jueces abandonan sus puestos acosados por militantes de Omnium y ANC, ante la pasividad de los Mossos. Otro tanto sucede con los fiscales y secretarios. Los asuntos en curso quedan en un limbo jurídico, porque hay juzgados que quedan totalmente paralizados. Cientos de abogados militantes en el independentismo se ofrecen a ser designados como jueces por el cuarto turno. En pocos días la justicia entra en caos y genera retrasos insalvables. Todos los procesos penales contra líderes independentistas se declaran archivados.

La Hacienda catalana no está preparada para recaudar algunos tributos que no ha gestionado jamás. También aquí hay una huida de funcionarios que se manifiestan leales al orden constitucional. El gobierno de la Generalidad ordena una subida masiva de impuestos para ayudar a la nueva república.

Unos centenares de Mossos abandonan el cuerpo y huyen más allá de las fronteras de Cataluña. Los otros aparecen en los días inmediatos equipados con material de uso militar de procedencia desconocida.

Los precios de la vivienda se desploman. Los comercios se vacían, la gente hace acopio de provisiones. Manifestaciones espontáneas u organizadas de partidarios de la unidad de España se suceden en diversos puntos de Cataluña, y empiezan a ser reprimidas por los Mossos y por grupos de incontrolados acaudillados por miembros de las CUP. Los diputados y líderes unionistas tienen que abandonar sus despachos y domicilios para que pueda garantizarse su seguridad. Los Antisistema se adueñan de las calles. El parlamento se convierte en una especie de asamblea popular sin las mínimas garantías democráticas.

Las principales infraestructuras siguen controladas por contingentes de las fuerzas de seguridad del estado, que quedan literalmente situadas por multitudes que impiden su normal funcionamiento y el abastecimiento a los contingentes. Los Mossos vigilan desde lejos. Varios grupos sabotean la línea del AVE en diferentes puntos.

Rusia reconoce la nueva república y anuncia préstamos multimillonarios, al tiempo que cierra suculentos contratos para el equipamiento y entrenamiento de un futuro ejército catalán. Se abre una embajada en Barcelona a la que se incorporan de pronto centenares de funcionarios llegados en un vuelo directo desde Moscú. Buques de guerra rusos fondean en las aguas próximas al puerto de Barcelona, controlado por las fuerzas de seguridad españolas, sin intervenir por el momento. España rompe relaciones diplomáticas con Rusia. La UE amenaza con sanciones pero bajo mano se hace llegar al gobierno de Madrid el mensaje de que Europa no puede permitirse una cuña de Putin en zona tan sensible. Un mensaje semejante llega de la Casa Blanca.

La economía catalana se hunde, las empresas cierran a cientos y se decreta un corralito por el que se impide la retirada de fondos. La clase política catalana, los de toda la vida, empieza a alumbrar negocios muy lucrativos con la clase política rusa. Los préstamos de Rusia permiten garantizar las nóminas de los funcionarios durante unos meses. La Generalidad se puebla de asesores rusos, desde los Mossos hasta las empresas públicas.

España mueve tropas hacia las zonas limítrofes con Cataluña. Rusia declara solemnemente que garantizará la independencia e integridad del nuevo estado. España recurre a la OTAN, y el nuevo gobierno catalán alega que, siendo Cataluña un estado independiente, la injerencia rusa no puede considerarse agresión contra un estado miembro. La OTAN vacila y…

En ese punto del sueño, Puigdemont se despierta presa de excitación. En ese mismo punto del sueño, Rajoy se despierta con un grito, empapado en sudor frío.