El Coyote y el Correcaminos

Me entristece el espectáculo de un magistrado del Supremo jugando al gato y al ratón con un prófugo de la justicia. Entiendo que probablemente el juez ha actuado con inteligencia de cara a dos objetivos: conseguir que Puigdemont pueda seguir siendo juzgado por todos los delitos que le imputa, y no solo por aquellos que un país extranjero pueda encontrar en su código penal, e impedir que una detención precipitada (que no evitaría la cuestión que acabo de citar) permita además al prófugo delegar su derecho de voto activo y quién sabe si el pasivo, es decir, ser elegido.

Ahora bien, no concibo cómo es posible que una cuestión de esta envergadura no haya sido hablada previamente por fiscal y magistrado. Sí, la justicia es independiente, pero estamos hablando del Supremo y del asunto de mayor trascendencia que se ha juzgado en varias décadas: rebelión y sedición nada menos, cometidas por una administración autonómica en bloque. ¿No tiene sentido suponer que la lógica aconsejaba que el fiscal le comentase al juez su intención de pedir la renovación de la Euroorden y este le anunciase su posición contraria? ¿Era necesario llegar a tener que plasmar en un auto judicial una estrategia que, pareciéndome inteligente como he dicho antes, sabemos positivamente que va a ser utilizada para desacreditar la justicia española en base a sus motivaciones?

A Puigdemont le ha salido en el juez Llarena un formidable rival, un maestro del ajedrez. Pero el gobierno debería colaborar a que ese maestro no se queme con autos innecesarios. Caramba, que esta petición no la ha planteado la acusación particular de Vox, sino el fiscal del Supremo. Un poco de mano izquierda debería suponérsele.

Luego está el inefable Zoido, valorando la posibilidad de que Puigdemont se le cuele en el maletero de un coche: blindamos fronteras con cientos de agentes y rodeamos el parlamento catalán para evitar que el ilustre prófugo logre alcanzar la pared y gritar “¡salvado!”. El problema es que a mí eso me recuerda inevitablemente esas películas de ladrones de guante blanco, en que un cuadro o una joya se protegen con desmesuradas medidas de seguridad cuando todos sabemos que el Raffles o el Fantomas de turno conseguirá su objetivo. A fin de cuentas, si los separatistas han conseguido colarnos en nuestras narices dos elefantes del tamaño de los referendos del 9-N y del 1-O, ¿no van a saber introducir al Muy Huidizo Presidente, que sé yo, en el carrito del catering?

No me gusta ver al estado, con toda su maquinaria, comportándose como el Coyote en pos del Correcaminos, utilizando artificios marca ACME para pillar al repelente plumífero. Debería marcarse una diferencia: no es lo mismo el estado de derecho que un payaso. Y debería impedirse que el fugitivo siga sembrando cizaña por Europa no solo impunemente, sino cobrando el sueldo de parlamentario que le pagamos todos. Es decir: no hay que blindar España para que el tipo no entre, sino que hay que asumir la responsabilidad que implicará detenerlo una vez aquí, aunque sea tras haber sido investido presidente de Tractoria. Y hay que mover los hilos diplomáticos y de servicios secretos para que Puigdemont, como cualquier prófugo de la justicia, se sienta perseguido de forma efectiva. Que tenga que ir huyendo y escondiéndose, en lugar de pavoneándose. Por dignidad y por prudencia. Dignidad porque el poder del estado no puede encogerse o agrandarse en función de las maniobras del personaje. Y prudencia porque… ¿se imaginan por un momento que pese a todas las medidas logra colarse en el parlamento?

 

 

 

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Yo fui catalán

Igual que fui joven o tuve pelo, fui catalán. En esos tiempos que ahora parecen tan remotos, ser catalán era sinónimo de seriedad, laboriosidad, formalidad, cultura, modernidad, cosmopolitismo, libertad… No voy a entrar ahora en la enojosa tarea de determinar si esas virtudes se correspondían con la realidad, porque lo cierto es que durante mucho tiempo toda España se rendía sin resistencia a “lo catalán”, curiosa condición que prácticamente eximía de cualquier actividad probatoria. Una magnífica tarjeta de presentación, aunque ahora algunos quieran hacernos creer que España nos ha despreciado, humillado, ninguneado secularmente. Falso de toda falsedad. Pero es que en Cataluña llevamos décadas viviendo en y de la mentira. No vale la pena insistir en ello.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, ser catalán se ha convertido en una rémora. He de decir que a mí jamás nadie me ha reprochado nada, pero no hace falta. Sé que no soy el único catalán avergonzado del espectáculo bochornoso que nuestra región está dando, gracias a una clase política instalada en la rebelión abierta que ha conducido a buena parte de la población a la demencia, para decirlo sin tapujos. Un proceso a ninguna parte y sin ningún fundamento más allá del estricto capricho, de la insolidaridad, del rencor inducido y de la búsqueda desesperada de la impunidad. Hay que repetirlo: no hay razones históricas, ni sociales, ni económicas, ni políticas, ni jurídicas que sustenten la pretensión independentista. Pero tanto da: ellos han decidido que Cataluña va a ser independiente sí o sí, pese a quien pese, con o sin mayoría, con o sin reconocimiento internacional, con o sin recursos económicos, con o sin derecho, con o sin paz. Para ello vulnerarán leyes, hasta las suyas propias. Abandonarán sus funciones y competencias. Mentirán, calumniarán, malversarán, dividirán y enfrentarán. Aplicarán varas de medir radicalmente distintas, manipularán y utilizarán absolutamente cualquier arma a su alcance.

Nada de eso tiene que ver con aquel ser catalán que yo conocía y con el que me identificaba sin problemas. El catalán pragmático y realista, respetuoso del orden, creativo y emprendedor. Europeo y abierto. El catalán nacionalista, el nuevo catalán que ha alumbrado el siglo XXI aunque ya se engendró en el XX, es muñidor insaciable del presupuesto público, es irresponsable, está dispuesto a poner la riqueza del territorio en manos de grupos antisistema por la simple razón de que coinciden en su odio a España. Es rencoroso, insolidario, vive ajeno a la realidad. Se queja constantemente de una opresión inexistente, rehuye sus responsabilidades acomodándose en la atribución de las culpas de todo al enemigo imaginario e ignora que su situación es exclusivamente consecuencia de sus propias decisiones. Y cuando se le ha dado la oportunidad ha reincidido en el error, se ha mostrado contumaz en el desafío al sentido común, a la legalidad y a la realidad. Ha depositado su confianza en un orate fugitivo de la justicia.

Ha dejado de importarle su bienestar real y se ha sumergido en un infantilismo totalmente impropio de una sociedad avanzada. Se ha convencido de vivir en una situación insostenible cuando habita en uno de los mejores rincones del planeta, desde todos los puntos de vista. Cuando su visión se da de bofetadas con la legalidad, con la democracia, con la sensatez, se convence de que está inventando una nueva forma de hacer y de existir. Ha llegado a convencerse, contra toda evidencia, de que es el mejor pueblo del mundo. Ha pasado a renegar de sus antiguos ídolos por su tibieza para abrazar a terroristas.

Sí, fui catalán. Si eso ha de ser Cataluña, ya no puedo serlo.

Tabarnia on my mind

El proceso separatista produce monstruos. Lleva años produciéndolos. Y uno de los más divertidos, refrescantes e ingeniosos es el que responde a un nombre casi de leyenda: Tabarnia.

La palabra es el resultado de mezclar los nombres de las provincias de Barcelona y Tarragona. Y el proyecto pretende segregar esas dos provincias del resto de Cataluña, obteniendo la condición de nueva comunidad autónoma del estado español al amparo de los artículos 143 y 144 de la Constitución. Todo ello, claro está, como respuesta al propósito separatista de la Generalidad.

Lo que seguramente comenzó como una broma con unos cuantos gintonics de más ha ido tomando sorprendente forma, y es que a medida que se manipulaba el juguete se le descubrían más y más utilidades. La primera, el sentido del humor como arma infalible para tratar con los separatistas: para ellos el humor es como el ajo para los vampiros. Simplemente les horroriza, lo desconocen. Siempre y cuando se refiera a sus cosas, claro: para mofarse del contrario no les faltan ganas, ni medios, ni programas de televisión pagados con nuestros impuestos. Pero ¿el humor como autocrítica? Jamás. Todos sabemos que el concepto de Cataluña es sagrado.

Y es precisamente por eso que el concepto de una independencia infinita, en bucle interminable, resulta de lo más jocoso y también pernicioso para los intereses nacionalistas porque demuestra lo absurdo del razonamiento: Cataluña quiere independizarse de España, y luego Barcelona y el valle de Arán de Cataluña, y después Pedralbes y Sarrià – Sant Gervasi querrán separarse de Barcelona porque mantienen a los barrios pobres, y Sant Cebrià de Vallalta querrá salir del Maresme porque su renta per cápita es más alta… Y así sucesivamente, hasta la división del átomo.

Pero cuando el efluvio de los gintonic pasa, la idea va adquiriendo indudables atractivos. Uno de ellos, de primero de estrategia: la posibilidad de atacar al enemigo en su retaguardia y obligarle por tanto a diversificar sus esfuerzos, dedicando algunos de ellos a fines defensivos, cuando hasta ahora ha estado volcado siempre en la ofensiva.

Si se paran a pensarlo, la comunidad autónoma catalana no parece arriesgar nada en este envite separatista. Ni en este, ni nunca: siempre que se habla de dialogar, de negociar, es para avanzar en un solo sentido. Más competencias, más financiación. Pero nunca el estado obtiene nada a cambio. Eso ni es negociación ni es nada. Una negociación digna de tal nombre se formularía, por ejemplo, en términos de “pactamos más financiación pero tú renuncias a la inmersión lingüística. O a las sanciones por rotulación de establecimientos”. Qué sé yo, algo. Negociar es intercambiar, y en cuarenta años no ha sido así. La supuesta negociación se ha reducido a la cesión continuada de una parte y a la exigencia permanente de la otra. El factor Tabarnia pondría sobre la mesa un importantísimo elemento de negociación: territorio, riqueza y productividad.

Otro, y nada desdeñable, es provocar en los independentistas la sorprendente situación de tener que rebatir sus propios argumentos. Si aceptásemos que España roba a Cataluña, con exactamente el mismo razonamiento deberíamos asumir que Cataluña roba a Tabarnia. Si tragamos con que los territorios pagan impuestos, Tabarnia paga más de lo que recibe en inversiones. Esto resulta tan irrefutable que el separatismo verá su razonamiento frente a España limitado a la verdad desnuda de un argumento puramente egoísta e identitario: no es que me parezca mal que unos territorios paguen o aporten más que otros: es que me parece mal solo si soy yo quien lo hace. ¿Con qué cara me lo explicas?

Uno más: aquellos miles de barceloneses que nos reconocíamos orgullosos de serlo, pero que crecientemente hemos ido teniendo más y más reparos a que eso nos identificase con esta Cataluña provinciana, cerrada, antipática y hostil que los separatistas han conseguido dibujar, recuperaríamos el entusiasmo por un proyecto abierto, dinámico y moderno como lo fue la Barcelona de los Juegos Olímpicos. Bien llevado, podría suscitar el apoyo, aunque solo fuese jocoso, de buena parte de la intelectualidad y del tejido emprendedor.

Yo no sé si Tabarnia tiene algún futuro real, pero al menos como maniobra estratégica debería explorarse. Eso sí: hagámonos a la idea de que ni un solo partido político va a apoyar la idea. Salvo, claro está, que un potente movimiento ciudadano se lo exija. Vamos, se lo exija… Se lo haga electoralmente interesante.

Y entre tanto, y en todo caso… ¿y lo que nos íbamos a divertir?

 

 

Cierren las compuertas

Los catalanes hemos tenido ocasión de votar y lo hemos hecho. Antes, un 155 experimental, un presidente fugado cobardemente, miles de empresas huidas, varios políticos sediciosos en la cárcel, la banca en fuga, Europa advirtiendo que Cataluña quedaría fuera, nulo apoyo internacional, pantomimas de declaración unilateral… Con todo eso en marcha, y con elecciones en día laborable, se ha registrado una participación masiva y se han producido una serie de consecuencias:

  1. Por primera vez un partido constitucionalista ha ganado las elecciones en votos y escaños.
  2. Los dos partidos nacionales tradicionales, por decirlo así, PP y PSOE, han cosechado sendos fracasos. En especial el primero, auténticamente escandaloso.
  3. Los partidos separatistas han reeditado mayoría absoluta en el parlamento, aunque con dos escaños menos que en la anterior legislatura.
  4. Los radicales de la CUP han perdido muchos votos y escaños. Lógico por otra parte, si los partidos más tradicionales se han radicalizado ya hasta el extremo de la sedición: ¿para qué votar a una banda de gamberros si el propio gobierno y parlamento se han convertido en gamberros?
  5. El llamado catalanismo moderado, la antigua Convergència, ha desaparecido como tal: se ha pasado con armas y bagajes al separatismo, y sus votantes con ella.
  6. Cataluña está definitivamente fracturada en dos bloques absolutamente opuestos en todos los aspectos. Rural frente a urbano, catalanoparlante frente a hispanohablante, subsidiado frente a generador de riqueza, interior frente a costero,… Ahora están claras las fuerzas con que cuenta cada cual.
  7. El bloque independentista es absolutamente impermeable a cualquier argumento, razón o dato. Con la que ha caído, y no ha sufrido el menor castigo electoral. Los dos escaños menos se deben a la mayor participación de los no nacionalistas.

Esta suma de elementos solo puede augurar un futuro a corto plazo: la ingobernabilidad y el caos político. Va a ser francamente difícil formar un gobierno mínimamente estable, con lo cual la inseguridad jurídica está garantizada. A medio plazo, el empobrecimiento y la tensión creciente entre ambos bloques: la inestabilidad provocará que continúe la fuga de empresas y de capitales, el retraimiento del consumo, del turismo y el aumento del paro; la tensión ambiental derivará con toda probabilidad en enfrentamientos. Y a largo plazo, si no se toman medidas importantes, la independencia.

Los ciudadanos de Cataluña hemos tenido la oportunidad de devolver la normalidad a su comunidad, volver a la gestión ordenada de su riqueza y de su administración, que goza de unas competencias amplísimas. De recuperar el respeto a la ley. De interpretar los mensajes que les han llegado de todas partes del mundo, desaconsejando la aventura insensata que sus dirigentes políticos iniciaron en la pasada legislatura. Y la hemos desaprovechado. Hemos decidido perseverar en el disparate y en el desafío, y seguir apoyando a unos líderes que están siendo encausados por delitos gravísimos, sin considerar siquiera a efectos prácticos lo absurdo de votar a personas que probablemente pasarán muchos años en prisión, premiando incluso al cobarde que huye frente al coherente que, errado o no, se queda. Pienso que a España ya solo le queda una opción, que es cerrar las compuertas y arbitrar todos los medios necesarios para que los daños se limiten, en la medida de lo posible, a la región desleal y no se extiendan al resto de España.

Por una parte frenando en seco, con todos los medios disponibles, el descarado, inquietante e intolerable expansionismo del nacionalismo catalán por Valencia, Baleares y Aragón. Hay que hacer todo lo que sea necesario porque ha pasado a ser un asunto de seguridad nacional. La Generalidad lleva muchos años invirtiendo en subvencionar entidades y actividades pancatalanistas: hay que contrarrestarlo.

Y por otro lado garantizando que el suicidio colectivo al que parece dispuesta buena parte de la sociedad catalana, que controla además prácticamente todos los resortes del poder autonómico y local, muy por encima de su representatividad real, no arrastre al conjunto de la sociedad española, su economía, su convivencia, su libertad y su prosperidad. Hay que decirlo con claridad: a una región desleal se la ha de tratar como tal. Ya está claro a estas alturas que no se va a comprar lealtad con concesiones de cualquier tipo. Ya se ha demostrado la contumacia en la vulneración de las leyes, en el engaño del que incluso se alardea, en el despilfarro de los recursos públicos, en el desprecio a la oposición y a los mínimos usos parlamentarios (¿algún partido separatista ha felicitado, como es norma de cortesía, a la vencedora de las elecciones?), a la democracia misma. Abandonemos la leyenda de que “el gobierno de España es una máquina de fabricar independentistas”. No es más que una invención interesada para incentivar precisamente la inacción, so pretexto de que la acción alimenta el separatismo. Ni una cesión más. Limitar los daños al territorio enfermo.

Evidentemente que el cierre de compuertas atrapa a muchos que no deberían verse en esa situación. De igual modo que les atraparía una declaración de independencia. Con la diferencia de que si se produce ahora no es irreversible. La ruina de Cataluña va a producirse en todos los ámbitos, no cabe duda. Es dolorosamente necesario que quienes votan por la ruptura perciban desde ya en sus propias carnes que lo que se les viene advirtiendo es una realidad. No nos vale que lo descubran una vez independizados, porque entonces todos sabemos que la nueva república catalana, totalitaria en su diseño, no permitiría una vuelta atrás. En definitiva, buena parte del objetivo del proceso es lograr la impunidad para sus políticos, con lo cual la reversión está descartada. La única posibilidad reside en la posibilidad de que, antes de producirse el hecho irreversible, los catalanes perciban las consecuencias en forma de crisis económica, paro, decadencia cultural y empresarial… ¿Significa esto que haya que incentivar por ejemplo la huida de empresas? No, pero sí hay que facilitar que quien quiera irse lo pueda hacer. A fin de cuentas eso puede ayudar a desarrollar otras zonas de la geografía española. Significa por ejemplo que hay que dejar en cuarentena cualquier inversión importante en infraestructuras en Cataluña: ¿qué sentido tiene que el Estado invierta en una región que manifiesta reiteradamente su voluntad de largarse y quedarse por tanto con los frutos de esa inversión?

Lo cual no quiere decir que el Estado abandone sus responsabilidades en Cataluña, todo lo contrario. Ha de hacerse más y más presente, ha de marcar territorio y exigir el cumplimiento cotidiano de la ley hasta en el último rincón. Pero de forma eficaz. Si no, con cuatro promociones de alumnos adoctrinados que accedan a la edad de voto la balanza se inclinará del lado del separatismo y entonces sí estará todo perdido.

Se trata simplemente de hablar claro. De que los empresarios y trabajadores entiendan que si Cataluña no es leal al proyecto nacional español recibirá un trato proporcionado a su actitud. Y que lo entiendan también los empresarios y trabajadores valencianos y baleares. Queremos un Estado fuerte que actúe, y no que reaccione. Que tome la iniciativa y que no vaya a remolque. Y ahora la iniciativa pasa por cerrar las compuertas e impedir que la inundación alcance otros compartimentos. Para los que siguen dentro habrá que buscar soluciones que les defiendan en lo posible: son ciudadanos españoles. Pero el deber del Estado es proteger al conjunto de la Nación, no solo a una parte de ella en detrimento del resto. No hay que intentar contentar a quien nunca se va a dejar contentar, y además va a aprovechar las cesiones para perseverar en su empeño.

La única fábrica de independentistas es la debilidad y la cesión continuada.

Cierren las compuertas.

 

 

 

 

 

Hay que votar con seny y con rauxa

El topicazo, lo sé: el seny y la rauxa de los catalanes. Algo así como el sentido común o la sensatez frente a la rabia o la furia. Como si todos los pueblos del mundo y todos los ciudadanos no fuesen una más o menos equilibrada mezcla de esos, y de otros muchos, sentimientos… Pero bueno, parece ser que, una vez más, algo normal se convierte en legendario cuando se pronuncia en catalán.

A lo que iba: mañana toca votar (en realidad yo ya lo he hecho desde fuera de Cataluña). Y toca votar elaborando una equilibrada mezcla de ambos sentimientos: la sensatez y la furia, aplicados ambos a los mismos hechos objetivos. Sensatez para entender que votar España (es decir, votar partidos constitucionalistas, claramente constitucionalistas y no solo de boquilla) supone apostar por la seguridad jurídica, por la permanencia en Europa, por la solidaridad interterritorial y sobre todo entre ciudadanos. Votar España es votar por la calma y el orden público. Es asegurarse de que Cataluña no sea un territorio del que los creadores de riqueza piensen en huir. Es comprender aplicando mínimas dosis de lógica que no podemos devolver al poder a quienes están procesados, fugados o presos por haber puesto en peligro la convivencia entre españoles y catalanes, y entre estos mismos, y por haber violado innumerables leyes. Es tener la tranquilidad de que la policía autonómica no va a ser utilizada para fines del partido gobernante. Es desear que los medios de comunicación públicos sean imparciales y que los privados no estén comprados. Es exigir que nunca más la familia presidencial pueda montar un conglomerado de corrupción institucional. Es recuperar la rojigualda y la senyera como banderas de todos los catalanes desterrando esa estrellada intrusa que okupa, con k, balcones oficiales y espacios públicos. Es levantar la vista y comprobar que Cataluña ni es ni ha sido una nación oprimida, que no está expoliada ni ocupada, ni sus ciudadanos reprimidos. Que el déficit monstruoso de la comunidad no se debe a que nadie nos robe sino a que los recursos públicos, sustraídos a todos los ciudadanos, han sido lamentable, cuando no delictivamente, gestionados, desviándose a fines espurios mientras se descuidaban deliberadamente las necesidades más acuciantes de la sociedad.

Y furia para devolver a los separatistas tantos meses y tantos años de ofensas, y devolvérselos democráticamente, en unas elecciones convocadas por el gobierno de la Nación, con amplio respaldo del Senado, para desactivar una situación explosiva. Para gritarle a la cara a Puigdemont que es un cobarde vividor. Que no es el presidente legítimo de la Generalidad como pretende, sino un vulgar prófugo de la justicia sin grandeza alguna. Para denunciar que la violencia existe en Cataluña de forma soterrada desde hace años, y siempre en una dirección, y que estamos hartos de que nos roben las calles en manifestaciones cada vez más infladas en cuanto al número de supuestos asistentes. Para recordarles que desobedecer las órdenes judiciales y las instrucciones policiales es violencia que puede ser legítimamente reprimida. Para demostrarles a voz en grito que no solo no tienen una mayoría social tan cualificada como la que haría falta para un disparate como la independencia, sino que ni siquiera son mayoría. Para decirles de una vez que nos dejen en paz con sus marchas nocturnas con antorchas, sus despliegues abrumadores de banderas, sus hordas de alcaldes alzando amenazadores sus varas, sus adhesiones inquebrantables al movimiento nacional y todas esas manifestaciones tan ordenadas, prefabricadas y ensayadas. Para que TV3 deje de ser la basura adoctrinadora que vomita odio a todas horas. Para que las escuelas dejen de ser lugares de formación del espíritu nacional falseando la historia. Para demostrar que cuando lo organiza España, se vota de verdad y no llegan las urnas ya cargadas de votos al colegio electoral. Para exigirles que respeten la ley democráticamente aprobada. Para que nos mantengan en Europa y en España. Para decirles, en resumen, que no nos representan, y para mandarles, si un juez imparcial lo estima procedente, al centro penitenciario donde hayan de cumplir sus condenas.

Seny y rauxa. Sensatez y furia. Nunca un simple trozo de papel permitió concentrar tantos sentimientos, ni nunca nos ofreció la posibilidad de cambiar tan radicalmente nuestro futuro colectivo e individual. Que no falte nadie. Ellos estarán todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

descuidaban las competencias

No en mi nombre, Sr. Iceta.

El candidato Sr. Iceta ha lanzado en campaña electoral al menos dos mensajes como mínimo impactantes. Por un lado, propuso que el estado condonase la deuda catalana, o una parte de ella. Esa deuda que la comunidad autónoma tiene contraída con el estado por las sucesivas inyecciones de liquidez del FLA, que son a interés cero o casi, y que ascienden, si la memoria no me falla, a unos 52.000.000.000 de euros. Cincuenta y dos mil millones de euritos.

Por otro lado, anunció que si llegaba a la presidencia de la Generalidad catalana solicitaría el indulto para aquellos políticos separatistas que hubiesen sido condenados.

Uno puede pensar que, como al Sr. Iceta le han prohibido, no sé si por prescripción facultativa o por decoro, que recurra al bailoteo como arma de generación masiva de adhesiones, se está viendo obligado a sacarse de la chistera iniciativas novedosas dirigidas a captar a un electorado de lo más dispar.

En ambos casos ha tenido que dar marcha atrás, o más bien esa relativa y fingida marcha atrás equiparable al trastabilleo tan familiar del recientemente fallecido Chiquito de la Calzada: que si avanzo, que si retrocedo, que si me quedo donde estoy mientras con las manos hago gestos incomprensibles que pueden interpretarse de tantas maneras como electores haya. En el primero de los temas la matización consistió en decir que esa condonación podía ser extensiva a las deudas de las demás comunidades, y en el caso de los indultos ha sido mucho más confuso, porque en definitiva lo que ha venido a decir es que su anuncio había sido prematuro.

En cualquier caso, señor Iceta: no, gracias. No quiero como catalán privilegios que puedan derivarse del hecho de serlo, ni quiero como ciudadano que mis representantes políticos tengan privilegios por el hecho de ser ambas cosas: catalanes y políticos. Porque lamentablemente no otra cosa son esos dos anuncios que ha efectuado. ¿por qué deberíamos premiar la nefasta y ruinosa gestión de los últimos gobiernos de la Generalidad de Cataluña condonando la inmensa deuda a la que nos han condenado? ¿Realmente queremos transmitirle al pueblo catalán, y más concretamente a la facción secesionista, que esto va a salir gratis, al tiempo que se le da a entender con la condonación que sí, que en definitiva “España nos debía dinero porque previamente nos lo había robado, y por eso ahora no hacen sino perdonarnos lo que ya era nuestro”? Con el añadido de que como el dinero es el que es, el coste de todo el destrozo acabaría recayendo sobre el conjunto de los españoles, que nada han tenido que ver con esa desastrosa y manirrota gestión. Es decir, los catalanes una vez más seríamos premiados por el mero hecho de serlo. Qué digo premiados: reconocidos.

Para paliar esa imagen corrigió el Sr. Iceta el rumbo y sugirió que esa condonación debería hacerse extensiva a todas las comunidades. Es asombroso el concepto que los políticos tienen sobre las tragaderas de sus votantes. Como si el dinero, por el mero hecho de cambiar de manos, fuera otro. Como si el todo pudiese perdonar a la parte su propia deuda. Como si eso no generase más déficit, más deuda, más impuestos… Ah, vaya: ya hemos llegado a un punto donde un socialista siempre se sentirá cómodo: subiendo impuestos. A los ricos, claro. El problema es que con sus políticas consiguen que el listón de los ricos cada vez esté más bajo, cuando de gravarles se trata. Quizá es que esa sea la fórmula que tengan para poder afirmar, sin que se les caiga la cara de vergüenza, que generan riqueza.

Lo otro, lo de los indultos, es si cabe más grave. De entrada supone un veredicto previo que aún no se ha hecho: para que alguien pueda ser indultado, habrá de ser condenado antes. Hablar de indulto en estos términos supone ignorar por qué delitos se habrán producido las hipotéticas condenas. ¿Serán por los delitos políticamente más graves del ordenamiento, como son la sedición y la rebelión? ¿Serán por malversación también, o únicamente? Parece que tanto da: dice el Sr. Iceta que él, como presidente, pediría al gobierno de la Nación el indulto. Con lo cual, ignorándose la condición precisa de los crímenes por los que habrían sido condenados, cabe concluir sin temor a equivocarse que el indulto se pediría por el hecho de concurrir en los condenados, si lo son, una doble condición: políticos y catalanes. Doblemente “de los nuestros”, se habrá dicho el Sr. Iceta.

Es decir, que a quienes han llevado a Cataluña a la mayor ruina económica de su historia (que como los iceberg aún es visible tan solo en una mínima parte, el resto aflorará en próximos ejercicios), a la fractura social, a la tensión territorial máxima, a quienes han ensuciado la imagen de España por el mundo, a quienes afirman que una victoria de los constitucionalistas “arrasaría con todo”, a quienes aseguran que el gobierno de España es fascista y violento, a esos, sí, a esos vamos a premiarles con un pelillos a la mar en aras a una supuesta reconciliación… entre catalanes, por supuesto. Todo lo que han jodido ya lo arreglará y lo pagará España. Les pediría el severo Sr. Iceta, eso sí, una muestra de arrepentimiento. Todos conocemos ya la legendaria fiabilidad de las declaraciones de un separatista.

Prematuro, dice. Eso no es una rectificación, evidentemente: eso es el reconocimiento de que lo ha dicho demasiado pronto pero que lo sigue pensando. Y en definitiva, añade, él solo lo plantearía, porque el indulto es competencia exclusiva del gobierno de la Nación. Con lo cual a la manipulación añade la marrullería, por cuanto utilizaría esa opción como arma arrojadiza para encender de nuevo los ánimos: “¿Veis? Yo, presidente catalán, he pedido el indulto y el gobierno de Madrid no nos lo da. España no quiere la reconciliación, sino venganza”.

No en mi nombre, Sr. Iceta, no en mi nombre. Privilegios no, gracias. Ni por ser catalanes ni por ser políticos.

 

 

 

 

 

La violencia de la extrema izquierda

Un hombre ha muerto en Zaragoza agredido por varias personas que, tras derribarle de un golpe en la cabeza con una barra de hierro, por la espalda, una vez tendido en el suelo se ensañaron golpeándole y pateándole. Tras unas horas en coma, la víctima falleció.

El fallecido, el asesinado más bien, de unos sesenta años de edad, lucía unos tirantes con la bandera española y había sido legionario.

Sus agresores, o al menos el que ha sido identificado como presunto autor material del golpe con la barra, es un joven que ya tiene antecedentes por haber dejado tetrapléjico a un policía municipal de Barcelona en el transcurso de los enfrentamientos subsiguientes al desalojo de unos inmuebles ocupados ilegalmente (me perdonarán, pero me niego a utilizar el término okupa porque legitima lo que no es más que un acto ilegal).

Este agresor fue el protagonista de una película documental llamada “La ciutat morta”, dedicada en buena medida a ensalzar la actividad del movimiento de la ocupación ilegal y a justificar su violencia, siempre presentada como defensiva ante las supuestas agresiones de la policía. La violencia de aquellos días, en lugar de encorajinar a las autoridades locales, tuvo el curioso efecto de que el alcalde Trías acabase pagando de las arcas municipales un alquiler para los locales ocupados y de que la entonces líder opositora Colau, hoy alcaldesa, se posicionase abiertamente a favor de los antisistema y contra las fuerzas del orden que hoy, paradójicamente, tiene a sus órdenes.

Estos son los hechos. Hay discrepancias sobre si antes de la agresión que derivó en asesinato o al menos en homicidio se produjo una discusión en el bar en que todos los implicados coincidieron. Parece ser que sí hay coincidencia en que se cruzaron palabras y que al luego fallecido se le reprochó por parte de los agresores su supuesta condición de “facha”.

El resultado, en resumen, es que un ciudadano que lucía unos tirantes con la bandera española fue asesinado a golpes, al parecer por un grupo, pero en todo caso por un individuo de reconocida ideología antisistema, de extrema izquierda, como consecuencia de una discusión motivada precisamente por el hecho de que la víctima luciese esos tirantes.

La extrema izquierda, por supuesto, ha sido incapaz de condenar el crimen, intentando por todos los medios desviar la atención hacia otras cuestiones, como por ejemplo un estúpido vídeo en el que alguien jugaba con la idea de invadir Cataluña a bordo de un tanque. Y es que la extrema izquierda revolucionaria, valga la redundancia, jamás abandona a los suyos porque comparte objetivos y métodos con ellos, y si no los despliega sin tapujos es porque todavía hay un estado de derecho que nos protege a los demás ciudadanos de sus acciones. No a todos y no suficientemente bien, como puede apreciarse en el caso expuesto. Pero nos protege como puede hacerlo, que es juzgando y encarcelando a los culpables de hechos como este cuando no ha podido lamentablemente impedirlos. Solo eso, la ley y la justicia, constituye la delgada línea roja que nos separa del salvajismo revolucionario, violento por definición, y partidario con escaso velo de la erradicación física del discrepante.

La extrema izquierda no cree en el sistema, y por tanto solo respeta la ley en la medida en que, o bien sea torticeramente útil a su propósito desestabilizador (véase a Pablo Iglesias recurriendo al Constitucional la aplicación del artículo 155), o bien le suponga un riesgo real de ingresar en prisión o recibir algún otro tipo de pena.

Frente a esta gente, que constituye el auténtico reino de las bestias, solo la ley preserva la civilización.

Y sí, extremismos ideológicos los hay a ambos lados del espectro político. Pero no se dejen engañar por las constantes advertencias: hoy por hoy, y con mucha diferencia, la violencia procede mucho más de la extrema izquierda que de la extrema derecha (si prefieren, de los antifas que de los nazis) y la amenaza a las instituciones está mucho más presente en ese lado del abanico, no en vano cinco millones de personas votaron al comunismo de Podemos mientras que ningún partido nazi, como es lógico, pudo concurrir a las elecciones.

Va siendo hora de olvidar la absurda mala conciencia de la democracia española y dejar claro, legalmente claro a ser posible, que tan reprobable e intolerable es ser nazi como ser comunista. El estado ha de defenderse a sí mismo y a los ciudadanos de la amenaza violenta que constituye la existencia de partidos comunistas que se aprovechan de la legalidad para subvertirla y que no tienen reparos en recurrir a la violencia para marcar su territorio.